Desde la retaguardiaMiquel Segura

Excelencia en Indiana, flatulencias en Ferraz

Un domingo redondo en el que transcurrí por los senderos de la excelencia, yendo a darme de bruces con la mediocridad que nos asola

Fue un domingo redondo -o casi- de esos que te precipitan hacia un lunes empapelado de dulce modorra, sin ganas de hacer otra cosa que no sea contemplar el mar y dejar que tus pensamientos vuelen, el agridulce rodar de la moviola que nunca sabes a qué momento de tu vida te va a retrotraer.

En la madrugada del sábado a la jornada dominical ya me había acostado con la alegría de la «casi» victoria de Israel en Eurovisión y el papelón que hizo Pedro Sánchez con su ya más que manifiesta judeofobia. Qué alegría -pensé- si la jornada de mañana le trae otro buen revolcón. Pero no me acosté pensando en Andalucía, sino en el lejano estado norteamericano de Indiana, donde mi nieto Jaume Segura -segundo hijo del embajador- iba a graduarse en una de las universidades más prestigiosas del mundo, la Notre Dame.

Mi santa y yo habíamos pensado en viajar hasta allá pero la prudencia pudo más que el deseo: demasiado trajín en muy poco tiempo para nuestros cansados huesos, así que decidimos ver la ceremonia en vivo y en directo a través de Youtube.

El evento nos ocupó casi toda la jornada. Nuestros ojos escrutaban la pantalla del televisor tratando de distinguir el rostro de nuestro muchachote -22 añitos- entre el bosque de birretes. El acto me pareció solemne, fastuoso, muy americano. Interminable el desfile de los nuevos graduados, que aparecían en el escenario por riguroso orden alfabético. Eclosión de apellidos hispanos y preponderancia del género femenino. Me divertía leer y escuchar los nombres, algunos de lo más corriente, otros sonoros y eufónicos. Jaume Ovidio Segura Gandía se hizo esperar. Al verle aparecer, alegre y campechano, pensé que la vida me había sonreído y que pase lo que pase la estela de mi estirpe discurre ya por la galaxia de los tiempos. Le había pedido que nunca olvide de dónde viene, sus orígenes cercanos y remotos, ni la lengua que, pese a la lejanía, su papá le enseñó a hablar y escribir.

Sánchez me recuerda a los antiguos dirigentes de la Cooperativa Agrícola Poblense que en su día optaron por hundir a la entidad antes que admitir su fracaso

Entre felicitaciones mutuas y lágrimas de emoción casi se me pasó el tiempo del recuento electoral. Decidí cenar tranquilamente -la preceptiva copa de cava fue suprimida por temor a los gases nocturnos- dejando la política para después del postre. No me extrañó que Moreno Bonilla se quedara a las puertas de la mayoría absoluta -con aumento de votos respecto a las últimas elecciones, qué cosas tiene el señor d'Hont- ni tampoco la cara de cemento armado que exhibieron algunos socialistas de segunda o tercera fila al hablar de «fracaso de la derecha».

Eso mismo dijo, por cierto, el ignoto portavoz del PSIB, será burro: se hunden en la mayor de las miserias y luego nos vienen con esas. Había percibido tanta excelencia visionando el acto universitario que no pude aguantar ni un momento a nuestros cretinos e ignorantes socialistas obreros y españoles. Está claro que Sánchez no dimitirá ni convocará elecciones. Me recuerda a los antiguos dirigentes de la Cooperativa Agrícola Poblense que en su día optaron por hundir a la entidad antes que admitir su fracaso y dar paso a savia nueva. El marido de doña Begoña se cargará un partido centenario y luego se marchará por ahí, tal vez a un puesto en alguna organización árabe o quién sabe donde. Me importa una flatulencia de violonchelista. Con su pan se lo coma.

Pero...¿y el Mallorca? Lo sentí, pero es que estaba cantado. He ahí otro ejemplo de mediocridad, mala gestión y poca vergüenza. Deberían aprender del Unión Deportiva Poblense, cuatro chavales que no viven del fútbol pero que hacen soñar a todo un pueblo con ilusiones que, ahora se ve, no son inalcanzables.

A propósito del Mallorca RCD quiero contar una anécdota. Un presidente de la Comunidad cuyo nombre no voy a citar, cansado de ver cómo el equipo más representativo de la Isla se arrastraba por los fangos, citó a lo hoteleros más importantes y les pidió que aportaran conjuntamente los fondos necesarios para conseguir un equipo digno. No encontró sino excusas. La más pintoresca fue la que le objetó un hotelero de reconocida solera mallorquina y forana: «Yo lo haría con mucho gusto, presidente, pero es que mi suegro fue uno de los fundadores del Constancia».

Pues eso. Y no hay más.

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