Fernando Quintela
El instante decisivoFernando Quintela

El joven y el balón

Nunca imaginé que la captura de un instante pudiese anticipar una época

Fotografía tomada en julio de 2007 en la región de Tonko Limba, al norte de Sierra Leona

Fotografía tomada en julio de 2007 en la región de Tonko Limba, al norte de Sierra LeonaFernando Quintela

Esta fue tomada en julio de 2007, tan cerca y tan lejos, en la región de Tonko Limba, al norte de Sierra Leona. Kamasama, Makeni, Madina, Kunda-Ya… Nombres que suenan a tambores, a tierras lejanas, a Tarzán para los más ignorantes; pero allí viven millones de contemporáneos, dedicados a salvar su día y con unas preocupaciones muy diferentes a las nuestras.

No tienen tiempo para acusar el pasado y tampoco para imaginar un futuro; la ilusión empieza al salir el sol y descansa en su ocaso. Y así.

En primer plano, un chaval corre detrás de un balón sobre un campo de tierra. Su cuerpo aparece inclinado hacia delante, casi despegado del suelo, como si toda su energía estuviera concentrada en alcanzar la pelota un segundo antes que nadie.

Mientras persigue una pelota, también está ayudando a cambiar la historia del fútbol africano

Al fondo, desenfocadas, otras jugadas se desarrollan al mismo tiempo bajo un cielo inmenso, húmedo y duro. Lo sabe el que lo ha sufrido. No es el cálido sol de Marbella ni el aventado de Tarifa; tampoco el deseado de Galicia, del que se reniega en cuanto sale un par de días; tierra fresca. En Sierra Leona el cielo duele cuando no ruge.

La fotografía transmite velocidad, pero también transmite hambre. No hambre de comida, aunque existiera. Hambre de un futuro que no se atreven ni a imaginar, «no vaya a ser el demonio», como se dice en las aldeas del norte. Mejor no nombrarlo, que llegue cuando sea.

Aquel viaje tenía un propósito muy concreto. Acompañé a Iker Casillas, entonces portero del Real Madrid, tres años antes de levantar la Copa del Mundo en Sudáfrica, para colocar la primera piedra de la que sería la primera escuela de fútbol de la Fundación Real Madrid en Sierra Leona.

El país apenas empezaba a levantarse de una de las guerras civiles más crueles de África. Entre 1991 y 2002, el Frente Revolucionario Unido (el temido RUF, los rebeldes) convirtió las amputaciones de brazos y piernas en un método sistemático de terror. Se hicieron famosos los «niños soldado», las aldeas arrasadas y generaciones enteras marcadas por una violencia difícil de imaginar desde Europa.

Allí mataron a mi gran amigo Miguel Gil, allí murió de Ébola mi amigo el padre Manuel, allí obró un milagro mi amigo el misionero Chema Caballero. Allí, también, mis padres llevaron a buen término una misión médica y humanitaria en el año 2003 bajo la supervisión de la hermandad de los Misioneros Javerianos.

Y volvemos a la foto. Cuando Casillas organizó unas jornadas de entrenamiento en Madina, ocurrió algo extraordinario. Al lugar acudieron equipos de prácticamente toda la región. La mayoría compartían un nombre, y no se llamaban Manchester United, Chelsea, Rangers o Sporting. Se llamaban Real Madrid: Real Madrid de Makeni, Real Madrid de Kabala, Real Madrid de Tonko. Real Madrid de cualquier lugar donde hubiera once muchachos dispuestos a jugar.

No es la historia de un niño. Es la historia de un continente que vuelve a aprender a competir

Casillas enseñó ejercicios, rutinas de entrenamiento y fundamentos técnicos. Después organizó un pequeño torneo que ganó, naturalmente, el Real Madrid, pero no el de Chamartín. Uno de aquellos Real Madrid africanos que jugaban muchas veces descalzos o con botas heredadas y remendadas cien veces, y para quienes vestir una camiseta blanca significaba algo mucho más profundo que identificarse con un club europeo: significaba creer que el fútbol podía abrir una puerta. Aquellos días soñaron un rato.

En nuestro 2026 del futuro, aquella fotografía adquiere un significado muy distinto al original. En 2007, el fútbol del África subsahariana seguía ocupando un lugar casi periférico en el gran escaparate internacional. Existían grandes futbolistas africanos en las ligas europeas, pero las selecciones nacionales apenas aparecían en los grandes torneos.

