Ordenanza de convivencia
El pleno del Ayuntamiento de Córdoba ha aprobado esta semana una «Ordenanza para la convivencia» (sic) en la que se regulan los comportamientos que no son aceptables en la vía pública. El texto contempla sanciones de entre 700 y 3.000 euros para aquellos que incumplan lo establecido, si bien se van a dejar pasar tres meses en los que la Policía Local sólo amonestará a los incumplidores antes de abrir la veda de la multa. (Que igual en tres meses educamos más que en 200 años). La medida sigue el ejemplo de otras tomadas en ciudades de nuestro entorno como Sevilla o Granada, atenazadas también por el llamado turismo de despedida de soltero o de botellón.
La ordenanza que han votado los señores capitulares persigue a quienes vayan desnudos por la calle, paseen en ropa interior o tengan a bien regalarnos a los viandantes la siempre edificante visión de un novio disfrazado de educativas gónadas sexuales. Abro un paréntesis porque nunca he entendido esa obsesión de arreglar al novio o a la novia con un enorme falo que le cubra el cuerpo o le adorne la cabeza como condición sine qua non para disfrutar de un día de farra. Alguna despedida de soltero cuento a mis espaldas y siempre me he negado a tales cuestiones, más por vergüenza propia que ajena. Debe ser cosa de la inexistente educación sexual de este país.
En fin, volvamos a la ordenanza. Se prohíbe también dañar papeleras, marquesinas y todo tipo de mobiliario urbano, verdadera tentación adolescente/juvenil de aquellos que no saben que es posible guardarse manos y pies en sálvese la parte en lugar de dañar lo que pagamos todos con los impuestos.
Finalmente, se multará por bañarse en fuentes públicas, lavar la ropa en ellas y miccionar en la calle. Para lo primero, reclamo una modificación que se apiade de quien no tenga piscina en Córdoba en los meses de la canícula. Para lo último propongo una ampliación del régimen sancionador a todo aquel que pasee al perrito por la calle y no enjuague sus excrecencias una vez depositadas. Es más, propongo que aquel que no limpie los orines de su perro o los aleje de los portales sea miccionado públicamente por turnos en la plaza de la Corredera en un auto de fe renovado por parte de los vecinos afectados por la afrenta. Elevo la petición a una jiñada pública para los puercos que no saben que dejar los restos sólidos de sus canes en la vía pública no es del gusto de la concurrencia.
En definitiva, estoy de acuerdo con esto de sancionar al que incumpla la ordenanza, toda vez que está visto que cumplir las más mínimas normas de educación se ha convertido en misión imposible.
Eso sí, yo ampliaría los supuestos sancionables e incluiría en ellos a todos los políticos, tertulianos, opinadores, ladradores y becerros que nos regalan sus imprecaciones a diario en los medios de comunicación y en las tribunas públicas. A estos no los miccionaría ni les defecaría encima (y mira que la idea me seduce). Para estos acudiría a la mayor pena que se me ocurre y de la que no es posible escaparse. Los pondría a leer un libro; esas cosas con pastas llenas de letras que te enseñan a respetar al vecino. Claro que veo difícil que mi iniciativa prospere. No me cabe duda de que eso sería tildado de tortura cruel propia de fascistas.