Fundado en 1910
Una representación del misionero y explorador jesuita Eusebio Kino, a la izquierda, en Imuris, Sonora, obra de José Ríos Cyril Ramos

Una representación del misionero y explorador jesuita Eusebio Kino, a la izquierda, en Imuris, Sonora, obra de José Ríos Cyril Ramos

El jesuita que exploró Arizona antes que los estadounidenses y fundó más de 25 misiones

El padre Eusebio Kino exploró Sonora y Arizona en el siglo XVII y creó una red de misiones que llevó la presencia española cientos de kilómetros al norte del río Bravo

Hubo un Imperio español. Sí que lo hubo. Se fue construyendo a lo largo de varios siglos. En unos momentos a base de grandes descubrimientos y conquistas. En otros haciendo avanzar lenta, casi premiosamente, el umbral de la civilización. Ya Felipe II rechazó las nuevas conquistas de un imperio interminable, pero en el interior de sus nebulosos márgenes existían muchas zonas que solo estaban superficialmente exploradas.

En estas zonas se desarrolló una nueva forma de expansión, basada no en la ocupación militar, sino en la palabra y el ejemplo, la persuasión y la preeminencia de lo humano.

Estaban ocupadas por poblaciones abigarradas y numerosas, divididas en una multitud inabarcable de grupos humanos muy poco desarrollados. Hablaban infinidad de lenguas mutuamente incomprensibles. Era la situación que reinaba en lo que hoy es el suroeste de los EE. UU. y el norte de México. Una enorme extensión de más de cuatro millones de km² disputados por unos 800 grupos de carácter tribal, muchos de los cuales completaban su economía con el saqueo y el pillaje.

A partir de mediados del siglo XVII se sustituyó, en la medida de lo posible, la extensión del orden civil de forma coercitiva por la implantación progresiva de una red de misiones católicas. En estas se buscaba mejorar la situación de poblaciones indígenas mediante el ejemplo personal de un tipo humano muy especial. Mezcla de explorador, intelectual, maestro, aventurero, geógrafo y agrónomo, cada misionero tenía que afrontar tareas que hoy parecen sobrehumanas.

Los misioneros construyeron entre Texas y California un tejido de civilización que penetraba de media 500 km hacia el norte del río Bravo, con una anchura de casi 2.500 km. En muchas zonas se construyeron verdaderas provincias misioneras que dejaron huellas de civilización que han perdurado hasta nuestros días.

Algunas son suficientemente conocidas, como las misiones californianas de fray Junípero Serra o los establecimientos tejanos del valle del río San Antonio. Aquí se construyeron presas y una red de canales, las «acequias», de 80 km, que transformaron en regadío varios miles de ha. Se trata de la obra hidráulica más antigua de los EE. UU. aún en servicio.

Experiencias similares se desarrollaron en Nuevo México y Colorado. En sus habitantes, nativos y mestizos, perdura hoy día una herencia española autóctona que ha resistido exitosamente a la agresividad anglosajona. Se podrían resaltar muchos ejemplos de aquellos «conquistadores» que encontraban en la cruz la motivación para actuar y el argumento para convencer. Aunque hay uno que me resulta especialmente simpático: el padre Kino.

El Imperio español, con todos sus defectos, tuvo un carácter universalista, propio de su condición de católico. Estaba abierto a los seres humanos de cualquier procedencia, con la única condición de que profesaran el catolicismo romano. Por ello en nuestra historia abundan personalidades extranjeras que aportaron su valía a aquel proyecto universalista.

Eusebio Chini había nacido en el Trentino, a caballo entre Italia y el mundo germánico. Desde niño denotó tanto una aguda inteligencia como una fuerte personalidad. Tras ordenarse jesuita desdeñó las posibilidades de trabajar como profesor universitario para ser misionero. La solicitud de trasladarse a China fue rechazada por sus superiores. Finalmente, tras un arduo viaje, acabó en el virreinato de Nueva España, donde desarrolló una increíble actividad misionera entre 1678 y su fallecimiento en 1711. Cambió su nombre italiano por Kino para adaptarlo a la pronunciación española.

Este mapa, que fue coloreado a mano por el cartógrafo Nicolás de Fer, fue creado originalmente por Kino en 1696

Este mapa, que fue coloreado a mano por el cartógrafo Nicolás de Fer, fue creado originalmente por Kino en 1696

Previamente había destacado como geógrafo, teólogo, lingüista, naturalista e incluso médico y astrónomo. Fue uno de los primeros en descubrir y estudiar el sorprendente cometa Halley. Todas estas facetas palidecen ante su ejemplo como evangelizador, consciente de que la mejora de las condiciones de vida de las poblaciones autóctonas era inseparable de su cristianización.

El padre Kino construyó más de 25 misiones en Sonora y Arizona. Alguna de ellas se encuentra en el origen de importantes ciudades como Tucson. Introdujo la ganadería y los métodos de cultivo modernos; exploró, a lomos de mula o caballo, una región vastísima; comprobó que la Baja California es una península y no una isla como se pensaba en esa época. Hizo avanzar las fronteras de la civilización más de 300 km hacia el norte.

Utilizó como principal instrumento civilizador la fe de Jesucristo; bautizó a millares de nativos; obtuvo privilegios para sus queridos indios. Fue un diplomático prudente; realizó observaciones astronómicas; aprendió las lenguas nativas (de hecho, hizo un diccionario de la lengua de los pimas); enseñó a leer y a escribir a miles de personas; amansó espíritus; pacificó conflictos y también supo hallar tiempo para escribir.

Está enterrado en una de las misiones que fundó, Santa María Magdalena, en el estado mejicano de Sonora. Su tumba se ha transformado en un lugar de peregrinación. El estado norteamericano de Arizona también reverencia su memoria. Ha colocado su estatua en el National Statuary Hall del Capitolio, donde cada estado puede emplazar dos estatuas de sus ciudadanos más distinguidos. El papa Francisco lo declaró venerable, lo que augura su próxima beatificación. En España su memoria ha sido olvidada.

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