Retrato imaginario de Almanzor. Obra de Francisco de Zurbarán
Picotazos de historia
Almanzor, el caudillo de Córdoba que sembró el terror entre los reinos cristianos
Nunca se ha sabido cuál fue la enfermedad que tanto afectó a Almanzor y que terminaría con su vida al llegar a Medinaceli ese mismo año
En el año 976 murió Alhakén o Alhakám II, califa de Córdoba. Dejó como heredero al joven Hishám II, un niño que el difunto califa tuvo con su concubina Subh, que en realidad se llamaba Aurora y era vascona.
Esta señora tenía un fuerte carácter y, junto con el tutor del niño, se encargaría de la regencia. Por cierto, el tutor era un miembro del grupo yemení de las familias de origen árabe de Córdoba que había alcanzado grandes puestos en la Administración gracias a los buenos contactos de su familia y al buen hacer personal, junto con una aguda inteligencia aliñada con una enorme sed de poder. Este individuo se llamaba Abú Amir Muhammad ben Amir al-Maafirí. En unos años sería llamado Al-Mansur, el Victorioso: Almanzor.
La excesiva juventud de Hishám hizo que alguna facción de la corte intentara sustituirlo por un medio hermano llamado Al-Mughira. El futuro Almanzor probó su valía haciendo matar a Al-Mughira y a los conspiradores más conspicuos.
Tropas de Almanzor representadas en las Cantigas de Santa María.
En febrero de 977, Abú Amir convenció a la regente Subh para que lo pusiera al mando de un ejército con el fin de hacer frente a una ofensiva cristiana. Esta era algo esperado cuando se produce un cambio y un nuevo soberano sucede al difunto: los vecinos lo ponen a prueba. En este caso, con más motivo, cuando el nuevo soberano es un menor y el Gobierno está en manos de una regencia.
Almanzor llevó a cabo una victoriosa campaña por tierras salmantinas. El botín que trajo y la fama ganada en el campo de batalla le permitieron eliminar al chambelán de palacio y convertirse en el virtual gobernador del califato, pero los peligros siempre acechaban.
Ese año y el siguiente inició una campaña de imagen, apareciendo como un devoto creyente y temeroso de Dios. Pegó fuego públicamente a parte de la biblioteca del califa para que todos fueran testigos de lo piadoso que era.
También se casó con la hija del general Gálib ibn Abd al-Rahman, el soldado más prestigioso de toda Córdoba. Gálib era un antiguo esclavo de origen eslavo, pero su efectividad militar y su carisma lo habían convertido en alguien a quien tener muy en cuenta en el peligroso juego de la política.
En 979 inició la construcción del complejo palaciego de Medina al-Zahira, su residencia y adonde se trasladarían todas las estructuras y la Administración del Estado, dejando el palacio del califa como una cáscara vacía de contenido. Antes de que la construcción del palacio estuviera terminada, toda la Administración y los ingresos del califato estaban controlados desde la casa de Abú Amir, quien para entonces tomó el nombre de Al-Mansur.
En 980 se enfrentó con su suegro, algo que ya todos veían como inevitable. Este tuvo que aliarse con los vecinos cristianos, pero fue derrotado en Atienza. Falleció poco después –pasaba de los ochenta años–, dejando a Almanzor como único hombre fuerte de Córdoba.
Sintiendo su poder lo suficientemente consolidado —se hizo acompañar por el califa mientras paseaba por la ciudad para que todos lo vieran—, iniciaría una continua campaña de incursiones, aceifas y algaradas contra los territorios cristianos con la finalidad de conseguir botín, esclavos y riquezas para el califato, fama para su caudillo y sembrar el terror en las tierras cristianas.
Sancho II de Navarra y Aragón jugó la carta del apaciguamiento. Incluso aceptó la humillación de tener que entregar a su propia hija Abda para que fuera la concubina de Almanzor. Los condes de Barcelona aceptaban todo con tal de mantener el comercio con al-Ándalus, al tiempo que se quitaban de encima a los carolingios y al reino de los francos.
