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En primera líneaEmilio Contreras

¿Quiere Trump que Venezuela sea una democracia?

Es más fácil 'extraer' a un tirano que construir una democracia, pero sin democracia es demasiado arriesgado invertir para explotar el petróleo. 19 billones de dólares quizás merezcan el esfuerzo de devolver la libertad, la seguridad y la prosperidad a los venezolanos

Esta es la pregunta que hay que hacerse cuando han transcurrido dos semanas de la «extracción» de Nicolás Maduro por el ejército americano. Aunque las palabras de Trump –«tardará años»– parecen indicar que va para largo.

También hemos visto cómo se reprochaba a Estados Unidos su fracaso en instaurar la democracia en Irak y Libia tras derrocar las dictaduras de Sadam Hussein y Gadafi. Aunque sí restauraron la libertad y la democracia en Alemania, tras la derrota nazi en la II Guerra Mundial.

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El Debate (asistido por IA)

Pero ni Venezuela es Irak ni Libia, ni los Estados Unidos de Trump son los de Harry Truman. Irak y Libia nunca han sido una democracia porque nunca han sido sociedades democráticas, y por lo tanto Estados Unidos no pudo restaurar lo que no existió.

El caso de Alemania es distinto. Hitler demolió el orden democrático de la República de Weimar. Y cuando en 1945 Alemania fue derrotada, Truman puso en marcha un programa para reconstruir un país devastado, eliminar cualquier vestigio del nazismo y crear un sistema democrático. Necesitó cuatro años porque, entre otras razones, tuvo que lidiar con Stalin, pero desde el principio dejó claro que su objetivo era que Alemania volviera a ser una democracia.

Visto lo que está ocurriendo, la pregunta es si está en los planes de Trump que Venezuela vuelva a ser una democracia. Porque lo fue durante 40 años, desde el derrocamiento del dictador Pérez Jiménez en 1958 hasta la victoria electoral de Hugo Chávez en 1998. Una democracia con desigualdad social y corrupción, pero una democracia.

La historia reciente de Venezuela está plagada de luces y sombras, regada por un manantial inagotable de petróleo. En 1958 se abrió una puerta a la esperanza y se montó un régimen democrático con dos partidos –democristiano y socialdemócrata– que se alternaron en el poder. Era el país alegre y confiado en la ubre inagotable del petróleo. Pero esa riqueza no caló hasta los últimos escalones de la sociedad venezolana. A la desigualdad económica y social se unió la corrupción, que fueron desacreditando el sistema. Además, los gobiernos no construyeron unos cimientos sólidos con los que hacer frente a los momentos de crisis que pudieran llegar.

Y llegaron. En febrero de 1983 estalló la crisis del «viernes negro» bajo la presidencia del democristiano Herrera Campins. El precio del petróleo se hundió más del 30 %; el bolívar comenzó a sufrir una devaluación constante; se impuso el control de cambios; Venezuela se vio incapaz de hacer frente a los vencimientos de una deuda pública de miles de millones; hubo una huida de capitales y la economía fue cuesta abajo hasta que en febrero de 1989 estalló el «caracazo» con violencia, saqueos y cientos de muertos. Se acabaron los días de vino y rosas.

El país fue dando tumbos durante años, mientras crecía el hastío generado por los dos partidos y por la crisis económica. Y en ese caldo de cultivo se produjo la victoria de Hugo Chávez en 1998 con el 56,2 % de los votos en unas elecciones libres. Era la hora de los «salvapatrias».

Veintisiete años después, el balance del chavismo es la desolación y el fracaso: hundimiento de la producción de petróleo y de la moneda, sin valor en el circuito financiero internacional; una inflación del 556 % en 2025, según organismos privados porque no hay datos oficiales; el 50-53 % de la población está en situación de pobreza extrema, según Encovi; 8 millones de venezolanos han huido del país por razones políticas o económicas; se anularon las elecciones de 2024 porque Maduro las había perdido; 10.000 personas han sido asesinadas por motivos políticos y decenas de miles han sufrido torturas y encarcelamientos.

En resumen, una mezcla demoledora de pobreza y dictadura, en un país que tiene en su subsuelo 300.000 millones de barriles de petróleo con un valor de 19 billones de dólares. Una cifra mareante que equivale a la riqueza, el PIB, que genera la economía española en 10 años.

El chavismo se ha servido de las leyes internacionales que defienden la soberanía de las naciones como escudo para mantener impune su dictadura corrupta. La intervención americana pudo tener su cobertura ética en la lucha contra el tirano para devolver la libertad al pueblo, que arranca en santo Tomás de Aquino, pero Trump sólo se ha comprometido hasta ahora a controlar el petróleo. El secretario de Energía dijo que Estados Unidos pretende controlar «indefinidamente» las exportaciones de crudo. Palabras que contrastan con las declaraciones genéricas y sin plazo del secretario de Estado sobre la transición a la democracia.

Pero creer que el negocio del petróleo será seguro sin estabilidad política es un error que acabaría pasándole factura a Estados Unidos. Es preferible una Venezuela estable con un gobierno democrático aliado, que con un gobierno dictatorial sometido como el actual, que genera resentimiento y buscará la ruptura. Y las enormes inversiones para reconstruir la industria del petróleo exigen la seguridad y estabilidad que solo da un gobierno legítimo tras unas elecciones libres.

Trump dijo que «nosotros nos hacemos cargo del país». Y aunque sólo sea por egoísmo, no debería olvidar que es más fácil «extraer» a un tirano que construir una democracia, pero conseguir el control de 19 billones de dólares en petróleo en un país estable quizás merezca el esfuerzo.

  • Emilio Contreras es periodista
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