Al tenazónRafael del Campo

«¡Te quies ir ya!»

Sevilla estaba tan hermosa el pasado sábado que me vinieron, forzosamente, a los labios, los versos del poema «Andalucía», de Manuel Machado…esos en los que el poeta describe, con escasos pero acertados recursos, las capitales de nuestra región : « Cádiz, salada claridad, Granada, agua oculta que llora, romana y mora, Córdoba sultana…» El poema lo abrocha Don Manuel refiriéndose a su ciudad natal, Sevilla, pero ya sin calificativo alguno. Dice sólo «……y Sevilla» pporque, probablemente, a Sevilla, en la mente y en el sentimiento del poeta, no le hace falta adjetivos; ella es sólo eso: Sevilla.

Andorreaba yo, pues, en Sevilla, en la Venta de Antequera, donde están enchiqueradas algunas de las corridas que se lidiarán en la Maestranza. Era una mañana luminosa y poética, y estaba rodeado de buena gente y toreras sensaciones. Había simpatía en el personal. Señorío. Una cercanía serena y alegre, vital. Respetuosa. Eso es poco más o menos, según yo pienso, la educación. Señorío: desde la amable señorita que nos informó en el acceso a la Venta de la ubicación de las distintas ganaderías, hasta el eficiente y elegante camarero que nos había de servir luego unas cañitas de cerveza en vasos de cristal helado y finísimos… Poco antes de trasegar la cerveza había contemplado a los bellos toros de «La Quinta» , de capa negra o cárdena, redondas culatas y hermosas encornaduras. Impresiona verlos a escasos metros e impresiona, mucho más, confrontar nuestros ojos con su mirar, un mirar que, en una especie de oxímoron increíble, es mitad noble y mitad iracundo. Entonces, no sé por qué, tal vez conmovido por la emoción del momento, por el señorío del personal, por la belleza de los astados, musité para mí mismo, el poema de Machado. Y lo abroché con su último y genial verso, tan simple, tan hondo: «...Y Sevilla». Eso de recitarse poemas a sí mismo es un vicio barato pero muy complaciente. Sólo hace falta tener buena memoria, aunque esto no es tampoco una virtud reseñable porque, según dijo Einstein ( o al menos se le atribuye ) «la memoria es la inteligencia de los torpes».

Junto a esa elegante placidez de la Sevilla taurina había de contemplar, más tarde, culebreando por las calles, la invasión de futboleros: unos hinchas del Atleti y otros de la Real. Por las amplias avenidas de la ciudad, en los rincones más típicos, en los tabernáculos más castizos, hasta en el Hotel Colón, el hotel de los toreros, transitaban ríos de de personas, unos colchoneros, otros blanquiazules, con las camisetas de sus respectivos equipos. Y hacían tiempo antes de que empezara la final de la Copa del Rey. Agitados y cantarines. Más bien desaliñados. Sudorosos. Algunos ( o más que algunos ) con una «papa» estruendosa. Venir desde lejos, a una ciudad tan hermosa, para acabar vomitando en una esquina dice mucho de la estulticia del sujeto. Aunque, ciertamente, cada uno se divierte como quiere, y allá cada cual con sus vicios y virtudes, sus aciertos y sus estupideces.

Horas más tarde, en el estadio, al sonar el himno nacional con el Rey presente, las hordas de la Real se aprestaron a pitarlo. Este lamentable acontecimiento se repite año tras año, con la indiferencia de la autoridad competente, cuando algunas de las aficiones presentes es vasca o catalana. A mí me parece muy bien ( bueno, la verdad es que me da igual ) que catalanes o vascos quieran o no ser españoles. Y me son indiferentes sus sentimientos. Quieran o no son españoles, así que pataleen lo que gusten. Pero, eso sí, merecen mi más absoluto desprecio. Por groseros. Por ineducados. Y por imbéciles. No se puede ir a la Final de la copa del Rey de España y pitar el himno de España, en una ciudad que los acoge con señorío y cercanía. Me acordé de la clase , de la simpatía, del personal de la Venta de Antequera…y de Sevilla. Los comparé con esos orcos de la Real. El vómito, dicen, es una reacción muy natural al asco.

Es este país, una nación de tolerancia extrema y de extrema intolerancia, las dos cosas al tiempo y a la misma vez. Pero según. Dile «negro» a un negro ( que obviamente es negro ) en un campo de fútbol y te sancionan o te imputan; atrévete a cantar «musulmán el que no bote» en un partido, y las izquierdas «tolerantes» te desuellan. Ahora bien: ante la máxima autoridad del Estado pita el himno del país que organiza la Copa, en una ciudad española, ante miles de españoles, y no pasa nada porque eso, según los que mandan y comandan nuestra opinión ( de momento ) eso es libertad de expresión.

Es más que conveniente, muy necesario diría yo, empezar a poner límites a estos que por nuestra dejadez hacen de su mala educación y grosería una norma de vida. Y reaccionar, de una puñetera vez, con señorío pero con contundencia. Y cuando el «bien queda» de turno sostenga que esas actitudes son tan sólo consecuencia de la libertad de expresión, responderle, como diría el castizo : «¡ Te quies ir ya !».

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