La guerra de Putin: un quinto año no tan triunfal
La de Ucrania es una guerra asimétrica en sus objetivos y en sus medios. Una guerra que ninguno puede ganar del todo… pero ninguno se puede permitir el lujo de perder. Y eso es algo que el dictador ruso no es capaz de aceptar
Policías ucranianos trabajan en el lugar de un ataque con misiles rusos en la ciudad de Merefa, región de Járkov
Las guerras largas suelen transcurrir con altibajos. Si no fuera así, si de verdad uno de los bandos fuera capaz de lograr victoria tras victoria, no durarían demasiado. La invasión rusa de Ucrania no es una excepción. Después de cuatro años de combates, había quien pensaba que, si no decisivo, el quinto podría ser algo más sencillo para la Rusia de Vladimir Putin. La traición de Donald Trump –que, en la práctica, ha firmado una vergonzante paz por separado con el dictador ruso, quizá por las mismas razones bastardas por las que Venecia abandonó la Santa Liga dos años después de Lepanto– había dado al Kremlin nuevas razones para creer en una victoria que se le venía negando.
Por si eso fuera poco, seguramente las esperanzas de Putin y sus aliados internacionales se vieron reforzadas por la guerra de Irán. La cosa parecía que pintaba bien. Por una parte, el cierre del estrecho de Ormuz obligó a Trump a levantar parte de las sanciones al petróleo ruso. Por la otra, se suponía que el elevado consumo de misiles antiaéreos podía afectar de manera grave a la disponibilidad del armamento que Europa compra a Washington para apoyar a Kiev.
Las operaciones en el frente
Otros factores, sin embargo, han vuelto a dejar las cosas donde estaban. Quizá el más importante de ellos lo haya puesto sobre la mesa Elon Musk cuando empezó a tomar medidas para cortar el acceso de los militares rusos al Starlink. El golpe afectó a los sistemas de mando y control del Ejército de Putin y, todavía más, al enlace con los drones que operaban tras las líneas enemigas, más allá del horizonte. Reequilibrada así la guerra de los drones, las tropas rusas han sido cogidas a contrapié por contraataques locales en diversos sectores del frente.
No es cuestión de echar las campanas al vuelo. Ucrania, como Rusia en los meses anteriores, no ha logrado más que pequeños avances tácticos. Sin embargo, según las cuentas del Instituto de Estudios para la Guerra (ISW), en el mes que acaba de terminar Rusia ha perdido más terreno en Ucrania del que ha ganado, algo que no ocurría desde hace casi dos años.
¿Es imparcial el ISW? No, pero sus métodos de análisis son bastante objetivos y su estimación se ve avalada por la información que ha dejado de aparecer en la prensa rusa, la del goteo de pequeñas aldeas que solían aparecer como «liberadas» casi cada día. Hoy es mucho más frecuente leer noticias de víctimas civiles de los bombardeos ucranianos, que también enardecen a la población, pero de distinta manera. Lo mismo, pero al revés, ocurre en la prensa de Kiev.
La campaña aérea
A falta de avances en el frente, Putin ha reforzado su apuesta por los bombardeos de las ciudades. En el mes de abril, su Ejército batió todos los récords anteriores lanzando 6.583 drones contra la retaguardia ucraniana… pero sin conseguir resultados apreciables más allá de la estadística. Un puñado de muertos cada día, en su mayoría civiles, no justifica un esfuerzo que ni consigue doblar la voluntad de resistir del pueblo ucraniano ni frenar la producción local de drones de alcance cada vez mayor que, además de contribuir a equilibrar el frente, atacan con bastante éxito la industria petrolífera que alimenta la guerra.
Tiene cierta gracia leer cómo se informa en la prensa rusa de estos últimos ataques. En el Izvestia de ayer se puede leer: «Un incendio se desató en una planta de la región de Vorónezh tras la caída de restos de un vehículo aéreo no tripulado». No es una excepción. Invariablemente, los daños en las instalaciones energéticas los producen restos de drones derribados. Debe ser una cuestión de honor. Pero la excusa, tantas veces repetida, no tiene mucho recorrido. Los rusoplanistas fingirán creerla, pero seguirá habiendo ciudadanos rusos que se pregunten dónde están sus aviones, dónde sus sistemas de defensa aérea, tan incapaces como los de Ucrania de defender sus propios cielos.
