La verónicaAdolfo Ariza

¿Sentimentalismo católico?

Por católicos ni somos unos sentimentalistas pero tampoco nuestro ideal es una «castración de sentimientos»

Te pido desde ya que no lo veas como un «aviso para navegantes» o un «cargante rollo moralizante»; solo quiero compartir contigo esta especie de reflexión en voz alta que, a veces, me hago. Y es que de un tiempo a esta parte estamos viviendo lo que algún periodista ha calificado como «un despertar religioso en la juventud española»; lo cual, ya lo digo desde el principio, creo que es un despertar inspirado por el mismísimo Espíritu Santo. En la paleta de colores con la que se pinta este despertar están muy presentes los colores de la emoción y el sentimiento que, por otra parte, parece que, hasta hace no muy poco, no éramos tan capaces de despertar.

El caso es que ese «subidón espiritual» – máximamente sentido vía retiro, concierto o la modalidad que sea – lo podemos llamar «gracia de Dios» aunque la vemos a esta a través de esos nuevos sentimientos por los que ahora en un canto o en una adoración has sentido «algo» que antes nunca habíamos experimentado. Es lo que, sin lugar a dudas, te ha «dejado tocado». Ahora bien, en esta especie de reflexión en voz alta que brevemente te propongo, tal vez sea útil comenzar por hacernos una pregunta: ¿Es posible llegar a tener experiencia de «la gracia de Dios»? Dice el Catecismo de la Iglesia Católica que esto es algo que se «escapa a nuestra experiencia» y que ese estado al que llamamos gracia solo puede ser conocido por la fe (cf. CCE 2005). Es más, se llega a decir que «no podemos fundarnos en nuestros sentimientos» para captar eso de «la gracia». Aunque dos líneas más abajo el mismo Catecismo nos recuerda con palabras del Señor: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7, 20).

Entendemos por sentimientos o pasiones aquellas emociones o impulsos de la sensibilidad que nos inclinan a obrar o a no obrar en razón de lo que es sentido o imaginado como bueno o como malo. Es bueno que con sumo realismo tengamos muy presente que los sentimientos, ni siquiera los más profundos, no definen a la bondad o la maldad de la persona aunque obviamente son un reflejo de lo que básicamente es tu vida moral. De hecho «estos sentimientos y emociones pueden ser asumidos en las virtudes, o pervertidos en los vicios» (CCE 1768).

Así las cosas, parece, ya por lo pronto, que al «subidón» ha de continuar, necesariamente toda una tarea a realizar. Déjame por un momento que te cuente como entendía el filósofo Dietrich von Hildebrand (1889-1977) esa tarea a realizar: «Una tarea importante de nuestra vida espiritual y religiosa consiste en librarnos del ritmo de estos sentimientos psíquicos, no solo en nuestras acciones y decisiones, sino también en nuestro corazón». El filósofo aclara con un ejemplo: «Todos conocemos a gente que se deja dominar por estos estados de ánimo […] lo que antes les encantaba, ahora les aburre o les irrita». Por eso la meta está en superar «el despotismo de estos sentimientos psíquicos» para hacer espacio a los más genuinos «sentimientos espirituales». De tal manera que podremos «alegrarnos con la existencia de bienes grandes y permanentes que merecen ser objeto de nuestro alegría» (Fin de la cita).

Por católicos ni somos unos sentimentalistas pero tampoco nuestro ideal es una «castración de sentimientos». Ten muy presente que la meta es que en todo a lo que llamamos cristianismo te veas movido no solo por tu propia decisión – por tu propia voluntad – sino también por tus sentimientos. Un tal Newman ilustra esto magníficamente: «Los sentimientos de temor y de «lo sagrado» ¿son sentimientos cristianos o no? Nadie puede dudar razonablemente de ello. Son los sentimientos que tendríamos, y en un grado intenso si tuviésemos la visión del Dios soberano. Son los sentimientos que tendríamos si verificásemos su presencia. En la medida que creemos que está presente, debemos tenerlos. No tenerlos es no verificar, no creer que está presente».

¡¡¡Créeme!!! En la tarea a realizar «postsubidón» es en aquella oración en la que cuesta mantenerse atento y ser constante, en aquella oración en que puede que eches de menos los aparentemente extintos sentimientos del «subidón» donde el Espíritu Santo «da forma nueva a nuestros deseos, esos movimientos interiores que animan nuestra vida» (CCE 2764).

Post data: «La educación del corazón humano representa, pues, no solamente una educación de las emociones, sino una integración de los sentimientos y los pensamientos en una unidad superior: la de la conciencia o intelecto, que es nuestro punto de contacto con Dios en los más profundos recovecos de nuestra alma. Es una propiciación del autoconocimiento en la posesión de la virtud, como dijo Platón en el Menon» (S. Caldecott).

comentarios

Más de Córdoba - Opinión

tracking

Compartir

Herramientas