Desde la retaguardiaMiquel Segura

La Loma, línea fronteriza entre la realidad y el desvarío

El mundo ha virado 'patrás, mijo', y lo evidente es ahora difícil de entender porque la moda está en lo incomprensible, lo complicado, lo anti natural

Cortas unos troncos para construir una empalizada y al cabo de poco tiempo les brotan hojas tiernas, de un verde luminoso. «La Loma» es una finca ganadera y agrícola que parece salida de un cuento de Gabriel García Márquez. No es fácil llegar a ese Macondo y cuando regreses nunca sabrás si los has soñado. La dificultad estriba en su camino de acceso, una auténtica torrentera que desafía la robustez de los vehículos que lo intentan. La cumbre es la eclosión, la línea fronteriza entre la realidad y el desvarío. La epifanía vegetal es de tal esplendor que emborracha los sentidos del hombre de la calle, atado a un ordenador. La casa, elemental, es acogedora y la palapa se asoma a una selva donde crecen los árboles del mango, de la papaya, los cocoteros, un sinfín de matas frutales cuyos nombres me resulta imposible retener.

«Papín» -así le conocen en toda la comarca- es un personaje singular. Agricultor, ganadero y empresario que cabalga entusiasmado sobre la ola del desarrollo turístico e inmobiliario del este de la antigua Hispaniola. Cree en el auténtico progreso porque proviene de los páramos de la pobreza y la necesidad. Me cuenta que el inmenso vergel de La Loma no es sólo obra de la Naturaleza. «Cada mata y cada rincón tiene la huella de mis manos». Su control sobre la efervescencia vegetal que nos rodea es casi absoluto. Y habla con una lógica abrumadora, lejos de la verborrea. Pese a dominar, como un pequeño deidad, todo lo que late y crece en nuestro entorno, no le escuché ni una vez la palabra «sostenible». Cree en el esfuerzo y en que las cosas cambian cuando la necesidad te empuja y la tierra es ancha y generosa. «El mundo ha virado patrás, mijo, y lo evidente es ahora difícil de entender porque la moda está en lo incomprensible, lo complicado, lo anti natural».

Lo evidente es ahora difícil de entender porque la moda está en lo incomprensible, lo complicado, lo anti natural

Papín tiene un extenso rebaño de vacas rojas que, según la Torah, eran el sacrificio más puro que se podía ofrecer al Altísimo, el nivel supremo de la expiación. Y tiene gallinas, pavos reales y caballos. Pero La Loma no es una finca de lujo. Hasta hace muy poco en la hoy remozada casita no había casi sillas. Comimos chivo y pollo frito con yuca abrazados por la inmensidad vegetal. Un escritor que conozco muy de cerca -y que no soy yo- tiene en esa cumbre su Shangri La soñado. Regresar, física y mentalmente, al mundo exterior, resulta costoso, molesto, con incidencias negativas sobre las articulaciones. Pero eso no importa. Yo recorrí no menos de 500 possessions (fincas rústicas) de Mallorca entre 1981 y 1988 y sé de lo que hablo. Bajas y compruebas que el mundo es el de siempre: intentaron matar a Trump por tercera vez, los amigos que te quieren te hacen dudar de todo, zahieren la frágil empalizada de tus convicciones y te obligan a preguntarte si, al final, habrá valido la pena luchar por ellas o más bien deberías haberte ocupado de especular con el ladrillo. Ahora mismo el mundo contiene la respiración. ¿Y si llega el colapso? ¿Y si todo fuese mentira? ¿Y si los aviones dejan de volar?

Apenas queda tiempo para replanteamientos. Porque La Loma, todos los lugares mágicos que he visto, existen. Porque no puede ser verdad que el mal haya vencido. En todo caso -y eso puede ser peor- lo ha hecho la estupidez. No habrá replanteamientos, pero se hará urgente empezar a preparar el regreso.

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