¿Qué nos dieron los romanos?Luis J. Pérez-Bustamante

Córdoba congresual

Aquello está alejado de cualquier foco de civilización que permita a los congresistas darse un paseíto entre ponencia y ponencia para estirar las piernas y tomarse un cafelito

Uno de los indudables atractivos que tiene Córdoba para poder venderse al exterior es su perfecta ubicación y magnífica oferta como centro de congresos nacionales e internacionales. Una ciudad con cuatro patrimonios de la humanidad, una gastronomía de referencia y unas comunicaciones envidiables. Es una carta de presentación indudable para eso que ahora se llama turismo MICE y que consiste en traer a la ciudad a cientos o miles de congresistas para que debatan sobre los aspectos más variados y posteriormente disfruten y se dejen los cuartos en la ciudad.

Para desarrollar este turismo congresual Córdoba cuenta con un palacio de congresos en la calle Torrijos. Ubicado justo enfrente de la Mezquita al que se le han dedicado unas cuantas decenas de millones de euros para adecentarlo y ponerlo a la altura de la ciudad. No obstante, las limitaciones de espacio han hecho siempre necesario un recinto ferial mayor en otra zona de la ciudad.

Durante años se habló de poner en pie una infraestructura singular en la zona de Miraflores. Recuerden ustedes aquellas magníficas portadas de periódicos y eternos debates protagonizados por Rosa Aguilar, el añorado Andrés Ocaña o José Antonio Nieto sobre las bondades y maldades del famoso proyecto del Palacio del Sur que pariera el nunca bien ponderado Rem Koolhaas. Aquello no llegó a cuajar, más por lo megalómano de la iniciativa que por otra cosa. Porque tanto la ubicación como la idea no eran en absoluto despreciables.

Así que en estas nos vimos heredando el pabellón Miguel Castillejo, edificado para mayor gloria del expresidente de Cajasur junto al Parque Joyero. También hubo que echarle unos millones a aquello porque tenía más goteras que la uralita de un gallinero. Así nació el CEFC, nombre raro que traducido es Centro de Exposiciones, Ferias y Congresos de Córdoba. El recinto tiene unas instalaciones muy bien realizadas y las salas y posibilidades que ofrece son numerosas.

Pero como nada en esta ciudad es fácil resulta que el CEFC tiene varios problemas que lastran su desarrollo. El primero de ellos es un nombre que nadie entiende y que en no pocas ocasiones origina confusión con el palacio de Torrijos. Y no porque se parezcan los nombres como un huevo a una castaña, sino porque eso de CEFC no se le queda a nadie.

El segundo problema es que aquello está alejado de cualquier foco de civilización que permita a los congresistas darse un paseíto entre ponencia y ponencia para estirar las piernas y tomarse un cafelito. Así que quien sale de allí ya no vuelve y eso a los organizadores de eventos como que no les sienta muy bien.

Y el tercer y mayor problema es que las comunicaciones para llegar son pésimas. Los autobuses pasan de higos a brevas y los taxistas aparecen por ahí entre cero y nada. He tenido la ocasión de disfrutar de dicho centro y el comentario generalizado de todos los congresistas y organizadores es que esos problemas de comunicación son un aliciente para no volver a hacer nada allí.

Un sistema de autobuses en condiciones, un acuerdo con los taxistas -que al parecer quieren cobrar una tarifa fija de partida por ir- y una señalización y nombre claro son elementos fundamentales para que el lugar prospere. Tenemos un activo con enorme potencial pero como no nos aligeremos corremos el riesgo de verlo caer por muy buenos gestores que tenga. Habría que ponerse a ello porque el turismo de congreso mueve muchísimo dinero y no es plan de dejarlo marchar. No vaya a ser que lo único que vayamos a ver por ahí sean las rehalas de Intercaza y los panales de Expomiel.

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