El socialista lo dijo en serio: «La gasolina sube por arrodillarse ante Trump»
La izquierda resucita el rancio manual del «No a la guerra» en el Parlamento balear para no tener que hablar de sus propias miserias
Debate de altos vuelos en el parlamento balear. De pronto, el escudero Negueruela, el sabio Apesteguia y ese señor de Menorca que heredó medio escaño se convirtieron en trasuntos de Churchill. Prodigio igual no habíase visto en el palacete del extinto Circulo Mallorquín desde que nos regalaron la autonomía. La izquierda en pleno llenó el ídem de pomposos argumentos sobre política internacional. El sempiterno problema de Oriente Medio -creado en realidad por las grandes potencias europeas al trazar líneas según les convenía sobre el mapa de sus colonias- pudo ser resuelto de un plumazo por la lúcida inteligencia de sus señorías. Es que les dejan hablar un poco más y Trump, avergonzado, hubiese dado marcha atrás. Lo que se perdió el mundo dejando estas lumbreras recluidas en este rincón del Mediterráneo occidental.
La brillante exposición de nuestra izquierda regional, que no regionalista, se resume en una frase muy simple: «No a la guerra». Bueno, el gallego sombrío -que a estas alturas no sabe siquiera si será candidato al Ayuntamiento de Palma, pobres palmesanos- aprovechó la ocasión para redoblar el adverbio de negación hasta que no le dio más de sí: no a la guerra, no al asesinato, no a los bombardeos, no a Trump, a Abascal y a Prohens, que se les ha ido al Caribe, la muy cuca, sin llevárselos de invitados.
Me quedé con una frase genial del socialista que voy a estampar en una pegatina para colocar en el parabrisas de mi coche: «La gasolina sube por arrodillarse ante Trump». Sí, sí, que hablaba en serio: mientras su jefe prepara un escudo social de narices para librarnos de los efectos de la guerra, Abascal y Feijóo -y sobre todo Prohens- se inclinan ante el tirano que bombardea Irán.
De pronto, el escudero Negueruela, el sabio Apesteguia y ese señor de Menorca que heredó medio escaño se convirtieron en trasuntos de Churchill
Pero la solución más brillante la propuso Apesteguia, lástima que no se le ocurriera cuando comandaba el Ayuntamiento de Deià: hay que salir de la OTAN, bases fuera. ¿A que esa idea tan rutilante no se le había pasado por la cabeza a nadie hasta ahora? O quizá sí, porque sonar, me suena. Será que mi memoria ya flojea.
Cristina Gil, en su turno de defensa, comparó a esa tropa con Woody Allen, una ofensa que -de conocerla- el judío neoyorquino no le perdonaría jamás. Cuando le preguntaron acerca de la muerte el genio declaró rápidamente que estaba en contra de ella. Quizá sus pacifistas señorías no entendieron la ironía de la fina diputada pepera. «¿Quién está a favor de la guerra, señores?».
Muy fino también estuvo Sergio Rodríguez al mostrar unos vasos como los que usan los trileros para escenificar el juego que se lleva Sánchez sacando de la nada bolitas fétidas para empañar el ambiente y evitar que se hable de sus corrupciones y chanchullos. «No entraré al trapo», zanjó.
Sergio Rodríguez (Vox) escenificó el trilerismo de Sánchez y zanjó el tema: «No entraré al trapo»
Tampoco crean que los sacrosantos señores de la paz se salieran mucho del guion. La mayoría de sus simplezas son repetidas a diario por sesudos columnistas que -eso sí- cobran mucho menos que ellos por escribir las mismas tonterías.
La ocasión era que ni pintada para denostar a Israel y el menorquín bolchevique no la desperdició. Acusó a Prohens de no condenar en su día el «genocidio» cometido por Israel en Gaza y -lo que es peor- de recibir en el Consolat a la «embajadora del estado sionista». Pobre Margalida, que no pudo defenderse de los ataques del comunista del medio escaño porque está a miles de kilómetros. Y pobres de nosotros, los sufridos contribuyentes, que con nuestros impuestos sufragamos los sueldos y dietas de ese batallón de ángeles de la paz. La verdad es que ahora mismo están felices montados en el eslogan del No a la guerra. Así se olvidan de que pronto serán material político amortizado y tendrán que buscarse la vida quién sabe dónde. Quizá trabajando en algún gabinete de estudios internacionales, que todo podría ser.