Picadillo ya tenía un Goya
El alcalde Puga y Parga posa en su retrato oficial con un busto sospechosamente parecido a los trofeos de la Academia de Cine
Cada coruñés tiene su regidor favorito. Incluso se puede elaborar una lista inversa de los primeros ediles que menos hicieron por la ciudad. Pero no hay debate sobre quién fue el alcalde más grande de la historia de Coruña. En ese escalafón triunfa —por aplastamiento— Manuel Puga y Parga. 275 kilos de alcalde.
A principios del siglo XX, las atracciones y los circos acampaban en la plaza de María Pita. En cierta ocasión, se anunciaba el espectáculo del hombre más gordo del mundo. El incauto tuvo que largarse con su carpa a otra parte porque aquí ya teníamos a Manolo Puga.
Todos lo recordamos como Picadillo. Un seudónimo que esgrimía para firmar tratados gastronómicos —como su célebre La cocina práctica— y que, con el tiempo, se convirtió casi en su único nombre. Sus recetas eran pantagruélicas en el sentido literal. Las metáforas no iban a su cazuela. En una ocasión, sorprendió a sus invitados en el pazo de Anzobre con una ternera rellena. Asó la ternera con un cerdo dentro; en el cochino había metido un cordero, que a su vez contenía perdices, pollos y otras aves, condimentadas con sus rellenos y sus mejunjes.
Picadillo fue, antes que cualquier otra cosa, un alcalde bondadoso. Estaba al frente del Ayuntamiento en el revolucionario 1917, cuando se convocó un paro general en toda España. Los durísimos choques entre las fuerzas del orden y los huelguistas dejaron muertos en todo el país. Pero en Coruña gobernaba un Puga y Parga tibiamente conservador y enormemente compasivo. Ordenó a la policía que mantuviese el orden, pero sobre todo la calma, y la jornada se saldó con unas docenas de detenidos. Como en los calabozos apretaba el frío, esa noche el alcalde se encargó de llevar mantas a los arrestados.
Los obreros nunca olvidaron su papel durante la huelga general y, un tiempo después, le dedicaron un gran homenaje y le entregaron un diploma, firmado por todas las federaciones sindicales —incluidas las anarquistas—, en el que agradecían la labor de aquel hombre ubicado en las antípodas de sus ideas políticas. Picadillo lo enmarcó y lo colgó con orgullo en su despacho de la alcaldía.
Retrato de Picadillo, por Manuel Abelenda, de la colección de arte del Ayuntamiento de A Coruña.
Cuando, en otra vida, me tocaba hacer tiempo en los pasillos de la planta noble de María Pita, uno de mis entretenimientos era contemplar los retratos de los antiguos alcaldes, que nos miran muy atentos desde el otro lado de la historia. Mi favorito era el de Manolo Puga.
El óleo de Picadillo es una delicia. Lo firma Manuel Abelenda, y nos muestra al regidor, en la plenitud de su corpachón, elegantemente vestido, con la faja municipal a punto de explotar en su cintura, y posando con un pitillo humeante en la mano. Al fondo del cuadro, se ve el busto de un individuo con cara de pocos amigos. La primera vez que vi esa efigie me acordé de las estatuillas de Goya que se entregan cada febrero en la gala de la Academia de Cine.
Por pura curiosidad, consulté a un par de expertos en arte. Y, como suele suceder cuando preguntas a dos especialistas en cualquier materia, obtuve dos respuestas completamente diferentes. Uno me confirmó que era sin duda Goya. El otro me explicó con aplomo enciclopédico que se trataba de Beethoven.
Como todos los señores del siglo XIX con el ceño fruncido, Beethoven y Goya se parecían mucho. Hasta eran idénticos en su sordera, que no se aprecia en las esculturas, aunque se intuye en el gesto. Se me ocurre que, como Ludwig era en realidad un poco más joven que Francisco, lo que pudo pasar es que, en uno de esos concursos de imitadores de Goya que anticiparon las posteriores competiciones de gente disfrazada de Hemingway o de Elvis, Beethoven había quedado de primero y Goya, de segundo. Y el que posó para la efigie de Goya que esculpió Mariano Benlliure no era en realidad Goya, sino su doble alemán.
Quien no tenía imitadores de su talla —y eso que incluso lo intentó el hombre más gordo del mundo— era nuestro inigualable Picadillo.