Pedro II de Aragón, desconocido vencedor de las Navas, caballero gentil y fiel aliado de Castilla
Si hubo alguien cuya lealtad y amistad fue decisiva para la acosada Castilla en su lucha contra el terrible imperio almohade, ese no fue otro que Pedro II de Aragón
«La Batalla de Las Navas de Tolosa» inmortaliza la histórica confrontación de 1212. En el cuadro, el rey Pedro II de Aragón, montado en un caballo blanco, lidera a sus caballeros con determinación
De los tres reyes que protagonizaron la carga decisiva en la crucial batalla de las Navas de Tolosa, el que ha quedado más oscurecido en la historia ha sido el joven, leal y temerario rey de Aragón. Sin embargo, si hubo alguien cuya lealtad y amistad fue decisiva para la acosada Castilla en su lucha contra el terrible imperio almohade, ese no fue otro que Pedro II de Aragón. Él fue quien ayudó al ya entonces maduro rey castellano Alfonso VIII a superar los peores momentos de tribulación, iniciados con su derrota en Alarcos (1195) y que llegaron a su punto de máxima dificultad cuando el califa Al Nasir atacó la frontera en el año 1211, tomando el castillo calatravo de Salvatierra.
Aragón, con Pedro II, siempre estuvo a su lado, jamás le falló, como buen hijo de la reina doña Sancha, tía del rey castellano, y de Alfonso II, un gran rey que, como él, unía a la corona aragonesa el condado de Barcelona y las tierras occitanas al otro lado de los Pirineos. La defensa de sus súbditos cátaros de estas últimas le costaría a la postre la vida a Pedro ante los cruzados de Simón de Monfort. Precisamente a él, que llevó el apodo de 'el Católico'. Pero que puso por delante sus deberes para con sus vasallos a todo lo demás.
En el asalto al palenque del califa almohade Al Nasir, el impetuoso Pedro había sufrido ya una lanzada en un costado que pudo acabar con su vida. Su cota de malla logró detener el filo del acero musulmán aquel 16 de julio de 1212 en las Navas, pero no pudo parar la lanza del cruzado apenas un año después, el 13 de septiembre de 1213, en la batalla de Muret.
Pedro II de Aragón nació en Huesca en el año 1178, y amén de ser educado junto a su hermano Alfonso, heredero luego de la Provenza, en los valores que todo rey cristiano de la época debía tener, estuvo imbuido por el espíritu caballeresco y trascendente de las órdenes militares, en su caso especialmente la del Temple.
Armado caballero por su padre al cumplir los diez años en el monasterio de Sijena en 1188, le sucedió tan solo ocho después, a los 18, como rey de Aragón, conde de Barcelona y con extensas propiedades en la Occitania francesa, a las que añadió luego algunas más tras su matrimonio con María de Montpellier. Su hermano Alfonso recibió la Provenza y sus hermanas fueron casando muy bien: Constanza, primero con Aymerich de Hungría y, al quedar viuda, con Federico II de Sicilia, luego emperador del Sacro Imperio; Leonor, con el conde Ramón VI de Tolosa; y Sancha, con Ramón VII, hijo de aquel.
Pedro II de Aragón
Dos hermanos entraron en religión: Dolca, en el monasterio de Sijena, del que el rey fue pródigo protector, y Fernando, como abad en Montearagón. Don Pedro, cosa muy inusual tratándose de lindes y de reyes, tuvo con todos ellos el mejor y más fraternal trato.
Según el testamento de su padre, el joven rey quedaba bajo la custodia, hasta cumplir los 20, de su madre doña Sancha de Castilla, con quien tuvo siempre una especial relación que fue benéfica y balsámica, sobre todo en las relaciones con el entonces atribulado rey castellano Alfonso VIII. Este, sobrino suyo, estaba siendo acosado tras Alarcos no solo por los almohades, sino por el rey de León —también tío suyo— Fernando, y por el de Navarra, que establecieron alianzas y hasta recibieron apoyo de las tropas africanas.
Pedro II, ya en aquel mismo año en que ocupó el trono, tras solventar algunas disputas menores y fijar de común acuerdo sus fronteras, estableció un pacto con el castellano al que ambos serían siempre fieles y que incluso les trascendería y continuarían sus herederos. Sus hijos, entre ambos, consiguieron mantener a raya a los triunfantes almohades y frenar en seco las ambiciones y ataques de, sobre todo, el rey leonés.
La corona de Aragón, desde la época de Sancho Ramírez, tenía una particular relación con el papado, pues este monarca había enfeudado su reino al Vaticano y lo había puesto bajo la protección de San Pedro (1068). Siglo y medio después, Pedro II viajó a Roma con un espectacular séquito para ser coronado por el gran Inocencio III el día 11 de noviembre de 1204, en una ceremonia con pleno de cardenales y obispos celebrada en el Trastévere, donde el pontífice le impuso las insignias reales y él juró vasallaje y fidelidad a la Santa Sede. A la postre, y por defender a sus vasallos, habría de enfrentarse a él.
Era el rey Pedro un joven rey y un gentil caballero, de damas muy bien servido, por cierto, pues desde muy joven tuvo mucho gusto por ellas, y ellas lo tuvieron por él, al igual que lo tenía por la música y las veladas nocturnas, acompañadas por juglares, canciones y vino.
Pero no se quería casar y se resistió a ello hasta el mismo año en que se produjo la ceremonia romana, y solo fruto de la presión que le urgía a hacerlo y procrear un heredero, lo hizo con María de Montpellier, que venía ya de otros dos, y a la que desde un principio hizo tan poco caso que dice la leyenda que, para concebir, tuvo que hacerse pasar por una de las muchas damas que acababan compartiendo su lecho y al que Montpellier no era nunca invitada.
