Matarte en un AVE abandonado mientras Pedro recauda como nunca
No puede coincidir en el tiempo el récord de recaudación fiscal con la mayor pobreza y los peores servicios para los ciudadanos
El Gobierno ha superado en 2025 la barrera de los 300.000 millones de euros de recaudación fiscal, en el mismo ejercicio en el que se han confirmado varios datos trágicos: los salarios reales, que relacionan su cuantía con el precio de la vida, solo se han revalorizado un 2.76 % en treinta años; España es el tercer país de la Unión Europea que menos poder adquisitivo ha ganado en dos décadas y somos el cuarto país con más riesgo de pobreza y exclusión.
Por resumirlo en una frase: cuanto más rico es el Gobierno, más pobres son los gobernados, una escandalosa paradoja insostenible que solo sirve para implantar sistemas clientelares que intercambian votos por chuscos de pan e hipotecan, sin duda, la prosperidad inmediata de un país.
Dicho de otra forma, Pedro Sánchez echa cuentas a cuatro años, al precio de convertir España en un erial, para esquilmar a la sociedad productiva y generar con su dinero un ecosistema de dependientes inviable.
Maquillando las cifras de empleo con contabilidad creativa, para confundir al respetable con la falacia de cada cotizante equivale a un trabajador mientras proliferan los falsos empleados, los fijos discontinuos, los pluriempleados, los becarios y los contratos temporales y parciales; se simula una inexistente prosperidad y un falso crecimiento: técnicamente el PIB nacional sube, sí, pero básicamente porque somos más por la inmigración y el gasto público se ha disparado. Es como si pusiéramos un restaurante y presumiéramos de facturación sin decir que el principal cliente somos nosotros mismos. Trampas al solitario.
Bien, ese es el contexto en el que hemos descubierto que cuando más dinero tiene Pedro Sánchez y menos los ciudadanos, los trenes se estrellan porque, probablemente, un raíl se rompió y nadie lo detectó. Todo lo demás es cháchara, una cortina de humo para diluir la causa principal en un batido compuesto por otras que también están presentes en toda tragedia, pero no son determinantes.
Es decir, un Gobierno con vocación de Estado, que lo coloniza todo, ordeña a las clases productivas, apuesta por el clientelismo por segmentos poblacionales y ha convertido la política en la industria más boyante, ineficaz y masiva, no tiene dinero para vigilar las vías férreas y permite que algo tan rutinario como subirse a un AVE se convierta incluso en una actividad de riesgo mortal.
Óscar Puente, sus predecesores y el jefe de todos ellos, han hecho de Renfe y de ADIF una cueva de enchufados por cuotas, otro de esos organismos que anteponen su capacidad de albergar a colocados en función del obsceno reparto de cargos entre socios de Gobierno, incluso en ámbitos tan sensibles como este.
No es la empresa de uranios donde acoplarnos al gerente del PSOE y a la fontanera Leire. Ni la filarmónica del hermanito ni la cátedra de la esposísima ni la Casa Árabe de la escriba Lozano, no. Es la responsable de infraestructuras críticas para el funcionamiento del país y la integridad de los contribuyentes.
Y todo dentro de un Ministerio que se ha dado a conocer más por las amigas de Ábalos, las andanzas de Koldo y Cerdán, los rescates a los jefes de Zapatero o las concesiones a Puigdemont que por hacer su trabajo: prestar un servicio solvente, que cumpla su función con puntualidad, y no ponga en riesgo la vida de nadie.
La metáfora fúnebre de la tragedia de Adamuz es que retrata como nada a un tipo de política, la sanchista, perdida en la compra de votos a los enemigos de España, en la creación de un régimen controlador de cada rincón institucional, en la confiscación de la riqueza para mantener inmensas capas de falsos vulnerables y dependientes forzosos y en la bisutería ideológica, con un incesante cacareo inane que desprecia la atención de los problemas objetivos de un país y lo sustituye por un sinfín de batallitas sectarias destinadas a generar bloques enfrentados.
Mientras ese presidente, con sus sucesivos ministros de Obra Pública retratados por su sordidez garbancera, su amor compulsivo por el dinero, su carácter pendenciero o todo ello a la vez; se dedicaba a ver cómo llegar y cómo sobrevivir, las vías se rompían y los trenes se estrellaban.
Si matarte por montarte un AVE tampoco le pasa factura a nadie, estaremos definitivamente perdidos.