El catolicismo, ¿eclosión o decadencia?
En mi lejana juventud predominaba demasiado la faceta de una deformada contemplación de un Padre justiciero, al que había que temer, sin que nos diéramos cuenta de la realidad de un Padre misericordioso, que nos quiere más que nadie, y en continua búsqueda de un hijo al que se anticipa para una donación de entrega amorosa
Resulta llamativo que, cuando se consulta en la IA el concepto de catolicismo, después de decirnos que es la rama más numerosa del cristianismo, destaca que se caracteriza por su «estructura jerárquica bajo la autoridad del Papa en el Vaticano». Yo, sin embargo, he elegido este término para singularizarlo dentro del cristianismo y no precisamente por esa limitada perspectiva organizativa, sino por considerar que es la genuina depositaria de la fe que Cristo confió a su Iglesia que «es el pueblo que Dios reúne en el mundo entero», tal como determina su Catecismo. Y enseguida quiero anticipar que la disyuntiva que figura en el título de este artículo deseo situarla en el contexto del actual desarrollo de la «llamada universal a la santidad», identificándonos con Cristo conforme a la específica vocación que cada uno tenemos en esta vida.
Algunos consideramos que, en tiempos recientes, hay datos de conversiones al cristianismo, peticiones para recibir sacramentos, movimientos eclesiales deseosos de profundizar en nuestra fe, y hasta retornos al catolicismo verdaderamente alentadores. En algunos casos, más que retornos desde otras ramas del cristianismo -así desde el anglicanismo- se puede hablar de conversiones procedentes de otros credos con gran importancia en la historia de la humanidad. Tal es el caso de lo ocurrido con relevantes judíos que, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, han considerado ya es hora de reconocer que efectivamente Cristo es el verdadero Mesías. Precisamente la película/documental «En busca de Mesías», estrenada en estos días, trata de este acontecimiento con interés y solvencia y merecerá algunos comentarios más extensos por nuestra parte. También que, en esa vuelta de mirada hacia Dios, hay una significativa presencia de una juventud cansada de una visión superficial de su existencia y deseosa de autenticidad y sentido de la propia vida.
Pero el giro positivo comentado, aunque otros estimen que no es tal, debe situarse también en el ámbito de una nueva perspectiva del Dios en el que creemos. En mi lejana juventud predominaba demasiado la faceta de una deformada contemplación de un Padre justiciero, al que había que temer, sin que nos diéramos cuenta de la realidad de un Padre misericordioso, que nos quiere más que nadie, y en continua búsqueda de un hijo al que se anticipa para una donación de entrega amorosa. Aunque desde luego esa concepción no suponía una merma de los otros atributos de la divinidad, ahora, al desarrollarla en la atmósfera del verdadero Amor, encuentra el equilibrio de una balanza de justicia que cede su rigor concediéndonos siempre la oportunidad de abrazarnos a cada uno por nuestro nombre.
En este análisis positivo del actual resurgir de nuestra fe, quiero ahora fijar mi atención en la evolución de los diversos caminos para alcanzar la meta de la santidad a la que universalmente somos llamados. Volviendo de nuevo a la comparación con las ideas recibidas en mi época juvenil creo que el llamado «contemptus mundi» y el neoplatonismo medieval reservaba demasiado los caminos de perfección al mundo clerical, entendiendo el mundo laical como una especie de sucedáneo de segunda fila que, «pareciéndose» a aquel, permitía llegar también, a la meta común del modelo común que es Cristo.
Quizás esta simplificación, hecha en términos gruesos, no se mostraba claramente, pero yo he vivido una época en que la espiritualidad laical promovida por San José María Escrivá y su sucesor el beato Álvaro del Portillo era contemplada bajo sospecha de sectarismo. Luego, la espiritualidad conyugal del padre Caffarel, han confirmado en los dos últimos siglos lo que en los primeros tiempos del cristianismo era vivido con la naturalidad de «una nueva relación con Dios que se afirmó en la vida real y concreta», como ha expresado Elisa Estévez López (Universidad de Comillas), sin ninguna jerarquización sino como «formas de servicio».
La diferenciación entre laicos y clérigos a este respecto aparece en Ireneo (180-200 d.C.). «La espiritualidad del movimiento cristiano en su periodo formativo – como dice la misma autora- es esencialmente la de grupos de hombres y mujeres creyentes que caminan como pueblo que fortalece los lazos de comunión en la diversidad, que se afianzan en su llamada común a la santidad como elegidos de Dios para hacer realidad su proyecto de amor en medio de la historia». El discernimiento, por tanto, está en considerar cuál es la voluntad de Dios en tu estado, en tu trabajo, en tu familia, en el lugar donde vives.
El apóstol Pablo, una vez convertido, sigue fabricando tiendas en sus viajes evangelizadores. El discernimiento consiste, insisto, es una herramienta de búsqueda de la «voluntad manifestada se Dios» estando atento a las mociones diarias de su «voluntad de beneplácito». El cardenal Lustiger, cuando escribió el prologo a la biografía de Caffarel escrita por Allemand, recalcó que el listón de la santidad es el mismo para la gente corriente, sin que esa meta suponga jerarquización alguna. Dios va llevando a su Iglesia de tal manera que los ajustes de rumbo en su historia alcancen las metas de su Providencia. En nuestro tiempo, los signos derivados de la primicia de su mensaje de amor y la llamada absoluta y universal a la santidad, sin distinción entre las diversas vocaciones, constituyen a mi entender las claves del renacer del Catolicismo.
Federico Romero Hernández es Jurista