La iluminación judicial de Felipe González
De toda mi carrera profesional, y creo que de todas las imágenes publicadas en la prensa de España, esta es la de peor calidad técnica, pero una de las más reveladoras. Una imagen que consiguió fortalecer el libre trabajo de los fotógrafos frente al poder
Felipe González negando ante la Sala Segunda del Tribunal Supremo el 23 de junio de 1998
Felipe González negando ante la Sala Segunda del Tribunal Supremo el 23 de junio de 1998. Fotografía prohibida, fotografía conseguida. De toda mi carrera profesional, y creo que de todas las imágenes publicadas en la prensa de España, esta es la de peor calidad técnica, pero una de las más reveladoras. Una imagen que consiguió fortalecer el libre trabajo de los fotógrafos frente al poder.
Hoy, 17 de junio de 2026, mientras José Luis Rodríguez Zapatero comparece como imputado ante la Audiencia Nacional en el caso Plus Ultra y otros, vuelvo a aquella fotografía que se convirtió en un documento histórico. Dos expresidentes socialistas, dos momentos en los que el poder se enfrenta a la justicia que ayudó a construir. Dos imágenes, un mismo eco: la rendición de cuentas que, aunque tarde, llega.
Felipe González negando ante la Sala Segunda del Tribunal Supremo el 23 de junio de 1998
Aquella mañana decidí enfrentarme a un reto complicado: acceder con una cámara al interior de la Sala II del Tribunal Supremo, donde González declaraba como testigo ante el juez José Jiménez Villarejo en el caso GAL, por el horrible secuestro del empresario Segundo Marey.
Se había prohibido cualquier registro fotográfico, pero pensé en el ejercicio de la libertad de prensa, de información y de expresión, y actué de esta manera también para romper el secretismo judicial que imperaba en muchas causas.
Me preparé durante días a ciegas, probando cámaras y películas, buscando la discreción y la efectividad. La tarde anterior busqué la bendición de Pedro J. Ramírez, que, como siempre, mostró entusiasmo. Llegué a las cinco de la mañana al Supremo para situarme el primero en la fila de entrada al público, porque era muy limitada, y así poder asegurar tres sitios en primera fila, el mío y los de mis compinches.
Utilicé una cámara Minox GT —a la que quité todos los elementos metálicos para pasar los detectores—, me tomé 60 mg de Sumial para controlar los nervios y conté con la complicidad de Raúl del Pozo y Melchor Miralles como distracción.
Alguien se dio cuenta de lo que estaba tramando: Jorge Manrique, abogado defensor de los policías José Amedo y Míchel Domínguez, vio la cámara, pero no me delató. Tampoco lo hizo el coronel Juan Alberto Perote, del CESID: «No creas que no sé lo que estás haciendo», me dijo con un gesto de complicidad. Pero no todo salió perfecto a la primera.
Con los nervios, revelamos la película a una temperatura demasiado alta y el negativo quedó casi transparente. Bajé abatido a contárselo a Pedrojota, que esperaba con nervios el resultado. Ricardo Marquerie, en el laboratorio junto a Alberto Cuéllar y Agustín Caballero, consiguió salvar la imagen utilizando un potente escáner en una era todavía analógica.
Felipe González durante una intervención televisiva en la que desmintió cualquier implicación en el escándalo GAL (año 1995)
Cuando Pedrojota vio la foto sobre su mesa, golpeó con el dedo índice y sentenció: «Esta foto será tu estigma». Al día siguiente se publicó a cinco columnas en portada con una sentencia: «Un documento para la historia de España».
González intentó restar importancia a la publicación, pero aquella foto lo metió para siempre en la «cárcel de papel» de la memoria de un país.
La imagen congela «el instante decisivo» del que históricamente hablaba el mítico fotógrafo Henri Cartier-Bresson: González, manos en los bolsillos, mirada baja pero firme, bajo la luz filtrada de la gran lámpara de araña, que parecía un veredicto divino.
La sala exhala solemnidad con sus columnas de mármol, con relieves dorados y un escudo heráldico. González emerge del claroscuro, iluminado como en un escenario teatral. La barandilla curva de madera oscura enmarca la escena como un confesionario barroco. Sombras profundas, grano de la Kodak que añade textura a la tensión. No hay sonrisa, solo quietud.
Compositivamente, busqué el equilibrio de Cartier-Bresson: líneas verticales de rigor institucional rotas por la curva dinámica de la barandilla. El instante ocurre cuando se consigue congelar el paso, sumido en una neblina mental quizá generada entre tanta pregunta y respuesta. Iluminación casi caravaggiesca: luz como verdad judicial, sombras como las zonas grises del poder. El encuadre bajo eleva la figura, pero la barandilla la contiene. Nadie está por encima de la ley.
Hoy, esa foto resuena con fuerza. Zapatero no comparece como testigo, sino como imputado por presuntos delitos de organización criminal, tráfico de influencias, falsedad documental y otros relacionados con el rescate de 53 millones de euros a Plus Ultra durante la pandemia, además de cuestiones conexas. Es la primera vez en democracia que un expresidente declara en estas condiciones ante la Audiencia Nacional.
Aquella imagen desnudaba la vulnerabilidad del poder. González, el líder que modernizó España, aparecía solo ante la institución. Zapatero, hoy, con traje y bajo otro foco mediático, enfrenta un escrutinio similar. Las manos en los bolsillos de Felipe traicionaban desafío y fatiga; el gesto de Zapatero al llegar será capturado por otras lentes. La rueda de la fortuna política gira: ayer testigo, hoy imputado.
Esta fotografía no envejece porque captura algo eterno: la tensión entre la autoridad y su obligación, y el compromiso de asumir la responsabilidad de sus actos, decisiones y resultados. El fotoperiodismo cumple su función más noble: congelar el momento en que el poder se hace humano, frágil y, por ello, verdaderamente responsable. En las sombras de aquella sala habitaban las víctimas de los GAL; hoy, los ciudadanos exigen transparencia sobre el uso de fondos públicos.
La democracia española ha madurado: ya no hay intocables. La historia no perdona fácilmente, pero exige memoria. Aquella foto de 1998 y la comparecencia de Zapatero hoy nos recuerdan que la justicia, aunque lenta, llega. Y que el periodismo libre, comprometido y de denuncia sigue siendo esencial.