De comienzo en comienzoElena Murillo

Patios con mucha esencia

«Una tradición en la distancia cercana, algo muy local, ha mutado en un fenómeno turístico que trasciende fronteras»

No hay que recordar a ningún cordobés que el Festival de los Patios es nuestra fiesta más genuina. Gracias a la generosidad de los propietarios que haciendo gala de su hospitalidad abren sus puertas a un público expectante, gentes procedentes de cualquier punto geográfico tienen la oportunidad de contemplar con admiración la explosión de luz y color que brota en los rincones más insospechados, al calor de un hogar. Se cuentan por miles los que, movidos por la curiosidad y el enorme atractivo que los medios de comunicación han propagado, ya han hecho su visita en este mes de mayo.

La declaración de esta Fiesta como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad hizo que una tradición en la distancia cercana, algo muy local, mutara en un fenómeno turístico que trasciende fronteras. Aún recuerdo cuando podías pasear tranquilamente de patio en patio y apenas unos cuantos cordobeses se recreaban en la singular belleza encerrada en un recinto. Con el tiempo, largas filas de personas deben aguardar el turno para la visita. En el marco de Los lunes de la Academia se debatía esta semana precisamente sobre si los patios están en riesgo de morir de éxito.

Un paseo más sosegado, con amplitud de miras, es el que conduce a visitar los numerosos pueblos que, de norte a sur y de este a oeste, participan desde hace once años en el Concurso de Patios, Rincones y Rejas de la provincia de Córdoba. Y, en este ambiente, me detengo en Montilla cuyo ayuntamiento también promueve estos días la décima edición de Patios de Bodega, tratando de poner en valor la riqueza del municipio tanto a nivel enológico como oleícola. Bodegas y almazaras potencian la oferta turística de manera atractiva a través de un amplio catálogo de actividades.

Sirva como muestra la propuesta de cata sensorial que hacía el Molino Juan Colín para conocer sus tres AOVES Premium el pasado viernes, una cata maridada con platos típicos de la cocina mediterránea. La experiencia daba comienzo con una visita guiada al olivar, un espacio natural en el que poder observar la flor del olivo, blanca, pequeña, germinada en pequeños racimos; un momento donde sentir el cariño que los hermanos Bellido vuelcan sobre estos árboles que simbolizan tanto paz como sabiduría y que ellos saben transmitir de manera maravillosa a quienes atienden su explicación. La familia es la esencia de la almazara, el alma. Su pasión queda palpable en cada palabra pronunciada en ese paseo especial por el jardín de los olivos centenarios que con tanto mimo han sabido crear.

La guinda del pastel a esta visita llegaría con la apertura del patio; una zona que, si hace pocos meses se dedicaba a las tareas de molturación de las aceitunas para la obtención del aceite, ahora mostraba un aspecto impecable, repleto de flores y perfectamente ornamentado y cuidado. Un patio capaz de atraer la atención y despertar los sentidos con detalles decorativos como una antigua piedra de molino o una tinaja con alto valor sentimental.

Como colofón, los aromas y sabores de las variedades arbequino, picudo y picual confluían con tres elaboraciones culinarias destinadas a ser degustadas en torno a una larga mesa preparada con sencillez y elegancia, convirtiendo en una noche inolvidable la práctica de la cata.

No cabe duda. Esta experiencia es un atractivo turístico digno de conocer.

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