Desde la retaguardiaMiquel Segura

El 'estilo Santanyí' de Llorenç Galmés: la fórmula del éxito en Mallorca

Ese muchacho es de Santanyí y eso imprime carácter para consolidarse como el referente de la estabilidad y el pragmatismo en los pactos con Vox

Se estaba bien bajo el follaje del majaua, su viejo tronco retorcido, quizá atormentado por la eclosión de luz que lo envolvía. Las tumbonas colocadas a la sombra del antañón hibiscus elatus -nombre científico del árbol- son las más solicitadas por los turistas que acuden al Beach Club, donde una cerveza no demasiado fría puede costarte 10 dólares. Pero en esa zona de la playa hay wifi gratuito y ahí me acerco para captar las noticias que, previo repique estridente, me van llegando desde casa. Al amparo de la reconfortante sombra, asediado por un sol cegador, me entero de que Llorenç Galmés ha revalidado su cargo de presidente del PP-Mallorca con un aplastante 99'8% de los votos. Así da gusto, ¿verdad?

Tres años, tres, ha gobernado Galmés el Consell Insular de Mallorca con el apoyo de Vox en un clima de entendimiento que no se ha dado en el resto de las instituciones autonómicas. Ese muchacho es de Santanyí y eso imprime carácter. En este pueblo del Migjorn los populares vienen gobernando desde el restablecimiento de la democracia. Es como en la aldea de Astérix: ahí están los lugareños, pertrechados, mientras los otros, los «romanos» se las arreglan cómo pueden más allá de las empalizadas.

Si alguien en Mallorca sabe lo que es y cómo se administra una mayoría absoluta esos son los peperos santanyiners que, además, se entienden a las mil maravillas con los culturetas de la villa, a los que tienen más contentos que un perro con dos colas. Pero en el Consell no se dio esta circunstancia y Galmés no tuvo empacho en pactar con los de Vox y cederles algunas áreas de gobierno. Muchos auguraban un desastre -la primera, la jefa de la oposición, Catalina Cladera, hoy una flor mustia, como Armengol, qué tiempos aquellos en los que las dos señoras reinaban sobre las huestes progresistas con mano de hierro y guante del mismo material- pero el tiempo pasó y no hubo nada.

PP-Vox han convivido en Mallorca sin sacarse los ojos ni vituperarse mutuamente y yo me pregunto por qué no ha podido ser así en el Govern y en Palma"

Algunos se extrañaban al pasar por el palacete neo gótico de la calle Palau Reial y no ver colgando de su fachada las banderas del III Reich, pero ahí estaban la europea, la balear y la española en buena paz y armonía. Ahí estaba el mundo real, un gobierno local PP-Vox que, dentro de las inevitables limitaciones, administraba el día a día insular con un acierto indudable. Hubo un poco de lío con el conseller Marcial, el de Turismo, pero ahí entró el clan de Campos y resolvió el tema colocando a Pallisseta -viejo uemíta, experto en política de pactos- y el balón siguió rodando.

PP-Vox han convivido en el Consell de Mallorca sin sacarse los ojos ni vituperarse mutuamente en un festival de improperios y yo me pregunto por qué no ha podido ser así en el Govern y el ayuntamiento de Palma. Algo habrá ahí del sentido práctico de la política tal como la entiende Galmés y yo digo que no es malo porque, aunque me siento a años luz del partido de Abascal, pienso que también es verdad que no llegaron a la cosa pública a través de una asonada militar, sino gracias a los votos que, equivocados o no, les otorgaron un buen número de ciudadanos.

Galmés quiere repetir, eso es evidente, pero primero tenía que someterse al veredicto de las urnas gastro internas, que son las del partido. El sábado reivindicó la presidencia del PP-Mallorca de manera aplastante -quizá, incluso, demasiado aplastante- y ahora le queda un año para dejar contentos a la mayoría de mallorquines y vuelta a empezar. Es verdad que todavía pueden pasar muchas cosas pero las perspectiva de Llorenç son más que excelentes.

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