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Desde la retaguardiaMiquel Segura

11-M del 2004, el día en el que asesinaron a la Transición

Zapatero aparecía a los ojos de los observadores políticos como un candidato gris, un diputado de provincias elegido para perder aquellos comicios. Pero alguien -el tradicional juego sucio que está en el ADN del PSOE- sabía que aquello no era así

Act. 12 mar. 2026 - 10:16

Ayer se cumplieron 22 años del inicio de la pasión y muerte de la Transición. Quería titular este artículo explicando que el 11-M empezaron todos los males que nos afligen pero Mayte Alcaraz, siempre atenta, se me adelantó. Pero el tema da para mucho y mis recuerdos personales de aquella trágica jornada permanecen intactos, como si los hubiese guardado en el congelador de la memoria para que nadie pudiera alterarlos. En aquella época el que suscribe ocupaba el cargo de director adjunto del Institut Ramon Llull en Baleares, un puesto que me había ofrecido Jaume Matas y que yo acepté encantado. Mientras desayunaba me llamó mi segundo en el mando, Antoni Planas.

-Ha pasado algo muy gordo en Madrid, creo que hay muchos muertos.

De camino hacia mi despacho la radio iba desgranando confusos datos de la tragedia. Faltaban cuatro días para las elecciones generales y aquello me olió muy mal. Todas las sospechas de la masacre recayeron primeramente en ETA. Sin embargo, algo no encajaba, aquel no parecía el estilo de la banda asesina vasca. En Palma el sentimiento de desolación era absoluto; El programa de trabajo de aquella negra mañana se suspendió: solo podíamos estar atentos a la radio, telefonear a unos y a otros en busca de confirmación de unos hechos que a medida que pasaba el tiempo se iban haciendo más y más confusos. El conseller de Cultura, Francesc Fiol, me llamó varias veces:

-¿Tienes previsto algún viaje a Barcelona?

-Pasado mañana está programada la junta semanal de gobierno del instituto.

-Estate atento porque aquí hay muchas cosas que no me cuadran. Quizá no haya sido ETA.

Lúcido como pocos, Fiol -en la actualidad presidente del Consejo Político y Económico de las Islas Baleares- temía un vuelco en las inminentes elecciones.

-Se habla de un atentado yihadista. Si es así, peligra la mayoría de Rajoy.

Hasta aquellos momentos, nadie dudaba que el gallego sucesor de Aznar ganaría por mayoría absoluta. Las encuestas le sonreían y el panorama político de la derecha -entonces sin escisiones ultras- no podía ser más alentador. Zapatero aparecía a los ojos de los observadores políticos como un candidato gris, un diputado de provincias elegido para perder aquellos comicios. Pero alguien -el tradicional juego sucio que está en el ADN del PSOE- sabía que aquello no era así.

Dos días después, ya extendida la certeza de que el atentado era obra de islamistas, viví una jornada muy dura en Barcelona. En la calle se palpaba un ambiente como de fin de ciclo. Los tentáculos de los fontaneros socialistas, con Rubalcaba a la cabeza, habían prendido la mecha. Cuando, al salir de la reunión, vi la muchedumbre que se manifestaba por el Paseo de Gracia, supe que el PP tenía perdidas las elecciones.

Aquellos días, Mayte, en efecto, la Transición entró en agonía. Zapatero cambió el curso del río de nuestra historia reciente y la corriente aun discurre en sentido contrario. El anodino diputado despertó, uno a uno, los peores demonios de la nación. Cuestiones que estaban más o menos encauzadas -la principal, la consolidación del estado de las autonomías- fueron contaminadas por aquella manera de hacer política. La derecha no supo reaccionar, ni siquiera ocho años después, cuando Rajoy ganó las elecciones. El mal ya estaba hecho y solo faltaba la aparición de Sánchez en el escenario. Nada volvió a ser igual. Y ahí seguimos.

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