La civilización del califato de Córdoba en tiempos de Abd al-Rahman III, de Dionís Baixeras

La civilización del califato de Córdoba en tiempos de Abd al-Rahman III, de Dionís Baixeras

Picotazos de historia

¿Hubo convivencia entre musulmanes, cristianos y judíos en Al-Ándalus?

La llamada convivencia de las tres culturas en Al-Ándalus distó mucho de ser un periodo de tolerancia plena. La sociedad surgida tras la conquista musulmana estuvo marcada por profundas divisiones religiosas, étnicas y sociales

En los años veinte del siglo pasado se inició un ya legendario debate acerca de las relaciones entre musulmanes y cristianos durante la Reconquista. Los principales paladines de este fueron don Américo Castro y don Claudio Sánchez-Albornoz. El debate lo ganó don Claudio de manera contundente.

Desde hace décadas se ha reactivado el asunto, retomado desde «la convivencia de las tres culturas», leyenda áurea que nos habla de un periodo mágico en el que la tolerancia, la comprensión y el respeto fueron la norma. Esta idea, concebida más como anhelo personal o con la intención de reforzar alguna creencia, es engañosa, cuando no completamente falsa.

Cierto es que hay que tener cuidado, ya que estamos hablando de un periodo de tiempo muy largo. Ocho siglos, nada menos. No fue igual en un territorio u otro, en este o en aquel tiempo.

Miniatura que representa a una mujer cristiana tocando el laúd y a dos musulmanas jugando al ajedrez. Del Libro de los juegos, de Alfonso X el Sabio

Miniatura que representa a una mujer cristiana tocando el laúd y a dos musulmanas jugando al ajedrez. Del Libro de los juegos, de Alfonso X el Sabio

Hace días les expliqué, aunque muy someramente, cómo fue la caída de la monarquía visigoda. Tariq y Musa, con 18.000 bereberes, a los que después se sumarían unos 15.000 más, representaban una minoría dentro de la población del reino visigodo.

Los propios visigodos eran una minoría en su propio reino, pues estaban ampliamente superados por la población hispanorromana, que representaba tres cuartas partes del total. Otro grupo minoritario, pero no despreciable, era el de los judíos, residentes en la piel de toro desde antes de la muerte de Jesucristo y comunidad que había prosperado gracias a que hablaban griego —lengua comercial debido al control del Mediterráneo por Bizancio— y a pesar de las leyes antijudías de los visigodos. Veamos cómo quedó la sociedad tras Musa y Tariq.

La sociedad hispana, de golpe, se dividió en dos grandes grupos: los invasores islámicos y los cristianos y judíos, incluidos en el mismo grupo. Pero cada uno se subdividía, a su vez.

Los invasores distinguieron entre aquellos que se resistieron y lucharon y aquellos otros que se entregaron. A los primeros se les aplicó el régimen de sulh, según el cual perdían los bienes de la Iglesia, los de aquellos que habían muerto combatiendo al islam, los de quienes habían huido, los de quienes se habían resistido, etc.

Además, estaban obligados a afrontar unas cargas impositivas agravadas. El conquistador tenía derecho a decidir qué hacer con ellos: podía dejarlos vivir o no.

Si, por el contrario, se habían sometido mansamente, se les aplicaría el régimen del ahd, situación que les permitiría mantener cierta autonomía administrativa previa y una parte de sus bienes.

Miniatura del Libro del ajedrez, dados y tablas de Alfonso X el Sabio que representa a un judío (izquierda) y a un musulmán (derecha) jugando al ajedrez

Miniatura del Libro del ajedrez, dados y tablas de Alfonso X el Sabio que representa a un judío (izquierda) y a un musulmán (derecha) jugando al ajedrez

La población sometida que se mantuvo cristiana fue denominada «mozárabe» —deformación de una palabra que significa «el que se arabiza»—. Era la mayoría de la población y mantuvo la lengua romance durante mucho tiempo, por lo que el árabe nunca fue la lengua dominante en Al-Ándalus.

Por otro lado, los hispanorromanos y visigodos que aceptaron abrazar el islam fueron llamados «muladíes», palabra que hace referencia a los descendientes de conversos.

Los judíos mejoraron de situación, pero no se ganaron simpatías. Frente a las leyes restrictivas y marginadoras dictadas por los reyes visigodos y los concilios de Toledo, ahora se vieron convertidos en administradores y agentes de confianza de los nuevos amos. En muchos casos habían actuado como quintacolumnistas y su defección hacia la causa islámica había sido decisiva.