El escenario internacional
Las guerras no se ganan solo por medios militares. Otros factores políticos, económicos y sociales pueden ser incluso más decisivos que las victorias sobre el terreno. El escenario internacional, hoy dominado por la guerra de Irán, es difícil de valorar. Por lo pronto, un distraído Trump ha dejado de presionar a Volodimir Zelenski para que dé la guerra por perdida. Ahora prefiere insultar a sus aliados europeos que al presidente de Ucrania, lo que ya supone un pequeño avance. ¿Y qué dice el magnate de su amigo Putin? Apenas nada. El presidente le sigue respetando; pero su jefe de Estado Mayor, el general Dan Caine, le ha acusado ante el Congreso de apoyar a Irán en la guerra contra los EE.UU. Es pronto, de todas formas, para vaticinar qué puede ocurrir cuando llegue la paz a Oriente Próximo y cómo afectará todo esto al propio Trump después de las elecciones del próximo noviembre.
Si apartamos por un momento la vista de Washington –ya sé que es difícil hacerlo estos días– Putin no tiene ningún motivo para estar contento. Mientras Ucrania hace valer en Oriente Medio su experiencia en la lucha contra los drones, el dictador ruso sigue el camino opuesto. Sus armas no han estado a la altura de las norteamericanas ni en Venezuela ni en Irán. Su mejor aliado en Europa, el primer ministro Viktor Orbán, ha desaparecido del mapa tras perder claramente las elecciones en Hungría. Los recientes fracasos de sus tropas en Mali minan su prestigio en el Sahel y demuestran que su Afrika Korps no está a la altura de la compañía Wagner. Llueve sobre mojado: Siria, Venezuela, quizá Irán, luego Cuba… No, no tiene mucho que celebrar el dictador ruso. Excepto quizá la fuerte subida del petróleo provocada por el cierre del estrecho de Ormuz.
La economía
Petróleo más caro, suspensión de sanciones… todo esto supone un respiro para la economía rusa, que ya daba síntomas de fatiga de guerra el año pasado. Pero no es oro todo lo que reluce. Mientras la UE ha aprovechado la caída de Orbán para aprobar el crédito de 90.000 millones de euros que sostendrá al Gobierno de Kiev durante los próximos dos años, al otro lado del frente aparecen dos factores que nublan el horizonte económico del Kremlin. El primero está en los bombardeos ucranianos a sus instalaciones petrolíferas, gasísticas y portuarias, que reducen significativamente su capacidad de exportar lo único que puede equilibrar su déficit. Y el segundo, que se va agravando poco a poco, afecta a su flota fantasma, cada día más vulnerable a la interceptación en las aguas de los menos acomplejados de los países europeos.
El frente doméstico
Muchas veces he escrito que esta guerra, como las de Vietnam, Irak o Afganistán, se va a decidir en el frente doméstico. Desafortunadamente, Rusia es una dictadura cada día más férrea y solo podemos especular sobre lo que allí ocurre. Manifestarse contra la guerra supone diez años en las incómodas cárceles del régimen. No es posible, por ello, deducir de la ausencia de manifestaciones que el pueblo esté a favor de la continuación sine die de la contienda.
Manifestarse contra la guerra supone diez años en las incómodas cárceles del régimen
La lógica nos permite imaginar que el apoyo a la «operación especial» debe haber bajado mucho desde los primeros días, cuando las Zetas que jaleaban la invasión aparecían por todas partes. Es verdad que, desde los últimos meses de 2022, no se manda a nadie forzoso a la guerra… pero los impuestos aumentan, los servicios públicos disminuyen y la victoria no se presenta cercana. Refuerza la hipótesis del desencanto el progresivo incremento de la censura pública y privada, la intensificación de la vigilancia en la calle y en los sistemas informáticos, la prohibición de algunas redes sociales cifradas como es el WhatsApp, los cortes de internet y las restricciones a Telegram, a pesar de que este sistema es frecuentemente utilizado por las tropas rusas en el campo de batalla.
Con todo, solo estamos en el quinto año de la guerra. Mucho más duró la de Vietnam, como dice Trump. ¿Cuándo llegará la paz a nuestro continente? Solo Dios lo sabe. Como ocurre en Irán, la de Ucrania es una guerra asimétrica en sus objetivos y en sus medios. Una guerra que ninguno puede ganar del todo… pero ninguno se puede permitir el lujo de perder. Y eso es algo que el dictador ruso no es capaz de aceptar. De ahí que sea probable que la guerra continúe en Ucrania hasta que, por uno u otro camino, se produzca un cambio de régimen en Rusia.
¿Y en Irán? Por el bien de todos, espero que Trump sea más inteligente que el dictador del Kremlin, por desgracia la única persona del mundo a la que el magnate, quién sabe por qué razones, parece respetar.