Antonio López, el pintor que no detiene el tiempo: lo hace visible
Hay fotografías que retratan a una persona. Otras terminan retratando una forma de entender el tiempo
Antonio López y la fotografía
Una vez más, volví a la casa y estudio de Antonio López en mi condición de fotógrafo. Al principio eran citas en silencio; él es tímido y yo también, vete tú a saber los motivos de cada uno. Yo hacía las fotos mientras él trabajaba. Si le pedías una mirada a cámara, te la daba, pero no con todo el gusto del mundo; el tiempo, creo, le ha dulcificado en ese aspecto.
No es cuestión de mal carácter ni antipatía, es una personalidad definida y protegida por la abstracción obligada por el arte de pintar, componer o interpretar.
Aun así, quizá por mi inocencia y ausencia de filtros de juventud, me atreví a entablar alguna conversación banal con el pintor, tan tímido que abrumaba, pero con una mirada que, cuando la recibías, abrigaba. Esta la tomé en los primeros años de los noventa en el estudio del pintor.
No tienes la impresión de haber entrado en un estudio de pintura, sino en el laboratorio de alguien que intenta detener el tiempo
El taller parece un territorio en permanente construcción. Caballetes, lienzos, esculturas inacabadas, herramientas, fotografías de referencia y, en primer plano, uno de sus célebres niños de escayola, ese estilo que utilizó para representar a la infancia, a sus hijas o a sus nietas. El pintor permanece al fondo, inmóvil, observando con la misma intensidad con la que otros contemplan un paisaje.
La sensación es extraña: no tienes la impresión de haber entrado en un estudio de pintura, sino en el laboratorio de alguien que intenta detener el tiempo.
Porque Antonio López nunca ha pintado deprisa, quizá porque comprendió muy pronto que la realidad tampoco sucede deprisa. En una época en la que sobrevivimos agobiados por la velocidad de las imágenes, su obra representa exactamente lo contrario: la lentitud como método de conocimiento.
La fotografía posee una paradoja difícil de superar: congela una fracción de segundo. La pintura hiperrealista, en cambio, puede necesitar meses, a veces años, como en el caso de López, para reconstruir ese mismo instante. Fotógrafo y pintor buscan la realidad y sus emociones, pero llegan a ella por caminos opuestos.
Esa tensión aparece resumida en esta fotografía. Detrás del pintor descansan algunos de los cuadros que todavía están creciendo. Delante aparecen las esculturas infantiles que forman parte de su universo creativo desde hace décadas. Entre unas y otras se encuentra el artista, casi como un director de orquesta que coordina con quietud el diálogo entre la pintura, la escultura y la fotografía.
Fotógrafo y pintor buscan la realidad y sus emociones, pero llegan a ella por caminos opuestos
Porque sí, la fotografía siempre estuvo presente en el hiperrealismo. Cuando este movimiento comenzó a consolidarse en Estados Unidos a finales de los años sesenta, nombres como Richard Estes, Chuck Close, Ralph Goings o Robert Bechtle utilizaron fotografías como punto de partida para construir cuadros de una precisión casi obsesiva. No pretendían copiar una fotografía.
Pretendían demostrar que la pintura seguía siendo capaz de competir con ella. Era una respuesta artística a una pregunta que llevaba más de un siglo formulándose, porque la fotografía es un arte reciente. Bueno, un arte todavía con bajo reconocimiento; hay quien todavía considera al fotógrafo más un artesano que un artista.
La eterna cuestión sobre si tiene sentido pintar la realidad cuando existe la fotografía no es nueva. En el siglo XIX, tras la aparición del daguerrotipo, muchos anunciaron el final de la pintura figurativa, pero ocurrió exactamente lo contrario: los impresionistas comprendieron que la fotografía podía reproducir la apariencia del mundo, pero no necesariamente la experiencia de contemplarlo.
Monet dejó de competir con la precisión y comenzó a pintar la luz. Cézanne buscó la estructura. Picasso terminó desmontando la realidad para reconstruirla desde el cubismo.
La pintura de Antonio López no reproduce la realidad, la ralentiza, y es ahí donde reside su grandeza
El hiperrealismo recorrió el camino inverso. Regresó a la realidad no para imitar la fotografía, sino para preguntarse qué podía aportar la pintura allí donde la cámara parecía haber ganado la partida.
Antonio López encontró una respuesta profundamente española. Nunca buscó el espectáculo técnico. Nunca pintó para engañar al espectador haciéndole creer que contemplaba una fotografía; pintó para obligarnos a mirar aquello que normalmente dejamos de ver: la luz sobre la Gran Vía de Madrid al amanecer, el silencio de un membrillero, la piel de una nevera (también le fotografié en una ocasión sentado al lado de su nevera, vieja y blanca, abierta), una terraza vacía, una habitación, una cabeza infantil… Su pintura no reproduce la realidad, la ralentiza, y es ahí donde reside su grandeza.
En España, esa manera de entender el realismo encontró otros nombres imprescindibles, como el gran Cristóbal Toral, que convirtió las maletas, los equipajes y los objetos cotidianos en metáforas del viaje, del exilio y de la condición humana. Sus cuadros, como los de Antonio López, poseen una precisión extraordinaria, pero nunca se agotan en el virtuosismo técnico. La exactitud siempre está al servicio de una idea. Porque el hiperrealismo nunca consistió únicamente en pintar bien, su éxito consiste en mirar mejor.
Antonio López y la fotografía
Desde el punto de vista fotográfico, la imagen del estudio funciona por esa acumulación de miradas. El encuadre está construido en distintos planos de profundidad. En primer término aparecen las fotografías de referencia y las esculturas. En un segundo nivel se sitúan los caballetes y los lienzos. Al fondo emerge Antonio López, casi escondido entre sus propias obras. El espectador necesita recorrer visualmente toda la escena antes de descubrir al verdadero protagonista.
Ese recorrido no es casual; reproduce el proceso creativo del pintor: primero observa, después compara, más tarde corrige. Y solo entonces pinta.
El instante decisivo de esta fotografía no consiste en captar a Antonio López trabajando con el pincel en la mano. Habría sido una imagen previsible. El verdadero instante llega cuando el artista se detiene a mirar. Porque la pintura de Antonio López nace precisamente ahí: en una observación tan prolongada que termina convirtiéndose en conocimiento.
Vivimos rodeados de millones de imágenes. Cada día hacemos más fotografías de las que toda una generación realizó durante décadas. Los teléfonos móviles han convertido la fotografía en el lenguaje cotidiano y simplón de nuestro tiempo. Es curioso, pero cuanto más fotografiamos, menos tiempo dedicamos a mirar.
Muchos se preguntan si el hiperrealismo tiene todavía sentido y la respuesta es que ahora más que nunca, porque nunca quiso sustituir a la fotografía, sino recordarle algo: que registrar una imagen y comprenderla son dos cosas distintas.
El fotógrafo captura un instante y el pintor pasa meses interrogándolo. Cada cuadro de Antonio López constituye una conversación con el tiempo. Cada fotografía suele ser una conversación con el presente. No son lenguajes enemigos, son formas distintas de enfrentarse a la misma pregunta: ¿qué vemos realmente cuando creemos que estamos mirando?
Al abandonar aquel estudio tuve la sensación de que Antonio López no pintaba objetos. Pintaba horas y quizá esa sea la razón por la que sus cuadros parecen fotografías y, al mismo tiempo, consiguen algo que ninguna fotografía puede ofrecer por sí sola: no detener el tiempo, sino hacerlo visible.
Es curioso que el pintor y el fotógrafo necesitemos luz, aunque sea en la penumbra, para trabajar, y yo, para escribir, necesito penumbra aunque haya luz. Caprichos psicológicos.