Los signos de los tiempos y el anglicanismo
La separación con Roma fue impuesta desde arriba por una élite cultural y económica comprada por el Rey con prebendas y beneficios, entre los que estaban los «clérigos complacientes» encabezados por Cranmer, arzobispo de Canterbury
La asamblea episcopal alemana, en el ámbito del camino sinodal, ha planteado un importante conflicto al considerar «los signos de los tiempos» como una cuarta fuente teológica, añadida a las Sagradas Escrituras, la Tradición y el Magisterio de Iglesia. Esas tres fuentes teológicas tradicionales requieren un previo proceso de depuración y discernimiento que garantiza su objetividad y evita que, tratando de cuestiones esenciales, una interpretación limitada a un sector de la Iglesia pueda afectar al conjunto de ella.
En lo que al Magisterio de la Iglesia se refiere, le corresponde «el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios oral o escrita… el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo» e implica el análisis de la realidad de cada época para determinar el impacto que debe tener en la doctrina teológica sin apartarse del tesoro confiado por Cristo a su Iglesia y bajo el Primado de Pedro, conforme las palabras recogidas en los Evangelios (en Mt. 16, 2-3; Lucas 12, 54-57, el Concilio Vaticano I y el Catecismo de la Iglesia Católica).
Saber desvelar «los signos de los tiempos», supone desde luego un ejercicio de interpretación histórica, que lógicamente exige tener una perspectiva que permita un cierto distanciamiento de los hechos estudiados, para valorarlos en su justa medida. Esta valoración forma parte de la tarea que debe desarrollar el Magisterio de todos los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, para los católicos.
Lo dicho hasta aquí ha tratado de ser un preámbulo conveniente respecto a una serie de «signos» recientes de acercamiento actual entre la Iglesia católica y el anglicanismo. Me ha parecido oportuno hacerlo el día que escribo esto, cuando el santo cardenal Newman ha sido declarado Doctor de la Iglesia, que lideró el importante «Movimiento de Oxford» y que supuso en su día un punto de inflexión histórica en esa aproximación.
Estamos acostumbrados a simplificar el origen de ese cisma, quizás porque se produjo por un suceso tan mediático, coma mediático fue el propio Enrique VIII que lo provocó, hace unos quinientos años. Y digo simplificar porque el cine y la literatura omiten aspectos relevantes sacrificándolos en beneficio del relato. Enrique VIII era un teólogo bastante capaz que defendió al Papado frente a Lutero, hasta tal punto que el Papa le otorgó el título, que todavía ostentan los monarcas ingleses, incluido Carlos III, de «Defensor de la fe». Sus diálogos con santo Tomás Moro, antes de la ruptura que costó a éste la misma vida, debieron tener más contenido que los resaltados por las diversas expresiones dramáticas.
En el estudio del especialista Ronald Baron para la Enciclopedia Rialp, sobre la voz «anglicanismo», se nos recuerda las renuencias del pueblo a aceptar la separación con Roma. Ésta fue impuesta desde arriba por una élite cultural y económica comprada por el Rey con prebendas y beneficios, entre los que estaban los «clérigos complacientes» encabezados por Cranmer, arzobispo de Canterbury. Una gran mayoría del pueblo aceptó forzadamente los cambios introducidos por el cisma y por el poder seglar y que, en expresión de Baron, «mantuvieron como mejor pudieron la fe católica dentro del marco de la Iglesia oficial». Pero incluso hubo quienes permanecieron fieles a Roma, volviendo casi a las catacumbas, y que tras un largo periodo de persecución, pudieron restablecer la jerarquía católica actual bajo la primacía de una sede en la abadía de Westminster.
Desconocemos si la actual situación de la Iglesia anglicana va a propiciar un acercamiento a la Iglesia católica, como apunta monseñor Munilla o, por el contrario, como considera monseñor Michael Nazir-Ali -antiguo obispo de Rochester, recibido en la Iglesia católica en 2021- lo va a dificultar, al «decidir claramente seguir el camino de las denominaciones protestantes liberales, abandonando cualquier pretensión de defender la sucesión apostólica católica».
Por lo que respecta al obispo español, el prelado ha señalado que este cisma, calificado como GAFCON (Global Anglican Future Conference), unido a la simbólica oración en común de León XIV con Carlos III de Inglaterra, en el Vaticano, y al hecho constatado del creciente aumento de jóvenes que han pasado del anglicanismo al catolicismo son «signos de los tiempos» del ecumenismo tendente a la unificación de la Iglesias cristianas. En ese deseado proceso, no podemos olvidar que el Concilio Vaticano II, hablando de las comuniones cristianas separadas de Roma nos dice: «Entre las que conservan en parte las tradiciones y las estructuras católicas ocupa un lugar especial la comunión anglicana» (Decreto el Ecumenismo, 13). Ésta se define a sí misma como «una asociación de aquellas diócesis, provincias, …etc.., en comunión con la sede de Canterbury».
Antes de pasarse al catolicismo el nuevo Doctor de Iglesia católica cardenal Newman, estudiando la teología patrística y la historia eclesiástica, (junto con Keble, del movimiento de Oxford) llegaron a la conclusión en aquella época de que «la Iglesia de Inglaterra, a pesar de su separación de Roma, en todas sus actas oficiales, 'nunca había hablado de ninguna otra Iglesia más que la católica, ni de ninguna fe distinta de la fe católica'». No olvidemos que, en el fondo, el anglicanismo no se produjo por razones teológicas esenciales sino políticas. Esperemos que «los signos de los tiempos» nos acerquen al deseo expresado por Jesucristo: Ut omnes unum sumun.