A la izquierda, protestas en París en Mayo del 68. A la derecha, Jason Arday
La larga sombra de Mayo del 68: de las barricadas a la cultura woke
Quienes en 1968 se rebelaban contra las instituciones terminaron transformándolas desde dentro
Cuando los historiadores del siglo que viene analicen las postrimerías del XX y las primeras décadas del XXI tendrán, sin duda, enormes acontecimientos que estudiar, muchos de ellos radicalmente diferentes a los que marcaron las centurias precedentes.
Las preguntas que los historiadores hacemos al pasado nacen inevitablemente del presente desde el que lo observamos. Y pocas cosas explican mejor el mundo en el que vivimos que aquella profunda transformación política, social y cultural que experimentó Occidente durante la segunda mitad del siglo XX.
Pablo Pérez López, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Navarra, plantea en su libro De mayo del 68 a la cultura woke (Ediciones Palabra, 2024) una teoría especialmente sugerente para comprender una parte de esa transformación: las revueltas que recorrieron las universidades occidentales durante los años sesenta y que tuvieron en el Mayo francés de 1968 su imagen más icónica no fracasaron como durante mucho tiempo pudo parecer. Al contrario, su triunfo llegó más tarde.
'De mayo del 68 a la cultura woke', de Pablo Pérez López
Pérez habla de un «efecto retardado». Aquellos jóvenes no consiguieron derribar el sistema político contra el que se rebelaban –en Francia, de hecho, De Gaulle salió reforzado electoralmente–, pero contribuyeron a provocar algo probablemente mucho más profundo: un cambio cultural que modificó el siglo más que ambas guerras mundiales.
La generación del 68 cuestionó la autoridad, las estructuras sociales heredadas, la moral sexual, la familia, la educación y una determinada concepción del individuo. Muchas de aquellas ideas abandonaron después las barricadas y entraron en las universidades, los medios de comunicación, la política y las instituciones. Todo eso provocó una enorme transformación con consecuencias, unas positivas, otras no tanto.
Más de medio siglo después, Pérez propone seguir el hilo que conduce desde aquella revolución cultural hasta lo que hoy conocemos como cultura woke.
No establece una relación simple de causa y efecto, sino una genealogía de personas, ideas y acontecimientos que se han ido encadenando durante las últimas seis décadas. La tesis resulta especialmente interesante por una paradoja: quienes en 1968 se rebelaban contra las instituciones terminaron transformándolas desde dentro.
Cambridge y el wokismo
Uno de los ejemplos más recientes para preguntarnos hasta dónde ha llegado aquella transformación lo encontramos en Cambridge, una de las universidades más prestigiosas del mundo y durante siglos sinónimo de excelencia académica.
En febrero de 2023 anunció el nombramiento de Jason Arday como catedrático de Sociología de la Educación. Tenía 37 años y la propia universidad destacó inmediatamente un dato que convirtió en parte esencial de la noticia: era el profesor negro más joven de la historia de Cambridge.
La historia de Arday parecía hecha a medida para convertirse en símbolo de los nuevos tiempos. Nacido en Londres en 1985, en una familia de origen ghanés, había sido diagnosticado de niño con autismo y retraso global del desarrollo. Según la biografía difundida por Cambridge, no habló hasta los once años ni aprendió a leer y escribir hasta los dieciocho.
A pesar de ello, consiguió llegar a la universidad, doctorarse y desarrollar una carrera extraordinariamente rápida hasta alcanzar una cátedra en Cambridge. Sus investigaciones se centraban, además, en raza, desigualdad, descolonización y representación de las minorías en la educación superior.
Cambridge no ocultó el valor simbólico de su fichaje; es más, al anunciarlo puso el acento en que Arday se convertía en el catedrático negro más joven de su historia y vinculó su llegada con la necesidad de aumentar la representación de las minorías étnicas en la educación superior británica.
Hasta aquí, nada especialmente cuestionable: que un hombre negro alcanzase una cátedra en Cambridge después de una infancia con enormes dificultades era, indudablemente, una historia extraordinaria.
El problema llegó cuando comenzaron a aparecer grietas. Arday fue acusado de haber reproducido en su tesis doctoral numerosos pasajes procedentes de trabajos académicos anteriores sin la atribución adecuada.
Liverpool John Moores University, que le había concedido el doctorado, investigó las acusaciones y concluyó que no había cometido plagio, aunque la controversia continuó y Cambridge abrió posteriormente su propia investigación.
Al mismo tiempo, comenzaron a cuestionarse algunas afirmaciones que habían contribuido a construir su excepcional biografía pública, desde determinadas hazañas deportivas hasta las cantidades millonarias que aseguraba haber recaudado con fines benéficos.
Arday negó haber actuado de forma deshonesta. Finalmente, dimitió de Cambridge este mes de agosto y murió pocos días después, con apenas 41 años.
Su muerte ha convertido el caso en un asunto todavía más delicado: para unos fue víctima de una persecución desproporcionada y con componentes racistas; para otros, el problema está en unas instituciones académicas que, fascinadas por aquello que Arday representaba, pudieron no someter su trayectoria al escrutinio que cabría esperar de una universidad como Cambridge.
