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TRIBUNAManuel Bustos Rodríguez

El Padre Ángel Ayala en perspectiva

Con los cambios introducidos por la Revolución Francesa se expandió lentamente un proceso secularizador que, si bien durante los siglos XIX y XX, no logró extirpar la religión mayoritaria en nuestro país, sí que introdujo un deseo, cada vez más expresivo, de caminar al margen de ella e, incluso, de combatirla por todos los medios al alcance

No es posible entender España sin la Iglesia católica. Ella contribuyó a engrandecerla y a defenderla frente a sus enemigos externos e internos. De no haber sido por la acción combinada de sus reyes, soldados y conquistadores, sus teólogos y sus santos, Europa hubiera sido muy distinta de lo que fue y es, y la obra de América muy diferente. Pero, con sus virtudes y defectos, a España no le faltaron durante siglos hombres dispuestos a dejarse el pellejo y hasta la vida por la fe católica.

Con los cambios introducidos por la Revolución Francesa se expandió lentamente un proceso secularizador, que si bien, durante los siglos XIX y XX, no logró extirpar la religión mayoritaria en nuestro país, si que introdujo un deseo, cada vez más expresivo, de caminar al margen de ella e, incluso, de combatirla por todos los medios al alcance que ofrecía la cultura contemporánea (enseñanza, prensa, legislación, televisión, etc.). Pero, en cada momento trascendente, el catolicismo halló el liderazgo necesario y el medio oportuno para su defensa a fin de llevar a cabo su labor evangelizadora.

Uno de esos liderazgos provino, sin duda alguna, del P. Ángel Ayala, sacerdote jesuita, cuyo proceso de canonización a nivel diocesano, despegó en el Colegio Mayor San Pablo de Madrid hace varias semanas. Sentimientos aparte, el evento, llevado a cabo junto al lugar donde reposan sus restos, y en una institución señera, fruto de la obra que él había comenzado en 1909, posee una carga histórica innegable, y no solo para la Asociación Católica de Propagandistas que él fundara, sino para la historia de la Iglesia y la propia historia contemporánea de España en general.

Solemos decir hoy que las cosas se han puesto muy difíciles para la acción evangelizadora de la Iglesia en el ámbito cultural y social. También lo fue en esos tiempos de finales del siglo XIX y principios del XX, en que se incardina la acción y la obra del P. Ayala. Aunque el catolicismo seguía siendo entonces en España una religión más que mayoritaria y la Iglesia tenía una influencia notable en ella, la iniciativa en la acción pública en sus distintos frentes, sobre todo cultural y político, era impulsada, cada vez de manera más explícita, por aquellas fuerzas, políticas y sociales, herederas del espíritu laicista al que nos referimos al comienzo de este artículo. En otras palabras, el catolicismo seguía bien afianzado en España, pero era débil en el terreno de lo público. La amenaza de reversión no era en absoluto un espejismo.

Se hacía necesario sensibilizar a los laicos y organizarlos para emprender una contraofensiva –utilizando el lenguaje bélico- mediante la palabra, el pensamiento y la acción, que removieran esas convicciones católicas tan arraigadas, pero un tanto adormecidas. Así lo comprendió la Santa Sede, consciente de la importancia de España en la difusión y defensa de la fe católica. De ahí la idea de buscar en nuestro país hombres capaces de reavivar esa presencia activa. ¿Y quién mejor que un jesuita, perteneciente a una orden que había hecho del servicio al Papa uno de sus carismas más reconocidos, para llevarlo a cabo? Es aquí precisamente donde entra de lleno la figura del P. Ayala.

Tres virtudes de su personalidad destacan muy especialmente en el asunto que aquí nos interesa: su capacidad para conectar con los jóvenes, una innegable habilidad organizativa y un fuerte sentido apostólico. Captó a los primeros y los agrupó en torno a la Congregación de los Luises, vinculada a la Compañía de Jesús. Y no contento con ello puso en marcha un nuevo grupo, de carácter autónomo, con la savia de aquella y nuevas incorporaciones. Supo escoger para dirigirla a quien sin duda reunía más cualidades para ello: el joven abogado del Estado, Ángel Herrera Oria, primer secretario de la Asociación Nacional de Jóvenes Propagandistas, cuyo arranque propiamente dicho se produjo a finales del año 1909. Sin duda, desde el primer momento, el P. Ayala practicó lo que fue una de sus objetivos más acariciados por él, pilar básico de la organización recién nacida: la formación de selectos, título de una de sus obras más importantes; es decir, de católicos con capacidad de dirección y agudo sentido de la justicia social y del bien común.

Porque la empresa del P. Ayala, que luego desarrollaría Ángel Herrera, no era un movimiento de masas, en un tiempo en que están eran azuzadas por los partidos y sindicatos, sino la levadura que debía hacerlas fermentar. No se trataba tan solo de hacer buenos cristianos en la vida laboral y doméstica (otra Obra, surgida años más tarde, se volcaría más sobre este frente), sino, bien preparados espiritualmente, animar a sus miembros a actuar en los diferentes ágoras y escenarios de la sociedad española, con el objetivo de dar testimonio de la fe católica, defenderla y defender asimismo a la Iglesia, que comenzaban a ser atacadas desde ámbitos diferentes.

Puesta ya en marcha dicha Asociación de laicos, el P. Ayala dejaría a Herrera la guía y desarrollo de su obra, pasando él, perteneciente al clero regular, como parecía coherente, a ocupar un segundo plano, aunque sin perder del todo el contacto con su obra, hasta su misma muerte en el año 1960. Con el carácter sencillo, humilde y tenaz que poseía, su inquietud se trasladó con mayor intensidad a los aspectos educativos y formativos, en una época en que, ante los cambios que ya comenzaban a atisbarse, se hacía necesaria una reflexión profunda, además de cambios importantes. A través de varias fundaciones de carácter educativo, Ayala seguirá activo muchos años, por encima de las sucesivas vicisitudes que se le fueron planteando, sin dejar por ello de poner su mirada sobre la Asociación y su marcha.

Hace apenas un mes comenzamos oficialmente, como se ha dicho, el proceso de beatificación y canonización de este Siervo de Dios, en la confianza de que la Iglesia pueda valorar adecuadamente sus numerosas virtudes cristianas, su entrega al servicio de la Iglesia en tiempos nada fáciles, y pueda en su día ser elevado a los altares. Con esta confianza al menos se ha iniciado con toda solemnidad dicho proceso.

Manuel Bustos Rodríguez es el presidente de la Comisión de Peritos en Historia y Archivística de la Causa

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