La chica de la farmacia y su «terapéutica» indignación
Ocurrió cuando Sánchez estaba en Roma buscando una imagen junto al Papa que le consolide como el gran líder de la izquierda internacional, enfrentado a Trump y a Netanyahu, faltaría más
-El anti coagulante es caro, ¿no lo tiene recetado por la Seguridad Social?
El rostro de la auxiliar de farmacia parecía reflejar preocupación. Casi me enterneció su interés por mis cuitas económico-sanitarias.
-No. señorita, llevo pagando esa barbaridad todos los meses desde hace 10 años. Al parecer mi dolencia cardíaca no es lo suficientemente grave como para que me la cuide nuestro estado del bienestar.
-Sinvergüenzas...
Al salir del establecimiento rebobiné la escena para tratar de entender la indignación de la gentil muchacha que me había atendido. «Sin duda los últimos acontecimientos han sensibilizado a mucha gente acerca del mal uso de los dineros públicos», pensé.
Enseguida recordé a Zapatero y a la «trama», esa tropa de mangantes cuya lista completa no sabría escribir. Estaba claro: a la chica le escandalizaba que el gobierno derramara millones -muchos- en favor de una línea aérea que tenía dos aviones -y que luego fueron empleados para otros fines- mientras permite que personas mayores en situación de riesgo tengan que gastarse 1.200 euros al año para alejar de su vida el riesgo de un ictus.
A la mañana siguiente, desayuné con la noticia del registro efectuado por la UCO en la sede socialista de Ferraz y en la Fundación Pablo Iglesias. Ocurrió cuando Sánchez estaba en Roma buscando una imagen junto al Papa que le consolide como el gran líder de la izquierda internacional, enfrentado a Trump y a Netanyahu, faltaría más. Por mi parte, volví a pensar en la chica de la farmacia. Estaba claro: el indignado tendría que ser yo. Y pensé también en la amarga resignación de tantas personas que, viendo día a día cómo se desmorona el mito del socialismo bueno frente al capitalismo malo, se limitan a rumiar sus quejas en las barras de los cafés o en la tertulia dominical con los amigos, cuando -eso en el caso de los viejos como yo- cada cual se apresta a desgranar la lista de sus más recientes achaques, las pruebas que les mandó el doctor -o la doctora- y lo que tendrán que esperar para que les llamen para llevarlas a cabo.
¿Qué deberíamos hacer para que el malestar de tanta gente aflore a las calles, a los medios y a las instituciones?
A lo mejor es que tampoco hay para tanto. Economistas reputados vienen a la isla para explicarnos que no, que no vamos a morirnos de éxito y que lo que los mallorquines debemos hacer es disfrutar de nuestra «privilegiada situación». No lo dudo, porque quien sabe, sabe, pero eso no quita que nuestra sumisión ante la escandalosa descomposición del gobierno social-comunista de Madrid no sea, como poco, llamativa. Además, todo el mundo sabe quiénes son en Mallorca los «privilegiados».
La pregunta, claro, es ¿qué deberíamos hacer para que el malestar de tanta gente aflore a las calles, a los medios y a las instituciones? Aquí se manifiesta todo el mundo menos los que, día a día, padecemos las injusticias silenciosas, sordas, pero no por ello menos humillantes. Sa Feixina o la colocación de la bandera LGTBI en la fachada del Parlamento parecen ser asuntos de vida o muerte. Sin embargo, que un ex presidente socialista que fulminó la Transición y que nos predicaba con cara de fraile lego aquello de «ser socialista es tener muy poco», tuviese la caja fuerte de su despacho repleto de joyas, centenares de miles de euros y lingotes de oro, nos causa pavor, sorpresa, a lo peor nos sube varios dígitos el indicador de la presión arterial, pero ahí se acaba todo.
En el marco de esa reflexión, la indignación de la chica de la farmacia me resultó terapéutica.