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Bryce no bebía Cacaolat

Según la escala Hemingway, hay escritores que se quedan en el vino, otros prosperan hasta el whisky y unos pocos llegan al vodka. Ahí arriba estaba el peruano

El escritor de moda en España bebe Cacaolat. Lo hemos averiguado gracias a una desternillante entrevista en el Diari de Girona, donde confesaba dos cosas: que Josep Pla le cae mal y que sus respectivas boinas no tienen nada que ver la una con la otra. Hay boinas y boinas, vino a decir el prosista.

Supongo que esto de que el escritor de moda en España beba Cacaolat no afecta a su estilo y es, más que nada, un signo de los tiempos. Sin ir más lejos, en mi barrio acaban de cerrar una cervecería para abrir, en el mismo local, un gimnasio. Y si eso pasa en Cuatro Caminos, el distrito cervecero por antonomasia de la ciudad, no quiero ni imaginar lo que ocurre en otras latitudes urbanas.

Acaba de morir Alfredo Bryce Echenique, que no bebía Cacaolat, pero escribía libros gloriosos. Fue un gran novelista —de prosa a un tiempo leve y profunda— hasta que algo se descoyuntó en sus engranajes y le dio por plagiar a nuestro querido Chesi.

A Bryce lo vi por primera vez en una charla en Barcelona. Nos habló de su timidez patológica. Cada vez que asistía a una reunión social en su Lima natal lo pasaba tan mal que incluso escuchaba un sonido de campanillas. Cuanto más nervioso se ponía, más fuerte repicaban. Durante una de esas citas demasiado concurridas y demasiado incómodas, se le ocurrió mirar hacia abajo, como buscando una salida de emergencia en el suelo, y resolvió el misterio de las campanillas: era el tintineo del hielo en el whisky que trasegaba para apaciguar los ánimos. A más nervios, más hielos y más campanillas.

Alfredo Bryce Echenique

Alfredo Bryce EcheniqueEl Comercio

Lo entrevisté años después, en 1997, ya en Coruña. Quedamos para charlar en el vestíbulo del Hotel Atlántico. Eran las doce del mediodía y no acababa de llegar. Cuando finalmente apareció, me sorprendió ver que un dandi como él llevase puesta la misma ropa que vestía la tarde anterior, cuando había participado en un encuentro literario del Premio Torrente Ballester. Sin quitarse la gabardina, se pidió un Bloody Mary. «Necesito despejarme», argumentó.

A la segunda pregunta —a veces tardo en vislumbrar lo obvio— comprendí que Bryce venía de enganchada. Tras la cena, que Caballero Bonald se encargó de regar con un sorbete bien empapado de cava, se fue de viaje por la noche coruñesa con Xosé Carlos Caneiro, que participaba en aquel encuentro como ganador de la anterior edición del Torrente Ballester. Se cayeron bien y se pasaron la noche hablando de literatura. Hasta que el sol de mediodía les recordó que era hora de volver al hotel.

Para entender por qué Alfredo Bryce prefería el vodka al Cacaolat tuve que conocer a Pepe Esteban, amigo eterno del peruano. Durante una sobremesa en el Café Gijón, Esteban me explicó la lección que aprendió de Hemingway. Era 1956, tenía 19

años, y se había ido en Vespa al Escorial para conocer al gran novelista americano. Cuando pidieron la primera ronda, Pepe se apuntó al Rioja. Don Ernest lo atajó:

—¿Tú qué quieres ser?

—Escritor.

—Entonces nada de vino. Si quieres ser escritor, tienes que beber whisky.

Esta regla dictada por Hemingway tenía una versión aún más estricta establecida por Carlos Barral. «Hay que llegar al vodka, Pepito», le aconsejaba a Esteban. Pepito, sin embargo, siguió fiel al Cutty Sark. Según esta escala Hemingway o Barral —aunque lo justo sería llamarla la escala Esteban—, hay escritores que se quedan en el vino, como el poeta Claudio Rodríguez; otros prosperan hasta el whisky, como Ernest Hemingway; y luego están los que llegan al vodka. Ahí arriba estaba Bryce.

La entrevista no salió del todo mal. La titulé con algo que me dijo de que solo lo iban a sacar del combate a puñetazos, aunque a esas alturas de la conversación tampoco tenía claro si me estaba hablando de la literatura o de algún pub coruñés. Ahora veo su caligrafía temblorosa en la dedicatoria que estampó esa mañana en Un mundo para Julius y me pregunto en qué lugar de la escala Hemingway —otro autor con boina— quedan nuestro escritor de moda y su Cacaolat.

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