Desde la retaguardiaMiquel Segura

Las volátiles defecaciones de las golondrinas o la impotencia del «ventilador» mallorquín

No cabe engañarse: el escándalo -escandalito, quizá- de los coches del Consell apunta a Llorenç Galmés. Es al presidente a quien Mes y PSIB -en especial el espectro de Cladera, que ya no da miedo a nadie- buscan despeñar por los cerros del desierto

Nunca he conseguido dejar República Dominicana sin que se me encogiese el corazón. Me ocurrió ya en mi primera visita, en el lejano 1989, cuando abandoné la isla con los ojos cubiertos de lágrimas. Desde entonces habré estado allí una docena de veces y siempre me ocurre lo mismo. Quienes me conocen saben que no resistiría una separación definitiva de Mallorca, pero la antigua Hispaniola me tiene robado el corazón. Serán los amigos que tengo allí, que se esfuerzan en obsequiarme con un sentido de la hospitalidad que nunca he visto en otra parte. O será el paisaje, el verdor exuberante, la elegancia de las palmeras reales. Esta vez, cómo siempre, me ha costado irme. Y luego viene el jet lag, algo así como un camión que se te pasa por encima. Adecuar tus ritmos circadianos a la diferencia horaria te cuesta un mundo, cada vez más según avanza el paso de los años.

Mallorca me pareció agobiada por la temporada turística recién inaugurada. Gente por todas partes, carreteras atestadas y un tiempo hosco para esta época del año. Ahora ya estoy casi seguro: la guerra no parará el mundo, las cifras económicas hablan de pleno empleo, todo parece rodar según lo previsto, tanto para lo bueno como para lo malo. Y la política, tan vulgar e irritante como siempre.

La táctica de aplicar el ventilador mallorquín para esparcir la caca socialista del gobierno de Sánchez me parece ridícula

Muchos centímetros cuadrados de papel para divulgar el uso privado de coches públicos por parte de Pedro Bestard, el hombre de Vox en el Consell de Mallorca. Muy feo, la verdad, aunque un tanto desproporcionado si tenemos en cuenta la montaña de detritos que tapa al gobierno de Pedro Sánchez y al PSOE en general. El fiscal Luzón ya habla sin tapujos de una «organización criminal cuyo líder era Ábalos», de las «empresas parasitadas por el poder público». Además, parece ser que el gobierno desvió 2.389 millones de euros de fondos europeos para pagar las pensiones. Se llama trampa contable.

A la vista de todo eso el hecho de que Bestard utilizara vehículos con chófer pertenecientes al Consell para fines particulares tres veces por semana a lo largo de todo el otoño parece una minucia, una grosería propia de Vox, que juega casi todo el partido fuera de banda, que hace perder el tiempo a los diputados isleños con propuestas que parecen salidas de «La que se avecina», que no respeta, en fin, la ciencia lingüística. Una salida de tono, otra, de unos advenedizos que irrumpieron con el ánimo de dar lecciones de ética y sentido práctico a todo el mundo pero que no parecen tener otro objetivo que alterar la paz del gallinero.

No cabe engañarse: el escándalo -escandalito, quizá- de los coches del Consell apunta a Llorenç Galmés. Es al presidente a quien Mes y PSIB -en especial el espectro de Cladera, que ya no da miedo a nadie- buscan despeñar por los cerros del desierto. Bestard les ha proporcionado la excusa para zaherir al de Santanyí que es quien de verdad les estorba. En realidad se explica -¿o será el cronista que ha regresado aletargado por el implacable sol del Trópico?- que un comportamiento inadecuado por parte de Bestard -reprobable a todas luces- provoque tal eclosión de portadas y dobles páginas.

La táctica de aplicar el ventilador mallorquín para esparcir la caca socialista del gobierno de Sánchez me parece ridícula y será del todo ineficaz. A no ser que las volátiles defecaciones de las golondrinas abulten más que los residuos sólidos y pestilentes de un toro la talla de Ábalos y su banda criminal.

Si lo sé no vengo.

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