La carga de los tres reyes, durante esta batalla conocida como las Navas de Tolosa se puso fin al dominio musulmán en la península

La carga de los tres reyes, durante esta batalla conocida como las Navas de Tolosa se puso fin al dominio musulmán en la penínsulaFerrer Dalmau

Mucho antes del Mundial, España ya había ganado uno de sus partidos más decisivos: Las Navas de Tolosa

El 16 de julio de 1212, Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII el Fuerte derrotaron al califa almohade Muhammad al-Nasir en una batalla que cambió para siempre el rumbo de la Reconquista y de la historia de España

Si algo ha logrado la selección española de fútbol es recordar a los españoles que este país también sabe protagonizar gestas. De hecho, llevamos siglos haciéndolo, aunque la memoria de muchos solo se detenga en determinados aniversarios del mes de julio.

Nuestra historia está llena de batallas y decisiones que cambiaron el rumbo de lo que hoy somos. Pero no solo en el marco comprendido entre unos pocos años, sino durante siglos, esos en los que nuestra historia alcanzó cotas infinitamente mayores que las de cualquier éxito deportivo porque, antes de que existieran los estadios, España ya había protagonizado algunas de las mayores gestas de la historia de Europa. Gestas que parecían imposibles de alcanzar porque el rival era, en principio, mucho más poderoso.

Mientras millones de españoles contenían hace apenas tres días la respiración, pendientes del Mundial de fútbol, un aniversario pasaba casi inadvertido. El 16 de julio se cumplieron 814 años de una jornada que influyó mucho más en el futuro de España que cualquier resultado deportivo.

Aquel mismo día de 1212, tres reyes cristianos dejaron a un lado sus rivalidades y se unieron en la convicción de que la unión hace la fuerza para enfrentarse al ejército más poderoso del Occidente islámico. Frente al califa almohade Muhammad al-Nasir, al que las crónicas cristianas llamaban Miramamolín –adaptación castellana del título árabe Amir al-Mu'minin («príncipe de los creyentes»)–, marchaban Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII el Fuerte de Navarra.

Lo que estaba en juego no era un título, sino la supervivencia de los reinos cristianos y el rumbo de la historia peninsular. Tres reyes, miles de hombres a caballo y a pie, una jornada cargada de épica y valor. En la abrasadora Sierra Morena, junto a Las Navas de Tolosa, la «selección» cristiana estaba a punto de escribir una de las páginas más brillantes de nuestra historia frente a la poderosa «selección» almohade. Pero antes había que ganarla.

La Reconquista llevaba casi cinco siglos escribiéndose entre avances y retrocesos, victorias y derrotas, pero nunca antes el equilibrio había parecido tan frágil. Apenas diecisiete años antes, Alfonso VIII había sufrido en Alarcos una de las derrotas más dolorosas de toda la Edad Media hispánica.

Alfonso VIII

Alfonso VIIIArte

El ejército castellano fue deshecho por los almohades y el camino hacia el valle del Tajo quedó peligrosamente abierto. Durante años, la sensación fue que el poder musulmán había recuperado definitivamente la iniciativa.

No era una impresión exagerada. El Imperio almohade vivía entonces el momento de mayor esplendor de su historia. Extendía su autoridad desde el norte de África hasta al-Ándalus y disponía de una capacidad militar y económica que ningún reino cristiano podía igualar por sí solo. Muhammad al-Nasir cruzó el Estrecho al frente de un formidable ejército dispuesto a infligir un golpe definitivo a sus enemigos del norte.

La amenaza era tan seria que el Papa Inocencio III predicó la cruzada y llamó a los caballeros cristianos a acudir en ayuda de Castilla. Era la hora de la verdad y aquellos hombres del siglo XIII no dudaban en defender su reino, su fe, su honor y a los suyos. Y si con ello había que dar la vida, se daba.

Respondieron nobles de distintos territorios europeos, aunque muchos de ellos abandonarían la expedición antes de llegar al campo de batalla, molestos por la decisión de Alfonso VIII de respetar la vida de la población musulmana de las plazas que se iban rindiendo.

Aquella deserción pudo haber condenado la campaña al fracaso. Sin embargo, los tres grandes protagonistas permanecieron unidos: Alfonso VIII, decidido a borrar la humillación de Alarcos; Pedro II de Aragón, uno de los monarcas más prestigiosos de la Cristiandad, y Sancho VII de Navarra, cuya extraordinaria estatura –la tradición le atribuye alrededor de 2,10 metros– y fortaleza física alimentarían durante siglos toda clase de leyendas.

Estatua de Sancho VII de Navarra en Tudela

Estatua de Sancho VII de Navarra en Tudela

El primer obstáculo era casi insalvable. Los almohades controlaban los pasos de Sierra Morena y esperaban cómodamente al ejército cristiano. Parecía imposible sorprenderlos. Fue entonces cuando la historia dio paso a uno de esos episodios en los que resulta difícil separar la realidad de la tradición.

Las crónicas cuentan que un pastor de la zona, conocido como Martín Alhaja, se presentó ante Alfonso VIII y le mostró un sendero oculto por el que era posible atravesar la sierra sin ser descubierto. Gracias a aquella ruta, los cristianos aparecieron donde el califa menos lo esperaba y obligaron al ejército almohade a aceptar una batalla campal. Aquel camino, conocido como el Puerto del Rey, fue probablemente la llave de la victoria.

