Desde la retaguardiaMiquel Segura

La prudencia de la Prohens de los mil días» debería pasar a un mayor arrojo

Si esos primeros tres años han tenido que ser «los de los compromisos» a partir de ahora debería prevalecer el criterio de la excelencia por encima de cualquier otro

Me alegró la entronización de Margalida Prohens como líder indiscutible del centro derecha en Baleares. Su arrollador triunfo en el Congreso del PP -hay quien dice que se pidieron algunos votos en blanco para que el porcentaje no pareciera salido de un escrutinio «a la búlgara»- no deja el menor resquicio para la duda: estamos ante el liderazgo centrista más sólido desde los tiempos del añorado Gabriel Cañellas.

Las perspectivas -internas y externas- de la política campanera no pueden ser, en este momento más halagüeñas. Destrozado el PSIB-PSOE -el caso Zapatero, al parecer, no ha hecho más que empezar- desnortada y desorientada la extrema izquierda y con Vox en Baleares carente de un liderazgo sólido, Prohens aparece como la única alternativa posible de cara a las elecciones de 2027. Con todo, y creo que Margalida lo sabe, no debería confiarse.

Trabajé durante algún tiempo cerca de Prohens y creo poder afirmar que su único punto flaco es la distancia sideral existente entre su valía, capacidad de trabajo y resiliencia y las de sus inmediatos inferiores. También en ese sentido, me parece, empieza una nueva etapa. Si esos primeros tres años han tenido que ser «los de los compromisos» a partir de ahora -creo- debería prevalecer el criterio de la excelencia por encima de cualquier otro.

El PP que heredó la actual líder cuando Biel Company dimitió precisaba, sin duda, de un periodo transitorio, durante el cual lo más importante era unir la formación, templar gaitas con las diferentes familias que la componen, preparar y labrar la tierra para conseguir una cosecha más fecunda, la que recogió en 2023.

También hace tres años la falta de una mayoría absoluta -esos cuatro o cinco escaños que se le resisten a los populares en los diferentes comicios- aconsejó prolongar el periodo del equilibrio, tratar de quedar bien con todos, incorporar a personas a puestos de responsabilidad más como premio a fidelidades pasadas y presentes que a méritos demostrados. Prohens, más astuta de lo que pudiera parecer a muchos, lo comprendió rápidamente. Por eso se dejó guiar por criterios de una prudencia que algunos interpretamos como exagerada y que durante esos mil días mal contados ha costado el peaje de tener que dejar a algunos a la vereda del camino. Gente también prudente, comprometida con el programa del partido, que ha guardado un cauteloso silencio al verse obligada a hacerse a un lado por imperativos de una estrategia en cierto modo temerosa.

La fortaleza de la presidenta aconseja arrinconar la táctica del cerrojo para desplegar un juego más abierto

A partir de ahora, me parece, no tendría por qué ser así. La fortaleza de la presidenta y la debilidad de sus adversarios, aconsejan arrinconar la táctica del «cerrojo» para desplegar un juego más «abierto», menos pendiente de las fidelidades. Recordaré ahora una frase de Cañellas tras llevar a cabo una profunda remodelación de gobierno: «Se han acabado los compromisos». No quiero decir, ni mucho menos, que Prohens tenga que hacer tabla rasa con sus consellers y directores generales. Es más: pienso que al actual Govern debería culminar la legislatura, por aquello tan teresiano de «en tiempos de tribulación (léase electoral) no hacer mudanzas». Estoy hablando de un cambio de actitud y estoy seguro de que si Margalida lee este artículo, me entenderá perfectamente.

En su actual situación ya no cabe el miedo. Ya no importa lo que pueda decir o pensar Negueruela, lo de menos van a ser a partir de ahora las declaraciones y actuaciones de una izquierda que se halla en su nivel más bajo desde el inicio de la democracia. Las decisiones tomadas en la planta noble del Consolat deben ser ahora más valientes, sin temor a reacciones extemporáneas, sin tener que sacrificar estrategias o actuaciones necesarias a un mal entendido ejercicio de la prudencia o la fidelidad hacia personas -hay pocas, pero las hay- que no deberían estar donde están.

Nunca me creí del todo el eslogan de Vox, aquello de la «derechita cobarde». Pero algo había -hay- de eso y entiendo que formaba parte de una táctica impuesta por las circunstancias. Pero ese fregar se tiene que acabar. Sin altivez, pero con firmeza, la presidenta tiene que desechar los complejos. Tanto si mira hacia dentro como hacia fuera, a la derecha o a la izquierda. Prohens es valiente y sabrá hacerlo, eso me consta.

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