¿Qué nos dieron los romanos?Luis J. Pérez-Bustamante

Cent'anni

No es objeto de este artículo analizar la podredumbre institucional que padecemos, pero sí lo es llamar la atención sobre la urgente necesidad que vive el país de recuperar la cordura, aquella visión de consenso que marcó nuestro despegue democrático y económico

Esta semana que hoy acaba hemos conmemorado el 50 aniversario de la restauración monárquica en España. Cinco décadas desde que se comenzaron a poner los pilares del sistema libre y democrático del que hoy disfrutamos. Muchos años han pasado ya de aquella España de blanco y negro, pana y trajes grises. Un tiempo en el que nos hemos convertido en una de las principales economías de Europa, y por tanto del mundo, un ejemplo de superación del pasado oscuro y un faro en el que se han mirado y se siguen mirando no pocos países que transitan de dictaduras a democracias.

Sí, eso hemos hecho. Eso consiguieron nuestros mayores cuando decidieron que la Transición consistiría en establecer un sistema de pactos por el que unos y otros renunciaban a determinadas cosas con tal de ganar el futuro y dejar atrás el ominoso pasado. Cualquier cosa era mejor que volver a zurrarnos entre nosotros tal y como pintara Goya.

También esta semana hemos sabido que hay un 25% de jóvenes que consideran que un régimen autoritario no estaría mal como forma de gobierno del país, un dato estremecedor que pone sobre la mesa los riesgos a los que se enfrenta nuestra democracia. La lectura fácil de estos números vendría a decir que hay mucho facha, que la culpa es del auge de la extrema derecha y que menos mal que tenemos ley de memoria democrática para refrescarle la memoria a los chavales y así reconducirlos. Ésa es la lectura fácil.

En el fondo de esta percepción juvenil, igual que en el del auge de los extremos, nos encontramos con un sistema de políticos que da claras muestras de asfixia. Los partidos que tradicionalmente han gobernado España en estas cinco décadas han perdido su capacidad de acuerdo y consenso por culpa de un cortoplacismo que les ha llevado a vender su alma, sucesivamente, a fuerzas minoritarias, excluyentes y cada vez más xenófobas. Fuerzas que tienen su razón de ser en la eliminación literal del contrincante y en la reafirmación de sus postulados políticos como verdad única que no admite el disenso ni la crítica.

Este abandono de la realidad se ha visto claro en el acto de conmemoración de la restauración monárquica del pasado viernes, en el que sólo estuvieron presentes PSOE y PP mientras que los demás partidos, el 26% del total de diputados, se daban a la fuga aludiendo burdas excusas.

No es objeto de este artículo analizar la podredumbre institucional que padecemos, pero sí lo es llamar la atención sobre la urgente necesidad que vive el país de recuperar la cordura, aquella visión de consenso que marcó nuestro despegue democrático y económico. Somos víctimas de nuestros votos y de las limitaciones plausibles de unos liderazgos mezquinos que anteponen los intereses particulares al bien común. Y da miedo pensar en si quienes nos están metiendo en este lío van a ser capaces de analizar las causas reales de ese 25% partidario del autoritarismo del que hablábamos antes.

No queda otra que estar vigilantes y defender con uñas y dientes un sistema que nos ha hecho mejores, más libres y más prósperos. Ésa es nuestra responsabilidad ciudadana. Así que, como hacen los italianos, levantemos la copa y digamos «Cent’anni» para que nuestros nietos puedan heredar un país digno y en paz.

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