Sebastián y la democracia
Hay fotografías que capturan un instante. Otras capturan una historia. Y unas pocas consiguen capturar una idea. Esta pertenece a la tercera categoría
Sebastián
Puerto Príncipe (Haití), 20 de enero de 2010. El terremoto había destruido ya más de 300.000 vidas. Entre los miles de imágenes que se revelaban esos días había pocas que destilasen esperanza. Siempre he considerado que la fotografía documental es un estado de ánimo, el del fotógrafo y, sobre todo, el de la idea que pretende transmitir.
Un fotógrafo no se inventa la realidad, la cuenta. Es un testigo casi notarial de lo que acontece, pero con un matiz: el notario es estricto por ley y el fotógrafo da su opinión abierta a mil interpretaciones. Pero los dos dan fe.
En el centro de esta fotografía aparece un bebé dormido dentro de una caja de cartón. En uno de sus laterales puede leerse una palabra inesperada: DRUGS, medicamentos. La caja destinada a transportar suministros sanitarios se ha convertido en una cuna/incubadora improvisada. A su alrededor hay material de emergencia y el logotipo del equipo del Samur de la ciudad de Madrid. Nada en la escena está preparado. Todo responde a la urgencia y quizá por eso resulta tan poderosa.
Sebastián
El niño tenía apenas una semana de vida cuando fue encontrado. Estaba junto al cadáver de su madre, a quien estaba agarrado. El edificio en el que vivían se había derrumbado, la ciudad se había derrumbado, una parte del país se había derrumbado. Sin embargo, aquel recién nacido seguía vivo.
Fue un equipo del Samur de Madrid quien coordinó su rescate. Este se produjo el día de San Sebastián, el 20 de enero, y, después de siete días bajo las piedras, el polvo y la oscuridad, el desconocido volvió a ver la luz. Recibió por nuevo nombre Sebastián.
Esto, que parece una batallita, una historieta de un anecdotario, parece estar creado por un guionista con exceso de optimismo. Pero ocurrió, y explica por qué la fotografía conmueve incluso antes de conocer los detalles. Porque encierra una paradoja elemental: en medio de una devastación inmensa, la vida se niega a desaparecer.
Albert Camus escribió que, en pleno invierno, descubrió finalmente que dentro de él habitaba un verano invencible. Algo parecido sucede aquí. Entre los restos de una tragedia colectiva nace una afirmación silenciosa de la vida.
La fuerza de la imagen reside precisamente en esa tensión: el bebé duerme ajeno al desastre. No vemos cadáveres, ni ruinas, ni escenas de dolor. La imagen evita el dramatismo explícito y, sin embargo, la tragedia está presente en cada rincón del encuadre. Sabemos que esa caja no debería ser una incubadora. Sabemos que ese niño no debería estar allí. Sabemos que, por alguna razón extraordinaria, ha sobrevivido.
La imagen evita el dramatismo explícito y, sin embargo, la tragedia está presente en cada rincón del encuadre
Desde un punto de vista fotográfico, la imagen responde de manera inequívoca al concepto de el instante decisivo. No se trata de registrar un acontecimiento, sino de reconocer el momento justo en que la realidad revela un significado más profundo. El relato de esta fotografía no está en el dato del rescate. Está en el instante posterior, en el decisivo. En el momento en que una caja de medicamentos deja de contener fármacos para proteger una vida humana. En el momento en que la emergencia se transforma en esperanza.
Todo en la composición contribuye a reforzar esa lectura. La caja ocupa el centro de la imagen. Las mantas blancas envuelven al niño como una protección simbólica. El contraste entre la fragilidad del recién nacido y la crudeza del cartón genera una emoción inmediata. El espectador comprende, casi sin necesidad de explicaciones, que está contemplando algo más que un documento periodístico. Está contemplando una metáfora sin ser consciente de ello. Porque la fotografía puede plantear una pregunta que trasciende Haití: ¿qué decide salvar una sociedad cuando todo parece perdido?
Y es aquí donde la imagen adquiere una resonancia inesperada para España. Es cierto que lo que voy a escribir tiene un enorme componente imaginativo y metafórico, pero, por eso, la fotografía como concepto tiene ese componente de libertad interpretativa.
Es obvio que la comparación tiene límites porque España no vive una catástrofe natural. Sus instituciones funcionan, aunque sean deficientes, se celebran elecciones –no siempre cuando se debe– y el Estado de derecho continúa operando, interpretándolo cada uno como le viene en gana. Pero es una España desgastada: la confianza en las instituciones disminuye, los consensos básicos que hicieron posible la Transición parecen cada vez más frágiles y el adversario político deja de ser alguien con quien discrepar para convertirse en alguien a quien deslegitimar.
Las democracias rara vez mueren de manera repentina. Lo habitual es que se deterioren lentamente, mediante una sucesión de pequeños daños que, considerados uno a uno, parecen soportables.
El reconocido pensador y político francés del siglo XIX Alexis de Tocqueville ya advirtió que las sociedades libres no se mantienen únicamente gracias a las leyes, sino gracias a las costumbres cívicas que las sostienen. Cuando esas costumbres se erosionan, las instituciones conservan su apariencia exterior durante algún tiempo, pero pierden su fortaleza interior. La paradoja de Tocqueville.
La libertad es frágil, la convivencia es frágil, la confianza pública es frágil… y precisamente por eso merecen ser protegidas
La fotografía de Sebastián habla precisamente de esa responsabilidad. El niño sobrevivió porque alguien siguió buscando cuando resultaba más fácil rendirse. Porque alguien decidió que todavía merecía la pena remover una piedra más, revisar un espacio, intentar un rescate más. Toda civilización depende de decisiones parecidas y, trasladado a la vida política, sabemos que la democracia española no nació de una victoria absoluta ni de una derrota definitiva. Surgió de un acuerdo imperfecto entre personas que comprendieron que el futuro exigía algo más difícil que imponerse al adversario: convivir con él.
Por eso la imagen del pequeño Sebastián posee una fuerza que va más allá de su contexto. No observamos únicamente a un niño rescatado; observamos una lección sobre la fragilidad de las cosas valiosas. La libertad es frágil, la convivencia es frágil, la confianza pública es frágil… y precisamente por eso merecen ser protegidas.
Cuando el terremoto parecía haber reducido todo a ruinas, alguien encendió una luz. La fotografía conserva ese instante para recordarnos algo que la historia demuestra una y otra vez: lo importante no es evitar todas las catástrofes, porque eso resulta imposible.
Lo importante es que, cuando lleguen, todavía quede gente dispuesta a rescatar lo esencial antes de que desaparezca bajo los escombros. A España está llegando la catástrofe; ¿dónde está el Samur que hace falta?