Parecían condenadas a protagonizar alguna sorpresa, incluso fuera del ámbito futbolero, antes de regresar a casa. En estos países, poder ver el juego europeo, o el brasileño, argentino o mexicano, era como disfrutar de una paga extra cuando ni siquiera tienen sueldo.

El Mundial de 2026 ha cambiado ese relato.

Nunca el continente había llegado con tanta representación ni con tanta profundidad competitiva. Nueve de las diez selecciones africanas presentes en el torneo superaron la fase de grupos, alucinante, y varias continúan vivas cuando el campeonato entra en su fase decisiva. Marruecos, semifinalista en Catar 2022, ha confirmado que ya no pertenece al grupo de las revelaciones, sino al de las selecciones capaces de competir de igual a igual con cualquier potencia.

No es un accidente y tampoco estamos ante una generación irrepetible. Es el resultado de dos décadas de academias, formación, estabilidad deportiva y una diáspora que ha conectado el talento africano con los mejores sistemas de entrenamiento del mundo. Es como si de repente el fútbol africano ya no viviese de héroes aislados. Ahora vive de un poquito de estructura y un relativo orden.

Los grandes cambios históricos rara vez comienzan en los parlamentos o en los estadios donde se levantan los trofeos

Y entonces uno vuelve a mirar la fotografía y piensa que quizá aquel «atleta por obligación» nunca llegó a ser profesional, o quizá sí (aprovecho para dejar aquí mi impronta gallega). En realidad importa poco, porque en la imagen el centro es él en ese instante decisivo, el empuje de la rabia en su mejor definición. Casillas lo veía, era su momento.

La histórica fotógrafa neoyorquina Diane Arbus escribió una frase que sigue siendo una de las mejores definiciones del oficio: «Para mí, el sujeto de la fotografía siempre es más importante que la fotografía». Y tenía razón.

El verdadero protagonista de esta imagen no es la composición, ni la luz, ni el balón. Es esa persona que forma parte de una generación que nació cuando Sierra Leona sufría, ante la pasividad internacional, una guerra civil. Unos jóvenes con una fuerza de voluntad mil veces mayor que las oportunidades que les ofrecía la vida.

Por eso la fotografía trasciende el deporte, porque habla de desigualdad marcada por el lugar donde nace cada uno. Habla del inmenso esfuerzo que exige recorrer cien metros cuando otros empiezan la carrera cincuenta metros por delante.

Desde el punto de vista visual, la composición funciona precisamente porque concentra toda esa tensión en un único gesto. El jugador ocupa uno de los puntos fuertes del encuadre y corre hacia un balón situado unos metros por delante. Entre ambos existe una distancia mínima que mantiene viva la expectativa del ojeador.

Sabemos que el siguiente paso decidirá la jugada. El horizonte bajo concede protagonismo al cielo africano, mientras las figuras desenfocadas del fondo amplían el relato: no se juega un solo partido, sino decenas de ellos. No es la historia de un niño. Es la historia de un continente que vuelve a aprender a competir.

En la imagen el centro es él en ese instante decisivo, el empuje de la rabia en su mejor definición

Aquí encuentra la fotografía su instante decisivo. No cuando el balón entra en la portería, sino un segundo antes, cuando todo sigue siendo posible.

Quizá por eso resulta tan actual. En 2007, mientras recorríamos Sierra Leona con Iker Casillas, costaba imaginar un escenario semejante. Aquel país todavía necesitaba reconstruir escuelas antes que estadios. Curar heridas antes que celebrar victorias. Y, sin embargo, aquellos hombres que no habían tenido infancia ya corrían detrás del balón con la misma determinación que hoy muestran las selecciones africanas frente a las grandes potencias del fútbol mundial.

Al final, quizá esa sea la enseñanza más profunda de la fotografía. Los grandes cambios históricos rara vez comienzan en los parlamentos o en los estadios donde se levantan los trofeos.

Empiezan en un campo de tierra, en el barro, al que uno baja para hacerse fuerte, donde las manchas no importan. Empiezan con un jugador profesional que dedica un poco de su tiempo a enseñar. Empiezan con un niño que corre detrás de un balón creyendo que su futuro puede estar al otro lado del siguiente regate.

Y durante mucho tiempo nadie comprende que, mientras persigue una pelota, también está ayudando a cambiar la historia del fútbol africano.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas