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El Pentágono, Trump y la OTAN

Parece obvio que las tensiones en la Alianza solo benefician a quienes se complacen en jugar al mismo juego que Trump, dictadores crueles como Putin y Xi Jinping

El presidente estadounidense Donald Trump levanta el puño tras bajar del Air Force One en la Base Conjunta Andrews a su regreso de Florida

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tras bajar del Air Force One en la Base Conjunta AndrewsAFP

No es por presumir –no hay más mérito que el paso del tiempo en lo que voy a exponer–, pero, después de 40 años de navegar juntos, me precio de conocer bastante bien a la marina de los EE.UU. Desde el verano de 1978, cuando embarqué como guardiamarina en la fragata Richard L. Page, hasta mi fecha de pase a la reserva en 2018, he tenido oportunidad de compartir camarotes con sus oficiales a bordo de destructores y cruceros, he aprendido mucho de alguno de sus almirantes y he tenido a mis órdenes varios de sus buques.

Si hay algo que define a los marinos norteamericanos, es su diversidad. Tentados por una sociedad civil que les admira y les ofrece contratos más ventajosos que los de la US Navy, el tiempo medio de servicio es, en todas las escalas, muy inferior al nuestro… y se les nota. No faltan los oficiales brillantes que, hoy como en 1951 –cuando Herman Wouk escribió en El Motín del Caine lo mismo que yo voy a exponer ahora–, apuestan por una carrera larga y que, andando el tiempo, copan los puestos más altos del escalafón.

A su lado, sin embargo, hay un poco de todo. Podemos encontrar personas capaces de hacer admirablemente las cosas más difíciles; pero, si excluimos a las élites, casi siempre bien elegidas por la institución, no es tan frecuente encontrar generalistas de visión amplia. Puedo testificar que algunos comandantes de sus fragatas –casi siempre procedentes de la universidad y no de la Academia Naval de Annapolis, dicho sea esto con todo respeto– encajaban con facilidad en los puestos de cola de las Fuerzas Permanentes de la Alianza.

A esa disparidad de origen y capacidad hay que añadirle, a la hora de valorar a sus oficiales, el despliegue global de la US Navy. Mientras para nosotros Europa es el centro del mundo, para ellos es un rincón más del planeta… y no el más prioritario. Muchos de sus mandos no han tenido relación alguna con la OTAN antes de llegar a su primer destino en el Pentágono. No conocen la doctrina común ni han tenido ocasión de aprender que la Alianza es eso, una Alianza, y no un apéndice soberano de los EE.UU.

El correo del Pentágono

A pesar de esta realidad, en España nos hemos puesto a valorar, como si no hubiera un mañana, uno de los correos electrónicos que, entre las decenas de miles que imagino que se escribirán cada día por las 20.000 personas que trabajan en el Pentágono, podría competir por la tontería de la semana: la posibilidad de expulsar a España de la OTAN por su falta de apoyo en la guerra de Irán.

Quienes filtraron el correo no tuvieron el detalle de contarnos quién lo escribió y para quién. Es evidente que no se trataba de ninguno de los oficiales brillantes que trabajan allí. Ellos saben tan bien como nosotros que la Alianza Atlántica pertenece a todos sus miembros y no a Trump. Pero no faltan en el Pentágono personas incompetentes. Me viene a la memoria el comandante de una fragata de la Fuerza Permanente de la OTAN que tuve la suerte de mandar. Vino una noche a verme para pedirme que le salvara la carrera porque, sin encomendarse a Dios ni al diablo, había mandado una embarcación a tierra en la bahía de Cádiz… y sus despistados ocupantes habían sido detenidos por la Guardia Civil. Intercedí por él y, quién sabe, igual es el responsable de este desaguisado.

Un líder voluble

La imposibilidad de expulsar de la Alianza a ninguno de los países que la forman –el tratado de Washington no contempla mecanismos para llevarlo a cabo– no implica que minusvaloremos las tensiones que existen en su seno. Hay motivos para estar preocupado, pero el problema no está en el torpe funcionario que sugiere que el presidente de los EE.UU. tiene poder para castigar a España suspendiendo su participación en la OTAN, sino en quien hoy ejerce ese cargo, el propio Donald Trump.

Como hemos visto en Groenlandia y seguimos viendo en Irán, el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas más poderosas de la Tierra, pragmático en Gaza y audaz en Venezuela, se deja enredar con demasiada frecuencia en planes imposibles, ideas impracticables, líneas de acción contraproducentes y ejercicios estériles de búsqueda de culpables que dificultan sus decisiones y las de los demás. El magnate tiene desconcertados hasta a los líderes de Irán, a quienes tenemos por irracionales pero que se quejan estos días de que no pueden negociar «dados los mensajes contradictorios, el comportamiento inconsistente y las acciones inaceptables de los EE.UU.». Algo de razón tienen.

