El estrecho de Ormuz y las puertas giratorias
Trump decidió que lo que todo el mundo esperaba con impaciencia era insuficiente para él. No le bastaba abrir el estrecho a los barcos de todos los países, sino que debía permanecer cerrado para Irán, que es quien tiene la llave de la ruta marítima
Paso de barcos por Ormuz
Me felicitaba hace unos pocos días en El Debate porque el presidente Trump parecía haber encontrado una puerta de salida para la nueva guerra que se libra en Oriente Medio. El bloqueo de los puertos iraníes, además de hacer justicia a lo que ocurría hasta entonces en las aguas del golfo Pérsico —los amigos de los ayatolás podían atravesar el Estrecho de Ormuz, pero no los demás— presionaba a Teherán para abrir la codiciada ruta marítima, renunciando así a toda posible represalia por los ataques que habían matado a sus líderes y destruido buena parte de su capacidad militar.
La medida ordenada por Trump tuvo éxito inmediato. El régimen iraní anunció a los cuatro vientos que reabría el estrecho para todo el mundo. En una guerra limitada, en la que los EE.UU. no estaban dispuestos a desplegar las tropas necesarias para llevar la campaña al territorio enemigo, aquello tenía el sabor de una victoria. Una victoria no decisiva —Clausewitz nos enseñó que la rendición incondicional no puede ser el objetivo de las guerras limitadas— pero sí balsámica.
¿Qué mejor momento para desescalar? ¿Qué mejor oportunidad para reconocer que el objetivo de cambiar desde fuera el régimen fanático que oprime Irán es tan inalcanzable como lo era el de eliminar el comunismo de Vietnam o el de expulsar a los talibanes de Afganistán? ¿Qué mejor ocasión para resignarse a la vuelta a la anormal normalidad de Oriente Medio y regresar a los caminos de la diplomacia y la negociación… pero con cartas mejoradas por los bombardeos?
Pues no. No había de ser así. Ávido de gloria, el presidente Trump decidió que lo que todo el mundo esperaba con impaciencia era insuficiente para él. No le bastaba abrir el estrecho a los barcos de todos los países, sino que debía permanecer cerrado precisamente para Irán, que es quien tiene la llave de la ruta marítima.
Por justa que fuera, la nueva situación volvía a olvidar que la partida tiene dos jugadores. ¿Qué esperaba Trump que sucediera después? Lo que de verdad ha ocurrido, el nuevo cierre del estrecho de Ormuz, solo le habrá sorprendido a él. De un plumazo, el magnate convirtió esa puerta de salida que había encontrado en el golfo de Omán en una puerta giratoria por la que Washington vuelve a entrar en una dinámica que parecía superada. De vuelta a las andadas, su fatuo Secretario de la Guerra amenaza con reanudar los bombardeos sobre Irán con fuerza renovada, una situación en la que ya estábamos hace dos semanas. Como entonces, el reloj de la paciencia de los norteamericanos vuelve a correr y, bajo la presión de su tic-tac, resurge la tentación de encontrar atajos imposibles para sortear los Convenios de Ginebra que, hoy como siempre, separan el mundo de los buenos del de los malos.
Entre los muchos defectos de Trump como comandante en jefe, hay uno que puede llegar a convertirse en virtud: la facilidad que el magnate tiene para desdecirse. Una facilidad que aplauden ruidosamente los fans del republicano —aunque, siendo fans, también aplaudirían lo contrario— pero que no nos gusta a los militares porque sin un objetivo bien definido es imposible diseñar una campaña eficaz. Una facilidad que quizá sea una baza en la arena política, pero que no lo es en el mundo de la guerra porque hace que los potenciales aliados desconfíen de su palabra —póngase el lector en la piel de los kurdos— y que los enemigos conciban esperanzas cuando vienen mal dadas.
Con todo, esa facilidad para decir Diego donde el magnate había dicho digo es lo que me permite imaginar que, más pronto que tarde, Donald Trump terminará encontrando la salida de esa puerta giratoria en la que se ha metido. Una salida que esperemos que no se haga esperar demasiado y que, a cambio de los sinsabores que hemos vivido, contribuya aunque solo sea marginalmente a que el mundo sea un poco menos peligroso de lo que ya es.