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A vueltas con las bases en España

Las bases en nuestro país o en Italia apoyan el despliegue militar global de la gran potencia americana y, si se leen entre líneas los convenios suscritos entre Washington y Madrid, vienen a ser una parte sustancial del pago en especie que los Estados Unidos reciben por la protección de Europa

Act. 02 may. 2026 - 13:51

El presidente estadounidense Donald Trump habla tras firmar varias órdenes ejecutivas en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington, D.C.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington, D.C.AFP

Después de haber traicionado a sus aliados europeos sellando por separado un acuerdo oscuro con Vladimir Putin cuyas cláusulas no conocemos con exactitud, pero que parece dejar al dictador ruso con las manos libres en Ucrania; después de haber amenazado a Dinamarca con la fuerza de sus armas y a Europa con la de sus aranceles para tratar de apoderarse de Groenlandia; después de haber llegado a un acuerdo con Benjamin Netanyahu para atacar Irán a espaldas de sus aliados de la OTAN, se queja Donald Trump de que nadie le echa una mano para salir del atolladero en el que él solo se ha metido.

Simple como un pirulí –al menos en sus comparecencias públicas– el magnate se pregunta si es que los europeos queremos que Irán tenga misiles con cabeza nuclear, un argumento que ya había usado hace algunos días contra el Papa León XIV. No, no queremos que la República Islámica tenga armas de destrucción masiva y tenemos muchas cosas que preguntarnos al respecto… pero menos todavía nos gusta que Putin nos amenace con ellas mientras bombardea Ucrania, algo que a Trump parece no importarle demasiado.

Una realidad alternativa

Imaginemos por un momento que los aliados europeos hubieran cedido el uso de sus bases para bombardear Irán. Eso nos habría convertido en beligerantes en una guerra decidida a nuestras espaldas, pero ¿habría servido de algo? La campaña aérea no ha fracasado porque Pedro Sánchez haya impedido el uso de la base aérea de Morón para sus aviones cisterna o prohibido el uso de nuestro espacio aéreo para determinados vuelos relacionados con el conflicto. De hecho, la campaña aérea no ha fracasado en absoluto. Simplemente, y como todos sabíamos antes de empezar, no ha sido suficiente para poner de rodillas a un régimen fanático como el de Irán, en el que los líderes saben que si ceden terminarán ahorcados o algo todavía peor.

Para ganar la guerra como él querría, con una rendición incondicional de Irán, Trump necesita infantería; pero no quiere emplear la suya porque sus compatriotas no se lo permitirían. Soñó el magnate con un levantamiento popular, un baño de sangre que a él no le importaba porque no era suya pero que los propios bombardeos hacían imposible. Soñó con que los kurdos hicieran ese trabajo pero, traicionados en Siria, sus esquivos aliados prefirieron quedarse las armas enviadas por Trump a empuñarlas por la causa del republicano.

Sueña todavía Trump con que sean los aliados europeos los que envíen sus tropas a Irán para desbloquear por la fuerza el estrecho de Ormuz. Mucho me temo que, si hubiéramos participado en los bombardeos, ya fuera de forma activa o pasiva, el magnate seguiría acusándonos de deslealtad y de cobardía por no enviar nuestros barcos a un escenario imposible dónde él no quiere meter los suyos. Pero vayamos todavía más lejos en el terreno de la especulación: si, presionados por Donald Trump, los infantes de marina españoles hubieran tomado la isla de Kharg pagando con su sangre un precio disuasorio para los EE.UU., quizá el magnate culparía de las bajas a la incompetencia de sus aliados porque, como él suele decir, sus tropas «ya han hecho lo más difícil». Como siempre en su caso, es difícil discernir si él cree en sus propias palabras o, simplemente, piensa que los demás somos estúpidos.

Nuevas amenazas de Donald Trump

Mientras decide cómo terminar la guerra de Irán, el presidente Trump entretiene al mundo con sus quejas, sus poco medidas autoalabanzas –en cualquier otro lugar del mundo provocarían sonrojos– y sus amenazas. Entre estas últimas las hay imposibles, como es la de expulsar a España de la OTAN; improbables, como la de abandonar las bases de Morón y, sobre todo, Rota; y claramente equivocadas como sería la reducción del número de tropas norteamericanas en España… donde hace décadas que no hay unidades de combate de los Estados Unidos.

En su proverbial ignorancia, confunde el magnate las tropas que Washington despliega en algunos países del centro y este de Europa al servicio de los planes defensivos de la Alianza con los militares destacados en bases de uso compartido como las que tiene en Italia o España. Reducir las primeras es un golpe a la cohesión de la OTAN del que solo se benefician los enemigos de los EE.UU., pero al menos tiene cierto sentido estratégico: viene a devolver mal por mal.

Sin embargo, en España no hay tropas de combate desplegadas para la defensa de nuestro territorio, sino bases logísticas. Los destructores de Rota, los aviones cisterna de Morón, no están al servicio de España ni de la Alianza, sino de los EE.UU. Las bases en nuestro país o en Italia apoyan el despliegue militar global de la gran potencia americana y, si se leen entre líneas los convenios suscritos entre Washington y Madrid, vienen a ser una parte sustancial del pago en especie que los Estados Unidos reciben por la protección de Europa.

La necesidad del rearme

La amenaza de retirarse de la OTAN, que se mantendrá en el argumentario de Trump mientras dure su mandato, está vacía de contenido porque necesita el apoyo del Capitolio y no lo tiene. Lo único que el magnate consigue con sus bravatas es debilitar una Alianza en la que está obligado a permanecer… y dar ánimos a Vladimir Putin y a su gran enemigo, que no es el presidente Sánchez –irrelevante en la escena global, pese a los esfuerzos de algunos medios españoles por dar lustre a su figura– sino Xi Jinping.

En un escenario así, con el vínculo trasatlántico temporalmente debilitado pero vivo, la amenaza de abandonar las bases, que sí está en la mano del presidente de los EE.UU., carece de sentido. Dejaría a Washington obligado a prestar el mismo servicio pero sin cobrar parte del precio. ¿Podría ocurrir? Desde luego. Es muy improbable, pero estamos hablando de Donald Trump. Los pueblos, a veces, se equivocan en sus decisiones y cuando se dan cuenta –a estas alturas, solo un 26 % de los estadounidenses dice creer que la campaña de Irán ha merecido la pena– suele ser demasiado tarde para rectificar.

Pero centrémonos en lo que nos importa: también se equivocaría el pueblo español si no empezamos a exigir a quien quiera que nos gobierne los próximos años ese rearme moral y militar que nos vacunaría contra las ambiciones de hombres como Putin, los desvaríos de líderes como Trump… y los sueños, por el momento solo sueños, que al amparo de unos y otros pueden concebir nuestros vecinos del sur.

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