El cardenal, el ministro y el Valle de los Caídos
Franco expresó su deseo de ser enterrado en el cementerio de El Pardo; fue Juan Carlos I quien decidió que descansase en la basílica. Sánchez, sin sospecharlo, cumplió la voluntad de Franco
En la columna del 24 de agosto de 2024 cité a San Agustín sobre eventuales discrepancias respecto a opiniones del Papa: «En lo esencial unidad, en lo dudoso libertad, en todo, caridad». El Doctor de la Iglesia señala la libertad de criterio sobre temas que no rocen la infalibilidad. Si podemos considerar opinables como católicos, desde el respeto y la fidelidad, las valoraciones no dogmáticas del Papa, es obvio que, con mayor motivo, ocurre con quienes están por debajo del sucesor de Pedro, como el cardenal-arzobispo de Madrid.
El triministro Bolaños presentó un documento, firmado también por el cardenal-arzobispo José Cobo, para probar que la Iglesia apoyaba la llamada «resignificación» del Valle de los Caídos. Una coartada para el Gobierno, además de otra cortina de humo ante la corrupción y la pésima gestión del Ejecutivo, pero me preocupa como católico. Este conjunto monumental es objetivo recurrente para los seguidores de aquellos talibanes que destruyeron los históricos budas de Bamiyán. Desde comentarios de pésimo gusto del humorista Quequé en la SER, hasta opiniones, entre tantas, de Anasagasti, PNV, y Cascallana, PSOE, pidiendo su voladura, se desea destruir un monumento singular con la cruz más grande del mundo.
El documento conjunto del cardenal-arzobispo y el ministro lo publicó en su día El Debate. Su título: «Términos del acuerdo acerca de las intervenciones que recogerá la licitación del concurso internacional de ideas para la resignificación del Valle de Cuelgamuros». A los católicos nos inquieta su lectura. Ignora la inviolabilidad de los templos católicos, los acuerdos con el Vaticano sobre la potestad de actuar en lugares sagrados, siempre según el derecho canónico, y obvia su condición de Basílica Pontificia. De la presentación del proyecto ganador de la «resignificación» se ocupó Iñaki Carnicero, secretario general de Agenda Urbana; viola diversos puntos del documento firmado y sellado por el cardenal-arzobispo Cobo.
En el acuerdo se recoge que «en el interior de la basílica se conservará como espacio destinado al culto la zona que ocupa el altar y las bancadas adyacentes». Esa referencia, supongo que medida, consiente intervenciones «artísticas y museográficas» y cambios en espacios de la basílica, como se expresa en el documento. Entre los espacios «no destinados al culto» se encuentra la Capilla del Santísimo y la cúpula sobre el altar, un prodigio artístico que desaparecería. El Gobierno oculta las acciones de la «resignificación» en el interior de la basílica, que explicó Carnicero en su presentación, vulnerando partes del referido acuerdo entre el Gobierno y la Iglesia. El arzobispado asegura que en una nueva fase el Ejecutivo contaría con la Santa Sede y la comunidad benedictina. Pero el Gobierno ya va un paso por delante. Mientras, en los últimos años, se han deteriorado no pocas figuras externas del monumento, entre ellas magníficas esculturas del maestro Juan de Ávalos, por cierto, de pasado socialista.
Sobre el Valle de los Caídos se ha opinado y manipulado mucho, pero se ha leído poco. El libro fundamental es Los presos del Valle de los Caídos (2015), de Alberto Bárcena, inicialmente su tesis doctoral, con una base documental indiscutible. Desmiente patrañas sobre su construcción, desde los muertos que se produjeron que fueron catorce y no centenares, hasta los presos, una minoría irrelevante en el conjunto de los miles de trabajadores de la obra; llegaron voluntariamente para acortar penas cobrando un sueldo similar al de los trabajadores libres. No hubo trabajos forzados ni fue un campo de concentración. Los presos pedían trabajar en el Valle por las ventajas que suponía. Muchas familias se instalaron allí en cuatro poblados alzados en el Valle, con economato, escuela, hospital e iglesia. Muchos de los inicialmente presos permanecieron en el Valle tras cumplir sus condenas o después del indulto masivo de 1949. La publicación del libro de Bárcena no detuvo la mentira, que hoy la izquierda mantiene.
El Valle de los Caídos se construyó significando la reconciliación. Un hecho importante que sustentó la guerra fue la persecución religiosa desde el inicio de la República. El Valle acoge a víctimas de distintos signos políticos, tras una contienda que la Iglesia española consideró «Cruzada» desde la «Carta colectiva de los obispos españoles» (1937). Nunca se recuerda; la memoria es frágil. La persecución a la Iglesia en la guerra fue inmisericorde. Fueron asesinados 6.832 sacerdotes y religiosos. De ellos 4.184 sacerdotes, 2.365 frailes, 283 monjas. Entre los asesinados figuraron 13 obispos. Algunas fuentes amplían la cifra a 10.000 asesinados por su fe, incluyendo a miembros de asociaciones católicas. Franco expresó su deseo de ser enterrado en el cementerio de El Pardo; fue Juan Carlos I quien decidió que descansase en la basílica. Sánchez, sin sospecharlo, cumplió la voluntad de Franco.
El cardenal-arzobispo de Madrid acaso debería profundizar en aquella época histórica. Le recuerdo las declaraciones de Andreu Nin, del POUM, a La Vanguardia (2/08/36): «La clase obrera ha resuelto el problema de la Iglesia; hemos suprimido sus sacerdotes, las iglesias y el culto». Nin, trotskista, sería asesinado, en 1937, por agentes soviéticos en Alcalá de Henares. Y el editorial de Solidaridad Obrera, órgano de la CNT-FAI, (15/08/36): «Las órdenes religiosas han de ser disueltas. Los obispos y cardenales han de ser fusilados y los bienes eclesiásticos expropiados». No me consta la opinión de Sánchez, autodeclarado ateo, pero sí la de su fiel escudero Bolaños. La Historia enseña cuando no se manipula.
- Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando