La verdadera historia de la bandera de España: por qué la rojigualda no nació con Franco

El fútbol consigue lo que la política parece incapaz de lograr. La rojigualda vuelve a convertirse, aunque solo sea durante unas horas, en el símbolo compartido de un país entero

Act. 19 jul. 2026 - 07:24

Afición España en el Mundial

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Hay algo que sucede cada vez que juega la selección española y que resulta casi milagroso. Millones de personas cuelgan la bandera en sus balcones, la pintan en sus mejillas, la llevan sobre los hombros o la agitan desde las gradas sin preguntarse qué vota quien tienen al lado. Durante noventa minutos desaparece, casi por completo, una anomalía que pocos países occidentales conocen con la intensidad con la que se vive en España: el recelo hacia la propia bandera nacional.

El fútbol consigue lo que la política parece incapaz de lograr. La rojigualda vuelve a convertirse, aunque solo sea durante unas horas, en el símbolo compartido de un país entero. Sin embargo, basta con que termine el campeonato para que vuelva la incomodidad.

Hay quien evita exhibirla por miedo a ser etiquetado ideológicamente, como si mostrar la bandera del propio país fuera una declaración política y no un gesto de pertenencia.

Esa percepción no nació por casualidad. Durante décadas se ha repetido, hasta convertirla casi en un dogma, una afirmación que la historia desmiente con absoluta claridad: que la bandera española es un símbolo franquista. El franquismo la utilizó, naturalmente, igual que utilizó el himno nacional, pero ni creó la bandera ni inventó la inmensa mayoría de los símbolos que incorporaba. En realidad, la rojigualda llevaba casi dos siglos representando a España cuando Franco llegó al poder.

La historia comienza mucho antes, en tiempos de Carlos III. A finales del siglo XVIII, las principales monarquías europeas gobernadas por distintas ramas de los Borbones utilizaban pabellones blancos.

Aquello provocaba un problema muy poco romántico, pero extraordinariamente práctico: en alta mar resultaba muy difícil distinguir unos barcos de otros durante las maniobras o, peor aún, en plena batalla. La solución debía ser sencilla, visible desde lejos y fácilmente reconocible.

En 1785, Carlos III aprobó un nuevo pabellón para la Armada española. Tras estudiar varios diseños, eligió una bandera formada por dos franjas rojas separadas por una amarilla de mayor tamaño.

No fue una elección estética ni ideológica. Aquellos colores ofrecían un contraste excepcional sobre el horizonte marino y permitían identificar inmediatamente los buques españoles incluso a gran distancia. La rojigualda nació, por tanto, como una bandera naval.

Sin pretenderlo, el rey había creado uno de los símbolos más perdurables de nuestra historia. Poco a poco, aquel pabellón comenzó a extenderse fuera de los arsenales y los puertos.

Durante la Guerra de la Independencia acompañó a los ejércitos que combatieron contra Napoleón y terminó convirtiéndose en una imagen familiar para toda la población. Finalmente, en 1843, durante el reinado de Isabel II, la rojigualda fue declarada bandera nacional de España, sustituyendo definitivamente a los antiguos pabellones blancos utilizados por la monarquía.

Este dato resulta especialmente interesante porque desmonta otra idea muy extendida. Ni siquiera la Primera República, proclamada en 1873, cambió la bandera nacional. Lo único que hizo fue adaptar el escudo eliminando la corona real, algo lógico en un régimen republicano, pero manteniendo intactos los colores rojo y amarillo.

Es decir, la rojigualda continuó siendo la bandera oficial de España con independencia de que el país fuera una monarquía o una república.

Esta fotografía, tomada por Alfonso Sánchez Portela el 14 de abril de 1931, muestra la proclamación de la Segunda República Española en la Puerta del Sol de Madrid

Esta fotografía, tomada por Alfonso Sánchez Portela el 14 de abril de 1931, muestra la proclamación de la Segunda República Española en la Puerta del Sol de Madrid

La verdadera ruptura llegó en 1931 con la proclamación de la Segunda República. El nuevo régimen decidió sustituir la rojigualda por una bandera tricolor añadiendo una franja morada bajo el rojo y el amarillo.

Tradicionalmente se ha explicado que ese color representaba a Castilla y a los comuneros, aunque numerosos historiadores sostienen que esa interpretación parte de un error histórico, ya que los pendones castellanos fueron, en realidad, carmesí y el supuesto morado apareció por alteraciones del color con el paso del tiempo y por interpretaciones posteriores.

En cualquier caso, el objetivo político era evidente: diferenciar visualmente la nueva República de la monarquía anterior.

