Trump y Putin pactan un nuevo Yalta
Aunque entonces no se percibió el peligro, la reunión que ambos mantuvieron en verano en Anchorage supuso la ruptura del orden internacional que se creó en 1945. Rusia y Estados Unidos se repartieron parte del mundo, y Europa quedó en el bando que menos nos gusta
Es difícil encontrar en la historia de Occidente una reversión de las alianzas tan súbita, radical y amenazadora como la que estamos viviendo desde que hace un año Donald Trump asumió la presidencia de los Estados Unidos. Existe la creencia cada vez más generalizada de que esta reversión se debe al carácter imprevisible, vehemente y autoritario del presidente americano. Creencia que en mi opinión es errónea porque obedece a una estrategia diseñada para conseguir unos objetivos claros de poder en beneficio de su ego y de los Estados Unidos como primera potencia mundial.
Aspirar a controlar Venezuela, Cuba, Colombia, Nicaragua, Canadá y Groenlandia al mismo tiempo no es sólo fruto de la megalomanía de Trump, obedece a un plan diseñado de reparto de áreas de influencia política y militar con la Rusia de Putin, en las que cada uno aspira a tener carta blanca.
La clave de ese acuerdo está en la reunión del 15 de agosto de 2025 en Anchorage, Alaska, donde Donald Trump y Vladimir Putin acordaron sin problemas ese reparto. Fue una especie de reedición de los acuerdos de Yalta de hace 81 años, pero ahora en perjuicio de toda Europa y no sólo de la mitad como ocurrió entonces. Ese día pudimos ver los gestos de cordialidad, las sonrisas y las palmadas entre dos amigos que iban a cerrar un trato que convenía a ambos, como los hechos han confirmado. Aunque entonces no se percibió el peligro, Anchorage ha supuesto la ruptura del orden internacional que se creó en 1945, de la que es buen ejemplo que el presidente de los Estados Unidos haya llegado a amenazar con una acción militar a un aliado en la OTAN como Dinamarca.
En Anchorage se acordó la retirada del apoyo militar americano a Ucrania -que desde entonces está perdiendo la guerra- y la cesión del viejo continente a la influencia de la Rusia de Putin; una aspiración que viene del tiempo de los zares, y que mantuvo el régimen comunista. La consecuencia más letal de este acuerdo es que la línea fronteriza que durante cuarenta años dividió el centro del continente entre la Europa libre y democrática protegida por la OTAN, y la dominada por Rusia, se ha corrido hasta el Atlántico, con el riesgo de que el viejo continente quede fuera del paraguas militar americano, abandonado a su suerte y bajo la amenaza rusa.
Hay que añadir, además, las palabras de desprecio, incluso los insultos, a Europa, a su economía y a la OTAN a la que ya en 2017 Trump calificó de «organización obsoleta». Una Europa en riesgo de verse inerte y abandonada a su suerte, en buena medida por su egoísmo al endosar la mayor parte de los gastos de su defensa a los Estados Unidos durante ochenta años. Y no hay que olvidar el silencio de Trump cuando hace unos días Putin lanzó por primera vez sobre Ucrania un proyectil hipersónico Oreshnik con capacidad para transportar cabezas nucleares. Fue una advertencia a toda Europa y especialmente a los países limítrofes con Rusia como las repúblicas bálticas o Rumanía.
En cualquier caso, una Europa humillada y débil es un regalo, una cesión a Putin. Otra cosa es que Rusia tenga capacidad militar y económica para conseguirlo, incluso apoyada por China, porque en la guerra de Ucrania lleva un millón de bajas entre muertos y heridos, y los Estados Unidos tuvieron 400.000 muertos en la II Guerra Mundial.
La amenaza de Trump a Groenlandia y el silencio de Putin es otra cara del pacto de Anchorage. Rusia se siente firme y segura en esa zona porque controla el 55% de las costas del Ártico, al otro lado del casco polar, que tiene plagadas de bases militares.Todo apunta a que se ha acordado un equilibrio de fuerzas en ese mar para que Estados Unidos tenga un acceso seguro a la navegación, y pueda explotar los enormes recursos minerales de la isla que, con independencia del status jurídico que al final se acuerde, quedaría bajo el control económico americano.
La aspiración última de Trump es quedarse con las manos libres para hacer frente a China, a la que considera su verdadero rival.
Rusia, por su parte, no moverá un dedo en el continente americano para impedir que Estados Unidos acabe con la influencia china y lo convierta en un protectorado en el que todo quede bajo su control. La prueba más evidente ha sido el silencio ruso ante el descabezamiento del chavismo en Venezuela, cuya sumisión está clara: Delcy le da el petróleo y Corina la medalla del Nobel.
Las únicas esperanzas para Europa de que esto cambie son que el voto de los ciudadanos americanos, en noviembre de este año y en 2028, frene la estrategia de Trump, o que lo hagan los mercados. Porque sus políticas proteccionistas podrían tener consecuencias demoledoras y acabar con la edad de oro de la globalización y los inmensos beneficios de las grandes corporaciones internacionales; 33 de las 50 más importantes del mundo son americanas.
El problema para Europa es que su centinela durante ochenta años se ha convertido en el aliado de quien la amenaza. Mucho peor que Yalta.
- Emilio Contreras es periodista