Aventuras en un SancheskiÁlvaro García de Luján Sánchez de Puerta

Vote a Gundisalvo

«Azote de fundamentalistas democráticos y escándalo de biempensantes, los abstencionistas -aunque legión- son casi invisibles para el resto de la humanidad»

Aquella campaña electoral la preparamos entre unos cuantos, con mucho mimo, dándolo casi todo, con su poco de cariño. Casi nunca hasta al milímetro. Tropezábamos con el delito, hacíamos ollas de café Saimaza para aguantar el tirón y no cejar en el empeño; pero también nos pertrechábamos de morapio peleón para no perder la sonrisa. Maite era la voluntaria que se encargaba de las llamadas telefónicas a potenciales votantes a lo Cybil Sepherd en Taxi Driver: «¿cuál va a ser su aportación para la campaña, caballero?». Y como nadie le contestaba, colgaba. No teníamos paciencia. Empapelábamos los Seat Ibiza, Talbot Horizon, Renault Fuego, con carteles electorales del partido pegados sobre las ventanillas de los coches. Instalábamos precarios altavoces sobre el techo de un Renault «4 latas», a lo camión del tapicero, desde el que lanzábamos nuestras proclamas a los cuatro vientos por las calles. Parábamos el tráfico una buena mañana de entre semana. Rompimos las encuestas, mejoramos las expectativas, nos echábamos unas risas. Y perdimos, otra vez. Así que la mayoría de aquellos cambiamos de bando. Algo lógico, si me apuran.

Si hay algo que se repite en todas las elecciones habidas y por haber es la victoria de un grupo taimado, irónico, algo casquivano, amante de la España faldicorta y verbenera: y ese no es otro que el de los abstencionistas. Los que no quieren votar, los que pasan, los que siempre se despiertan todos los domingos electorales -adrede- con resaca de la noche anterior, los que siempre tienen algo mejor que hacer, los que se quedan en casa cocinando un guiso de papas con chocos, los que prefieren ir a ver un partido de balompié en el que su equipo siempre pierde, los que han quedado ese día con una chavala que -vaya por Dios- también es abstencionista, los olvidadizos, los gualtrapas antisistema, los que tiene que cuidar a la abuela, los que están haciendo surf en Matalascañas, los cacos, los recién separados, los hipotecados, los que no llegan a fin de mes, los que prefieren ver una peli de Sam Peckinpah en la mesa camilla o ir a coger níscalos al monte. Lo cierto, es que siempre hay muchas cosas que hacer los domingos: más si cabe si coincide con una cita electoral.

Azote de fundamentalistas democráticos y escándalo de biempensantes, los abstencionistas -aunque legión- son casi invisibles para el resto de la humanidad: son los callados aguafiestas de la fiesta de la democracia. Y, muchos, tienen un gran sentido del humor. Bandoleros del sistema, tribu urbana díscola e inasequible al desaliento, lo cierto es que los abstencionistas no interactúan demasiado con el resto del paisanaje que les rodea. Porque, algo soberbios, saben que la historia siempre se repite: arrasan elecciones tras otras.

Gundisalvo fue un personaje ficticio, inmortalizado en una serie de viñetas por el irrepetible dibujante Antonio Mingote en el diario ABC, hace ya muchos años. En ellas, el señor Gundisalvo -calvo, gordinflón y bigotudo-, era candidato en unas imaginarias elecciones a las que se presentaba con el lema: «Vote a Gundisalvo, ¿a usted qué más le da, hombre». Comparado con el panorama actual, nada hay más contracultural que algunas de aquellas viñetas del gran Mingote.

El próximo domingo hay cita electoral y algunos andaluces irán a votar, a otros se les olvidará, y a otros no. Ese día, agazapados, aferrados a una idea bizarra o no, muchos, los llamados abstencionistas, no se acercarán a los colegios, a las porterías, a los centros cívicos donde se guarda la esencia de la democracia, para depositar allí su voto soberano. Y traviesos, al asomarse por la ventana la mañana del próximo domingo, seguro serán felices cuando empiece a diluviar.

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