Pedro II quiso incluso repudiarla y anular su enlace para casarse con María de Monferrato, que le gustaba mucho más y era la heredera del ya solo existente en el sueño cruzado reino de Jerusalén.
Los asuntos peninsulares los lidió Pedro II con el mayor de los tinos y obtuvo en ello su mayor triunfo. Cuando Al Nasir, que amenazaba con abrevar sus caballos en las fuentes de Roma, se lanzó al ataque en 1211, fue él, ayudado por el hijo de Alfonso VIII, el prematuramente fallecido ese mismo año, infante Fernando, quien convenció al castellano de no ir a la batalla campal ante fuerzas tan superiores, quedarse agazapados en las sierras abulenses mientras el Miramamolín asediaba Salvatierra, y aguardar al año siguiente para poder recabar todos los apoyos posibles y entonces ser ellos los que se lanzaran, con cruzada de por medio proclamada por Inocencio III, al ataque.
Una apuesta que, a pesar de haber estado a punto de convertirse en desastre —desafección de los cruzados francos, bloqueo del desfiladero de la Losa y momento en la batalla en que la derrota pudo ser el resultado—, acabó por ser tan exitosa y definitiva que inclinaría ya para siempre la balanza del lado cristiano y, a la postre, supondría el fin de Al-Ándalus tal y como hasta entonces había sido y supuesto de amenaza letal.
Las Navas supondrían, además del triunfo y un prestigio que resonó en toda Europa, un inmenso botín que le sirvió al aragonés para llenar sus arcas, que estaban no solo vacías, sino llenas de agujeros y deudas. Alfonso VIII fue muy generoso con él e incluso le dio como regalo, compartido con el rey Sancho el Fuerte de Navarra, las tiendas y grandes bienes —joyas, enseres y sedas— que había en el palenque del califa derrotado.
El rey Sancho VII de Navarra 'El fuerte' cargando contra la guardia de Muhammad An-Nasir en la 'Batalla de las Navas de Tolosa' (1212)
Pero no serían ninguno de los dos leales amigos, don Alfonso de Castilla y don Pedro de Aragón, quienes explotarían su triunfo y culminarían su empeño contra el islam. Si el primero murió tan solo dos años después, antes aún lo haría su joven aliado, pues sería al año siguiente cuando la muerte le estaría esperando en Muret. Habrían de ser el nieto del primero, Fernando III el Santo, y el hijo del segundo, Jaime I el Conquistador, emparentados de nuevo y también firmes aliados a su vez, quienes remataran su obra.
El rey Pedro II se vio a la postre obligado a intervenir en defensa de sus vasallos al otro lado del Pirineo, pues, aprovechando la excusa de los cátaros, la monarquía capeta emprendió una campaña que bendijo como cruzada el Papa Inocencio III —aunque hubiera sido el que le coronó a él— para así acabar con la herejía albigense, y que lo que buscaba era anexionarse toda la región del Midi francés.
La suerte le fue adversa al rey gentil: combatió con bravura, arrojo y temeridad, fue en la vanguardia con sus tropas y acabó siendo aislado y en medio de un potente grupo de caballeros franceses. Aunque también dicen las malas lenguas que aquella noche, según acostumbraba, tampoco la había empleado en descansar y dormir, sino en más placenteros menesteres, y quizás por todo ello sucumbió a las lanzas de Simón de Monfort y, al caer, cayó derrotado Aragón.
La carga de los tres reyes obra de Augusto Ferrer-Dalmau
Su cadáver fue recogido por los caballeros del Hospital de San Juan y llevado a su casa convento en la cercana Toulouse. De allí, cuatro años después, conseguiría su hijo Jaime autorización del nuevo papa, Honorio II, para trasladarlo al monasterio sanjuanista de Sijena, que tanto había favorecido y en el que reposaban ya su madre doña Sancha —que había sido su fundadora— y su hermana Dolca, que había profesado en él.
La derrota supuso además un durísimo golpe para el reino, pues, amén de la derrota, el heredero —apenas un niño, Jaime, nacido en Montpellier— quedó en manos de Simón de Monfort. Fruto de unas negociaciones anteriores e incluso un acuerdo luego roto, de un matrimonio cuando llegara el momento de este con la hija del francés, se encontraba en su ciudad y feudo de Carcasona.
El Papa Inocencio III, en cierta medida conmocionado por la muerte de quien, aun habiéndose enfrentado a él, le tenía en gran estima, intervino con decisión a requerimiento de la nobleza aragonesa y catalana, que exigía al Monfort la restitución del heredero. El Papa, mediante una bula, exigió la inmediata devolución del joven Jaime, algo que consiguió, siendo entregado en Narbona en abril de 1214 a una delegación de nobles aragoneses encabezados por el maestre del Temple en Aragón, Guillem de Montredón, que se hizo cargo de su tutela y de su educación, pues era tan solo un niño, en el castillo templario de Monzón.
Pero antes, en Lérida, se produjo el solemne acto en el cual las cortes conjuntas del reino de Aragón y del condado de Barcelona lo juraron como rey, el que sería Jaime I el Conquistador y se convertiría en uno de los más poderosos y recordados monarcas, no solo de su reino, sino de toda la historia de España, y que, según consta en sus escritos, mantuvo por su padre una fuerte devoción y orgullo, recordando que era hijo del vencedor de las Navas de Tolosa.