La mañana del 16 de julio de 1212 amaneció abrasadora. Sobre la llanura de Las Navas de Tolosa se desplegaron dos de los mayores ejércitos que habían combatido jamás en la Península Ibérica. Las cifras transmitidas por las fuentes medievales son, probablemente, exageradas, pero no existe ninguna duda sobre la magnitud del enfrentamiento.

Miles de caballeros, lanceros, peones y ballesteros aguardaban la orden de avanzar. En pocas horas, aquel paraje de Sierra Morena se convertiría en uno de los escenarios más sangrientos y decisivos de la historia de Europa.

Cuando comenzó el combate, el estruendo del acero chocando contra el acero se mezcló con los relinchos de los caballos y los gritos de guerra. El polvo levantado por las cargas de caballería terminó cubriendo el campo de batalla hasta ocultar buena parte de los estandartes. Durante horas, ninguno de los dos bandos logró imponerse con claridad.

Los almohades resistían con firmeza, mientras las tropas cristianas trataban de romper una y otra vez sus líneas defensivas. Entonces llegó el instante que convertiría aquella jornada en leyenda. Todo el peso de la batalla parecía concentrarse ya alrededor de la tienda del califa.

En una posición elevada se encontraba la tienda del califa. Las crónicas cristianas afirman que estaba protegida por una guardia de élite formada por esclavos africanos unidos mediante gruesas cadenas para impedir cualquier retirada.

Algunos historiadores consideran que esa imagen posee un evidente componente simbólico, pero la tradición medieval la convirtió en uno de los episodios más célebres de la batalla.

Batalla de Las Navas de Tolosa, óleo de Van Halen expuesto en el palacio del Senado

Batalla de Las Navas de Tolosa, óleo de Van Halen expuesto en el palacio del Senado

Fue entonces cuando Sancho VII el Fuerte protagonizó la acción que acabaría inmortalizándolo. El rey navarro encabezó la carga contra el centro del dispositivo almohade, rompió el cerco que defendía al califa y alcanzó su campamento. Muhammad al-Nasir consiguió escapar, pero el corazón de su ejército había quedado al descubierto y la derrota era ya inevitable.

Aquellas cadenas adquirieron desde entonces un significado que iba mucho más allá del campo de batalla. La tradición sostiene que Sancho VII las incorporó como recuerdo de su hazaña al escudo del Reino de Navarra.

Con el paso de los siglos, terminarían convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de la identidad navarra y todavía hoy ocupan el centro de su bandera. Sea cual sea el grado de literalidad del episodio, pocas imágenes han sobrevivido con tanta fuerza en la memoria colectiva de España. No fue el único recuerdo material de aquella jornada.

El gran pendón almohade capturado tras la batalla se conserva todavía en el monasterio de Las Huelgas de Burgos como uno de los testimonios más impresionantes de aquella victoria.

La victoria de Las Navas de Tolosa no puso fin a la Reconquista. Aún tendrían que transcurrir casi tres siglos hasta que Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón culminaran la Reconquista con la conquista del reino nazarí de Granada en 1492. Sin embargo, sí cambió definitivamente el sentido de la guerra. El poder almohade inició un rápido declive del que nunca volvería a recuperarse. En las décadas siguientes caerían Córdoba, Valencia, Jaén y Sevilla. Por primera vez en mucho tiempo, la iniciativa pasó de forma irreversible a manos cristianas. El miedo empezó a cambiar de bando. Y las victorias, también.

Boabdil entrega las llaves de Granada a los Reyes Católicos. La rendición de Granada de Francisco Pradilla (1882)

Boabdil entrega las llaves de Granada a los Reyes Católicos. La rendición de Granada de Francisco Pradilla (1882)Wikimedia Commons

No es casualidad que muchos historiadores consideren Las Navas de Tolosa una de las grandes batallas de la Edad Media europea. No solo alteró el equilibrio político de la Península, sino que frenó la expansión del Imperio almohade y abrió el camino hacia la configuración de los grandes reinos cristianos que acabarían protagonizando la historia de España en los siglos posteriores, esos que hoy lucen orgullosos en el escudo de la bandera de España.

Quizá por eso resulte sorprendente que una fecha tan decisiva pase hoy casi desapercibida. Cada verano recordamos finales deportivas, goles inolvidables y gestas que despiertan un legítimo orgullo colectivo. Pero mucho antes de que existieran los estadios y las camisetas nacionales, hubo otro julio en el que también se decidió el futuro de España.

Aquel día no se levantó ninguna copa ni sonó ningún himno. Sobre una llanura polvorienta de Sierra Morena, tres reyes demostraron que, cuando fueron capaces de luchar unidos, pudieron cambiar el curso de la historia. Ocho siglos después, las cadenas que siguen presidiendo el escudo de Navarra recuerdan que hubo un tiempo en el que tres reyes decidieron luchar juntos frente a un enemigo muy superior. Aquel 16 de julio, no conquistaron un trofeo ni levantaron una copa. Ganaron algo mucho más difícil: el futuro de España.

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