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Wenceslao, el dandi de Torreiro

Fernández Flórez era el Helenio Herrera del columnismo: ganaba sin bajarse de la limusina

Decía un griego —ya no recuerdo cuál, pero empezaba por hache— que los dioses existen para que los hombres puedan cantar sus hazañas y sus fechorías. Así nació la literatura universal, que a estas alturas de la película todavía vive del cuento que anidaba en los hexámetros de Homero: el amor, la guerra, la venganza, el sexo y todas esas obsesiones del ser humano que los de Grecia elevaron a los altares de sus muy humanas divinidades.

Todo este lío mitológico se me vino a la cabeza el otro día al tropezarme en la calle Torreiro con el mármol de la casa natal de Fernández Flórez. En Torreiro, Wenceslao tiene ahora dos placas. También hace doblete con dos monumentos (como el gran Pucho).

WFF, que tiene iniciales de sección humanitaria de la ONU, luce busto en la plaza del Humor y tiene una estatua abstracta en Méndez Núñez. En los jardines, el escritor aparece reducido al perfil de su nariz en una figura que los jardineros municipales riegan con mucho esmero. La hidratan para ver si le medra más la napia o si de la piedra brota uno de esos adjetivos perfectos que colaba en las crónicas con exquisita elegancia, como sin ganas de cansarse demasiado arando el terruño de la página en blanco.

Decía Torrente Ballester que en España hay novelistas que en lugar de escribir con el cerebro escriben con los riñones. Echándole horas, como si fueran opositores a auxiliar administrativo de la Diputación. Wenceslao nunca fue de escribir con los riñones. Ni siquiera con todo el cerebro. A él le llegaban un par de neuronas para pulir un párrafo, sin despeinarse el bigote, y los otros millones de neuronas los dejaba a remojo, a la espera de que llegase la gran novela. Como la gran novela no llegaba nunca, al final, lo que hacía Fernández Flórez era ir derramándola por las esquinas de los periódicos.

Casa natal de Wenceslao Fernández Flórez en la calle Torreiro

Casa natal de Wenceslao Fernández Flórez en la calle TorreiroEL DEBATE

En sus artículos, gastaba una prosa vestida de smoking, siempre lista para ir de fiesta. En eso era como una especie de gran Gatsby coruñés. Iba derrochando su fortuna —o sea, su escritura— en la tinta de hoja caduca de los diarios. Escribía sin sudar, mirando el mundo desde la ventanilla del coche con chófer que le llevaba por Madrid. Era el Helenio Herrera del columnismo: ganaba sin bajarse de la limusina.

Cultivó la crónica taurina, la parlamentaria y hasta la futbolística. A Wenceslao todo esto le importaba muy poco. La tauromaquia le daba igual porque no era nada castizo. Era una especie de señor centroeuropeo varado en la fraga de Cecebre. Tampoco era un forofo y las operetas de la política y el deporte le provocaban largos bostezos. Pero de ese presunto desinterés por todo brotaron algunas de las piezas más deliciosas del periodismo del siglo XX.

Ahora se lee poco a WFF. Supongo que no acaba de resucitar porque se reedita con cuentagotas. Como era un dandi, me imagino que le parecería de mal gusto ponerse de moda ahora, a sus años. Pero algún día se redescubrirá —como le pasó a Camba, con quien comparte tantas cosas— y habrá una enorme alucinación colectiva con recopilaciones como De portería a portería o Acotaciones de un oyente. Por ahora, hay que conformarse con ir a la caza del tesoro de sus obras completas en las librerías y ferias de viejo, donde se custodian como lingotes de oro.

Cuando llegue el segundo advenimiento de Wenceslao, comprenderemos que este coruñés de bigote fino y prosa sutil fue uno de los primeros en entender del todo que la actualidad es un aburrimiento y que las noticias distraen al escritor de su verdadera misión. Solo le interesaba el periodismo como género literario y supo ver antes que nadie que cualquier tema sirve como punto de apoyo para levantar una columna. Da igual que sea una faena de El Gallo, un duelo Madrid-Benfica o un discurso de Alcalá Zamora.

Los griegos ya lo habían dejado claro con sus dioses de telenovela. Pero tuvo que llegar Fernández Flórez para enseñarnos que eso que llamamos realidad no es más que una excusa para juntar palabras que nunca antes habían estado juntas.

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