Pero el apaciguamiento del débil nada significa para el fuerte. El día 1 de julio de 985, el ejército de Almanzor estaba frente a las murallas de Barcelona. Seis días después, la ciudad era saqueada y arrasada. La campaña de ese año fue muy provechosa, ya que saqueó a placer los condados fronterizos durante los meses siguientes.
En 987 arrasó la ciudad de Coímbra y las tierras del este de la Península. Al año siguiente les tocó el turno a las tierras y ciudades de León y Zamora. En 989 le tocó a Castilla, que fue arrasada. También fueron capturadas y retenidas las ciudades de Clunia y San Esteban de Gormaz. El conde García Fernández, «el de las Blancas Manos», moriría de un lanzazo en la cabeza durante un encuentro fortuito con un grupo de musulmanes en el transcurso de esta campaña.
Almanzor continuaría guerreando prácticamente cada año. En 997 saqueó Santiago de Compostela, llevándose las campanas y las puertas de la catedral como botín, transportadas a lomos de cautivos cristianos. Por algún motivo, respetó el sepulcro y los restos del santo, pero se llevó todo lo demás.
En 999 le tocó a Pamplona y con ello probó a todos los reyes y condes cristianos que el apaciguamiento no valía de nada. El nuevo conde de Castilla, llamado Sancho García, hizo ver a sus vecinos que no podía haber acuerdo con Almanzor, sino solo luchar contra él. En este sentido, consiguió reunir una coalición formada por los reinos de León y Navarra, junto con los condados de Castilla y Saldaña.
Enterado, Almanzor avanzó contra La Rioja Alta. Destruyó Canales de la Sierra y entró por la sierra de la Demanda al mando de un ejército formado por unos 20.000 hombres. Entre sus oficiales superiores estaban sus hijos Abderramán Sanchuelo y Abd al-Málik.
Los dos ejércitos se enfrentaron en la Peña Cervera, a más de cincuenta kilómetros de Calatañazor. Por vez primera, el caudillo musulmán se vio en dificultades. Momentáneamente, sus hijos salvaron la situación, pero los flancos y el centro de su ejército estaban muy presionados por un ejército cristiano que se mantenía firme contra él.
Almanzor salvó la situación, pero para ello tuvo que echar mano de una añagaza. Dio orden de que su campamento se desplazara desde el valle en el que estaba hasta lo alto de un cerro próximo. Cuando las tropas cristianas vieron aparecer en lo alto del cerro a las gentes de Almanzor, las tomaron por tropas nuevas y frescas dispuestas a unirse a la batalla.
Sancho García dio la orden de retirada y, en la confusión posterior, se perdió toda la impedimenta de las tropas cristianas. Pero, por primera vez, el temible Almanzor se había enfrentado a un frente firme y decidido, dispuesto a luchar hasta el final. De hecho, tan apurado se había encontrado que fue su experiencia militar la que le hizo ganar la jornada.
La muerte de Almanzor en 1002
Almanzor continuó con sus campañas, pero contra las gentes del Magreb, y no volvió a combatir a los cristianos de la Península hasta el año 1002. La aceifa de ese año fue por tierras de La Rioja y, entre otras cosas, saqueó y pegó fuego al monasterio de San Millán de la Cogolla. Durante esta campaña enfermó. Dos han sido siempre las enfermedades que han acompañado a los ejércitos a lo largo de la historia: las pulmonares y las entéricas. Pasarte el día tosiendo como un perro hasta consumirte o apagarte con los pantalones a la altura de los tobillos.
Nunca se ha sabido cuál fue la enfermedad que tanto afectó a Almanzor y que terminaría con su vida al llegar a Medinaceli ese mismo año.
Almanzor ha sido el caudillo militar más victorioso que jamás han tenido los musulmanes peninsulares. Fue el terror de los cristianos, hasta el punto de que, años después, tuvieron que inventarse la fantasía de la batalla de Calatañazor. Ya saben: «En Calatañazor, Almanzor perdió el tambor». Y es que le tenían pánico.