Tras la Guerra Civil, el régimen de Franco recuperó la rojigualda tradicional, pero modificó el escudo incorporando uno de los elementos que más controversia sigue generando hoy: el águila de San Juan.

Sin embargo, tampoco este símbolo nació con el franquismo. El águila era el emblema personal de Isabel la Católica, quien la incorporó a sus armas a finales del siglo XV por su devoción al evangelista san Juan. Bajo sus alas figuraban ya buena parte de los elementos que después formarían el escudo de España.

Cuatro siglos más tarde, Franco decidió recuperar esa iconografía para presentarse como heredero de una supuesta continuidad histórica de la nación española. Es decir, el franquismo reutilizó un símbolo histórico, pero no lo creó.

Confundir el origen de un símbolo con uno de los regímenes que lo empleó equivaldría a afirmar que el acueducto de Segovia es franquista porque siguió existiendo durante la dictadura. La historia, afortunadamente, suele ser bastante más compleja.

Con la llegada de la democracia, la Constitución de 1978 mantuvo expresamente la bandera roja, amarilla y roja como símbolo nacional. Lo que sí cambió fue el escudo. Mediante la Ley de 5 de octubre de 1981, que entró en vigor el 28 de octubre de ese mismo año, España adoptó el escudo que sigue vigente en la actualidad y que constituye un auténtico resumen visual de nuestra historia.

Cada uno de sus cuarteles representa uno de los grandes reinos históricos que dieron forma a España. El castillo recuerda a Castilla; el león rampante, al Reino de León; las cuatro barras rojas sobre fondo dorado representan a la Corona de Aragón; las cadenas hacen referencia al Reino de Navarra; y la granada simboliza la incorporación del Reino de Granada tras la conquista de 1492.

'Descubrimiento de América', de Dióscoro Puebla (1862)

'Descubrimiento de América', de Dióscoro Puebla (1862)

El cuartel correspondiente a Navarra merece una mención aparte. Las cadenas que aparecen en el escudo no son un simple motivo decorativo, sino el recuerdo de una de las grandes victorias de la Reconquista.

El 16 de julio de 1212, los reyes Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII «el Fuerte» de Navarra, junto con las órdenes militares de Santiago, Calatrava, Temple y San Juan, y contingentes llegados de otros territorios cristianos, derrotaron al ejército almohade del califa Muhammad al-Nasir en la batalla de Las Navas de Tolosa.

La tradición sostiene que fue el propio Sancho VII quien, al frente de sus hombres, rompió el cerco de cadenas que protegía la tienda del califa, convirtiéndolas en el símbolo del Reino de Navarra. Más allá del componente legendario del episodio, aquellas cadenas quedaron para siempre unidas a la memoria de una batalla que cambió el rumbo de la Reconquista y abrió a los reinos cristianos el camino hacia el valle del Guadalquivir.

En el centro aparece un pequeño escudo azul con tres flores de lis, emblema de la dinastía Borbón-Anjou, actualmente reinante desde la llegada de los Borbones con Felipe V en 1700, tras la muerte sin descendencia del último Austria, Carlos II. A ambos lados se levantan las Columnas de Hércules, que representan el estrecho de Gibraltar y recuerdan el antiguo límite del mundo conocido. Sobre ellas figura una de las divisas más célebres de la historia de España: Plus Ultra.

Frente al antiguo lema clásico Non Plus Ultra, que advertía de que no existía nada más allá de aquellas columnas, la Monarquía Hispánica convirtió el descubrimiento de América en un mensaje de alcance universal: sí existía un «más allá». Todo el conjunto aparece coronado por la Corona Real, reflejo de la forma política del Estado establecida por la Constitución. Por cierto, en la camiseta de la selección también está el escudo que cuenta tanto de nuestra historia.

Quizá por eso resulte tan significativo que cada vez que juega España millones de personas vuelvan a abrazar la bandera sin preguntarse quién la utilizó antes o qué ideología tiene quien la sostiene a su lado. Durante unas horas deja de ser un arma arrojadiza para volver a ser aquello para lo que fue concebida hace dos siglos y medio: el símbolo común de una nación.

Porque la rojigualda no nació con Franco. Había sobrevivido ya a monarquías, invasiones, guerras, pronunciamientos, revoluciones y una república antes de que comenzara la dictadura; sobrevivió también a esta y continúa representando hoy a una España democrática cuya Constitución la reconoce como bandera de todos.

Quizá conocer su verdadera historia sea el mejor antídoto contra quienes todavía intentan convencer a unos españoles de que les pertenece en exclusiva y a otros de que deberían avergonzarse de ella.

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