La pregunta que deberíamos hacernos sería: ¿en qué momento una institución creada para buscar la excelencia intelectual comenzó a considerar la identidad, la raza o la pertenencia a determinados colectivos como elementos relevantes de su propia política académica?
Para intentar responder, hay que retroceder casi sesenta años. Mayo del 68 ha quedado fijado en nuestra memoria colectiva a través de imágenes muy concretas: jóvenes levantando adoquines en el Barrio Latino, barricadas, cargas policiales, la Sorbona ocupada y paredes cubiertas de consignas como «prohibido prohibir» o «la imaginación al poder».
Era una rebelión contra el poder político, pero también contra la autoridad en un sentido mucho más amplio: la del Estado, la universidad, los profesores, los padres, la moral tradicional o las convenciones sociales.
Políticamente, sin embargo, la revolución fracasó. Charles de Gaulle disolvió la Asamblea Nacional, convocó elecciones y los gaullistas obtuvieron en junio una victoria abrumadora. Las barricadas desaparecieron y el régimen que pretendían derribar continuó en pie.
El fracaso político inmediato ocultó, según Pablo Pérez, una victoria cultural que necesitaría décadas para mostrar todas sus consecuencias. Los revolucionarios envejecieron, terminaron sus carreras y entraron precisamente en muchas de las instituciones que habían cuestionado. Se convirtieron en profesores, periodistas, escritores, artistas, políticos y dirigentes.
Y con ellos fueron penetrando algunas de las ideas que habían alimentado aquella rebelión: la desconfianza hacia la autoridad, el cuestionamiento de las estructuras tradicionales y la idea de que detrás de determinadas normas, costumbres e instituciones podían esconderse relaciones de dominación que era necesario desenmascarar.
No existe, por supuesto, una línea recta que una la barricada parisina de 1968 con las actuales políticas de diversidad de Cambridge. La Historia no suele funcionar de una manera tan sencilla y el propio Pérez rehúye esa explicación. Lo que propone es seguir un proceso mucho más complejo en el que personas, movimientos e ideas fueron modificando progresivamente la manera occidental de entender la libertad, la autoridad y la identidad.
En ese recorrido se produjo, además, una mutación importante. La vieja lucha de clases fue perdiendo parte de su capacidad para explicar las nuevas reivindicaciones y el conflicto comenzó a desplazarse hacia otras categorías: sexo, raza, orientación sexual, identidad o pertenencia a minorías. El individuo empezó también a contemplarse como miembro de colectivos históricamente discriminados frente a otros considerados privilegiados.
Es ahí donde Pérez sitúa parte de la genealogía de la actual cultura woke. La palabra tiene una historia propia y no nació en Mayo del 68: procede del inglés afroamericano y originalmente aludía a la necesidad de permanecer «despierto», alerta ante el racismo y las injusticias.
Con el paso del tiempo amplió su significado hasta convertirse en una forma de denominar una sensibilidad política y cultural centrada en la discriminación, la identidad, el privilegio y las relaciones de poder.
La paradoja es extraordinaria, por cuanto una cultura que nació cuestionando las instituciones terminó encontrando en ellas uno de sus principales espacios de desarrollo, especialmente en la universidad.
El lugar contra el que se rebelaron los estudiantes de los sesenta se convirtió, décadas después, en uno de los grandes escenarios de los debates sobre identidad, raza, género, descolonización o representación de las minorías.
Esto nos devuelve a Cambridge. La cuestión que plantea el caso Arday no debería ser si un profesor negro merece ocupar una cátedra ni si las universidades deben combatir la discriminación.
El interrogante es qué ocurre cuando la necesidad de aumentar la representación de determinados colectivos puede entrar en tensión con aquello que durante siglos constituyó el principal criterio de selección de una universidad: el mérito académico. No sabemos si eso ocurrió con Jason Arday y sería injusto afirmarlo sin pruebas. Sí sabemos que Cambridge convirtió su condición de hombre negro en una parte destacadísima de la celebración de su nombramiento.
No se anunció únicamente la llegada de un nuevo catedrático, sino la del profesor negro más joven de su historia. Convirtiendo su identidad en el valor simbólico que la propia universidad consideraba relevante exhibir.
Cambridge nació a comienzos del siglo XIII y durante más de ochocientos años construyó un prestigio basado en la excelencia intelectual. Por allí pasaron Newton, Darwin, Turing, Rutherford o Hawking.
Fue precisamente en universidades como aquella donde se consolidó una forma de conocimiento basada en someter las afirmaciones a la crítica, exigir pruebas y desconfiar de aquello que no podía demostrarse.
Que hoy Cambridge se encuentre en medio de una discusión sobre si pudo dejarse seducir por una biografía extraordinaria porque encajaba perfectamente con los valores que la institución deseaba proyectar constituye, como mínimo, una paradoja. Mayo del 68 quiso cambiar la universidad. Tal vez su mayor victoria haya sido conseguirlo, y no siempre para mejorarla.