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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Esperanzas, miedos: servidumbres

«Aveníos a la esperanza de luminoso futuro que os ofrezco», dicta el amable fabricante de sueños, al cual ya nadie osaría llamar por su nombre de déspota. «O bien naufragad en el infierno atroz, del cual tan sólo yo puedo libraros. Emborrachaos de esperanza. O pereced en el miedo. Abandonad en mis manos el presente»

El dorado Studiolo, gabinete privado de Isabella d’Este en su palacio de Mantua, lo sobrevuela el axioma que la gran dama impone a su pintor, Mantegna: Nec Spe, nec Metu, «ni esperanza ni miedo». Allí sobrecogería a Ezra Pound. Para imponerle tres de los más bellos versos de sus Cantos: los que evocan el esplendor que habita las ruinas de una decadencia: «Triste yermo, el pigmento descascarándose de la piedra, / o escamas de enyesado, Mantegna pintó el muro. / Piltrafas de seda, Nec Spe Nec Metu».

No fue ella, la gran Isabella, quien acuñó en ese lema la clave moderna del poder. Que Maquiavelo, de ella, tomaría como puerta de acceso al ilimitado imperio del Príncipe. La fórmula había sido un postulado estoico, cuya versión más limpia leemos en Cicerón. Pero en la Marquesa de Mantua, como en su diplomático admirador florentino, cobra una resonancia nueva.

El miedo venía siendo, en los usos medievales de la política, el instrumento de la dominación. Cuando el Renacimiento recupera a los grandes historiadores romanos, debe enfrentarse a un problema mayor. Nada se entiende en ellos sin el papel que, desde Tito Livio, adjudican a la esperanza como asiento de la obediencia. Pero la esperanza comparece ante un renacentista como una de las tres virtudes teologales, sobre cuyos cimientos la fe erige su palacio. ¿Cómo mundanizar esa providencial virtud teológica, en el deleznable soporte de un artificio político?

No es un problema insalvable para Maquiavelo: porque no importa lo que el Príncipe «sea», importa la visión que imponga de sí mismo a sus súbditos: no es el ser de un poderoso lo que pone su poder; lo que impone sumisión no es «el Príncipe», sino «el nombre de Príncipe»: el enunciado sacral, bajo el que enmascarar su precaria condición, que en nada difiere de la de todo otro hombre. Es el «nombre» sólo el que lo eleva a la intangible potestad de lo sagrado. Si imponer el miedo era administrar el infierno, asignar la esperanza será ahora asentarse en el lugar de un Dios que oculta ser falso.

Todo, a partir de ese brusco salto al infinito, se trastrueca. Y miedo y esperanza aparecen como lo que son: lo mismo: delegación del presente en el futuro. Lo que es igual, despotenciación de un hoy que se ha depositado en las manos de aquel a quien atañe en exclusiva el mañana. Y que es, así, amo único del tiempo. Con cínica ironía, lo dejará caer el canciller florentino: «Aquel que fuera lo bastante sabio como para conocer los tiempos y los órdenes de las cosas y supiera acomodarse a ellos, gozaría siempre de buena fortuna, quedaría a resguardo siempre del infortunio, y lograría hacer verdad que el sabio impere sobre las estrellas y sobre los hechos».

El regidor simultáneo de esperanza y miedo es el único gobernante invulnerable. El Leviatán de Hobbes y la Ética de Spinoza darán cuerpo teórico, en el siglo XVII, a esa nuevo concepto de la política: la fábrica de porvenir imaginario. Y la esperanza suplirá ventajosamente al miedo como blindaje del reino de este mundo. El despotismo será entonces perfecto. Porque habrá borrado, en los sometidos, todo presente. Sobre la escena, Shakespeare y Calderón habían cincelado ya su filigrana literaria: «estamos tejidos de igual tela que los sueños»; «¿qué pasado bien no es sueño?»

El miedo, claro está, seguirá ahí. Como amenaza a todo aquel que osara resistirse a la esperanza. Ha sido largo el camino de la política moderna para imponer ese campo de fuerzas inexorable. «Aveníos a la esperanza de luminoso futuro que os ofrezco», dicta el amable fabricante de sueños, al cual ya nadie osaría llamar por su nombre de déspota. «O bien naufragad en el infierno atroz, del cual tan sólo yo puedo libraros. Emborrachaos de esperanza. O pereced en el miedo. Abandonad en mis manos el presente. Aguardad el futuro siempre. Y disfrutad del actual sopor al que llamáis vida». O sea, esto.

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