Los trumpérrimos, erre que erre, suelen decir que ahí está precisamente el juego. Para ellos, esos mensajes contradictorios y ese comportamiento inconsistente podrían no ser errores, sino ejemplos de la habilidad negociadora de su idolatrado magnate. Y yo les daría la razón si hubiera visto mejores resultados. Por ahora, es obvio que Vladimir Putin –quien, además de amenazarnos con unas armas nucleares que él tiene desde hace muchos años, comparte con Irán el sueño de borrar del mapa a Ucrania, una nación joven e independiente como Israel– se siente mucho más cómodo con Trump que con Joe Biden. Y no, no se hagan ilusiones: el dictador ruso, a pesar de los halagos que recibe del presidente de los EE.UU., no está pensando en abandonar su complicidad con Xi Jinping para ponerse en manos del voluble magnate. La alianza de las autocracias parece hoy, por desgracia, mucho más sólida que la que Washington solía liderar.

¿Y qué pasa en Irán? Los ayatolás, por el momento, ni siquiera se han molestado en acudir a la última ronda de negociaciones en Islamabad. Y no, no es porque en Teherán no mande nadie, sino porque no está claro que el timonel de los EE.UU. tenga el pulso firme que la historia exige a los comandantes en jefe de los países en guerra. No lo hace todo mal el magnate, por supuesto. Estoy convencido de que ha acertado al renegar de sus ultimátums y al llevarse la guerra a la mar, un escenario menos polémico para ese tira y afloja que todavía nos queda por ver, y donde los EE.UU. pueden explotar sin riesgos su superioridad tecnológica; pero eso no implica que vaya a encontrar pronto una salida para el conflicto ni que el acuerdo final, firmado o no, vaya a garantizar los objetivos políticos que, a mi juicio, justifican las hostilidades.

Las tensiones en la Alianza solo benefician a quienes se complacen en jugar al mismo juego que Trump, dictadores crueles como Putin y Xi Jinping

Ni siquiera en la Europa que conocemos, todavía débil, desunida y un poco cobarde, parece funcionar bien ese «Art of the deal» del que tanto presume Trump. Ni Dinamarca le cede Groenlandia ni los demás gobiernos de la UE están dispuestos a plegar velas bajo unas amenazas que ellos –empezando por el nuestro– no se creen… pero que erosionan la capacidad disuasoria de la OTAN. Parece obvio que las tensiones en la Alianza solo benefician a quienes se complacen en jugar al mismo juego que Trump, dictadores crueles como Putin y Xi Jinping que, aunque no disponen de las mismas cartas que el magnate norteamericano, están en condiciones de usarlas con mayor libertad por no tener contrapesos institucionales en sus respectivos países.

El becerro de oro

Dirá algún lector, con toda la razón, que Donald Trump ha sido elegido por sus conciudadanos. Es verdad. Como también lo es que, a pesar de prometerles paz y darles guerra, de anunciarles un paseo por el campo y entregarles el bloqueo de Ormuz, el hombre retiene el apoyo de una proporción no pequeña de sus votantes. Pero esa misma realidad me permite terminar esta columna con una reflexión personal. Siempre está mal adorar a becerros de oro, aunque lleven el nombre de Alejandro Magno, Julio César o Napoleón. Sin embargo, cuando los falsos dioses que los pueblos erigen en tiempos de tribulación se llaman Donald Trump, Vladimir Putin o Xi Jinping, ni siquiera ese oro parece de ley. Está demasiado mezclado con el barro de nuestra naturaleza para justificar su lugar en el Olimpo.

Y no, eso no justifica que, siguiendo el proceso contrario, estigmaticemos al actual inquilino de la Casa Blanca. Ni ángel ni demonio –la violencia política no es, por desgracia, nueva en los EE.UU.– Donald Trump es solo un presidente más, abiertamente populista en casa y que, en su política exterior, todavía no tiene claro si quiere pasar a la historia como un Johnson o un Nixon. Júzguele el lector como le plazca pero, como comandante en jefe de la gran potencia norteamericana, es obvio que no está a la altura del listón que fijó Calderón en sus versos sobre la milicia:

Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás
tratando de ser lo más
y de parecer lo menos.

Tal cual Donald Trump.

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