Los miembros de la sinagoga, la aljama de judíos, debían pagar un impuesto especial de tipo patrimonial y otro de carácter personal. Se aceptaba que sufrieran el desprecio de todos los verdaderos creyentes, es decir, de los musulmanes. En definitiva, los judíos mejoraron con respecto a la legislación visigoda, pero empezaron a ser vistos como una facción dispuesta a traicionar y a abrir la puerta al enemigo. Esta idea perduraría.

Entre los musulmanes había varios grupos. En el vértice de su pirámide social se encontraba una élite formada por los árabes, que se subdividían entre los kalbíes, de origen yemení, y los qaysíes, del interior y norte de la península de Arabia. Había un tercer grupo formado por la élite más selecta, los primeros en llegar y lugartenientes de Musa y Tariq, que se conocían genéricamente como los baladíes.

Dentro de los musulmanes, pero por debajo de aquellos que eran de origen árabe, estaban los bereberes. Los bereberes habían formado la principal fuerza durante las campañas de Tariq, Musa y su hijo Abd al-Aziz. Habían atravesado la Península de cabo a rabo, luchando cuando llegaba el momento. Eran la espada y el brazo del islam en esas tierras y estaban profundamente descontentos.

Táriq ibn Ziyad

Táriq ibn Ziyad

Habían conseguido un botín fabuloso durante sus campañas, que había partido casi en su totalidad hacia Damasco. Apenas les había llegado algo y fue tan poco que se juzgó mezquino. La exigencia de que los bereberes pagasen el impuesto de la yizia —un tributo personal para los no musulmanes— fue como echar sal en la herida. Para rematar, a medida que pasaba el tiempo, el comportamiento de las élites árabes con los bereberes se fue volviendo cada vez más ofensivo y humillante.

Por debajo de los bereberes estaban los muladíes, los descendientes de los conversos que no podían aspirar al grado de reconocimiento de las familias kalbíes y qaysíes.

La descarnada discriminación y el desprecio que las familias árabes mostraban por todo aquel que no formara parte de su élite, unidos a una presión impositiva desigual y a unas exigencias de servicios obligatorios, generaron un gran descontento.

Miniatura de las Cantigas de Santa María en la que aparecen un musulmán y un cristiano tocando la baldosa.

Miniatura de las Cantigas de Santa María en la que aparecen un musulmán y un cristiano tocando la baldosa.

Otro motivo de agravio, que pocas veces se ha puesto de relieve, era que esos orgullosos árabes, que tan a patadas trataban a todo el mundo, estaban cultural e intelectualmente muy por debajo de las élites visigodas e hispanorromanas.

No extraña a nadie que, desde temprano, los mozárabes empezaran a huir hacia los territorios cristianos del norte. Toda la repoblación de Galicia, entre los siglos IX y X, se llevó a cabo con mozárabes.

Con Alhakén I (770-822) comenzaron a producirse sublevaciones de muladíes descontentos en Toledo, Córdoba, Mérida, etc. Estas reacciones ante la injusticia del trato fueron sofocadas de forma salvaje. El aumento de la presión fiscal y las multas impuestas como castigo por las sublevaciones exacerbaron las tensiones.

La respuesta consistió en castigos cada vez más crueles y medidas expeditivas contra grupos concretos, como atestiguan la famosa «Jornada del Foso» de Toledo o el «Motín del Arrabal» de Córdoba, que provocó el exilio de veinte mil familias que se trasladaron a la ciudad de Fez y que se conocerían como «los rabadíes».

Este tercer emir —todavía no se trataba de un califato— sentía verdadera pasión por el vino, dijera Mahoma lo que dijera. Esta era una curiosa característica de los primeros tiempos de Al-Ándalus, antes de que llegaran los fanáticos religiosos, como los almorávides, los almohades, etc. Y es que aquí se bebía vino. Y lo disfrutaban de verdad. Don Claudio Sánchez-Albornoz nos dejó un buen puñado de poemas en los que se ensalza el vino, con una lírica y un entusiasmo que harían llorar a más de un alma sensible en este punto.

En definitiva, en esta primera fase, lo de la convivencia y la tolerancia… Pues mire usted, como que no. Más adelante ya veremos, pues exploraremos juntos —ustedes y yo— los tiempos venideros.

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