Don Juan Carlos, ya es hora del volver
En la década de los ochenta, cuando yo era apenas un recental obsesionado con la lectura, me empiqué con los textos y libros que trataban sobre el 23-F, en una especie de locura similar a la que Don Quijote sufría con los libros de caballerías. Recuerdo con nitidez que apliqué gran parte de mis ocios del verano de 1.982 en leer « Con la venia, yo indagué en el 23 F», de esa gran periodista y escritora que es Pilar Urbano a quien no se ha hecho, tal vez por ser católica recalcitrante, toda la justicia institucional que sin duda merece.
Mientras mis amigos se divertían en menesteres más ajustados a nuestra recién estrenada adolescencia y se lamentaban por el desastroso papel jugado por nuestro país en la copa del Mundo celebrada en España aquel verano, yo me zambullía en el frustrado golpe del Estado, y trataba de comprender a los personajes implicados ( Don Juan Carlos, el general Armada, Milans del Bosch, Tejero…) y a las grandezas, miserias, aciertos o equivocaciones que los movieron aquel día. A todos ellos los contemplo hoy, 45 años después de los hechos, con el sentimiento con que suelo mirar al pasado y valorar la historia: con piedad. Y a algunos, además, con trémula admiración. Además del señalado libro de Pilar Urbano, recuerdo otros títulos, como jalones de una trayectoria lectora sobre una temática que desde entonces me ha interesado: «Técnica de un golpe de Estado» de Martin Prieto, «Jaque al rey» de Julio Merino y Santiago Segura «La pieza que faltaba» de Ricardo Pardo Zancada, hasta el reciente «Anatomía de un instante» de Javier Cercas.
Por ello, cuando estos días se anunció la desclasificación de los documentos secretos del 23 F, sentí una comezón inquietante, una chispeante curiosidad, la intriga de imaginar que pudieran surgir nuevas informaciones que vinieran a completar la verdad de la asonada. Más, una vez vistos, aun parcialmente, esos documentos, la sensación ha sido de cierta atonía. Casi todo lo que se dice, ya era sabido. Y lo novedoso, nada aporta a las investigaciones publicadas por los autores en estas décadas pasadas. Ni tan siquiera el morbo de las grabaciones de conversaciones entre Juan García Carrés y el periodista Emilio Romero o entre la esposa del Teniente Coronel Tejero y su marido, me han resultado interesantes: ya se conocían. Si acaso, me ha producido un reconfortante solaz ver confirmado el papel de Don Juan Carlos, como verdadero artífice del fracaso del golpe. Imaginar la frustración que ello ha causado a « belarras» «monteros» «rufianes» y a toda la corrobla de izquierdosos «comeollas» me es muy grata, qué le vamos a hacer.
Al hilo de la confirmación del providencial papel de Don Juan Carlos, el señor Núñez Feijoo ha traído a la palestra una cuestión que los españoles debemos abordar sin mayor dilación: la vuelta a nuestra patria ( su patria ) de Don Juan Carlos. Junto con su reconocido y nuevamente enfatizado papel en la asonada del 23 de febrero de 1.981, la balanza de su reinado se inclina claramente a favor de los intereses de España. Posiblemente haya sido el mejor rey de nuestra historia. No me han sorprendido, sin embargo, las estupideces que al hilo de este tema han expelido los de siempre: «belarras», «rufianes» y demás excrecencias partitocráticas, de lengua larga y entendimiento corto . Pero sí me ha sorprendido ( y disgustado ) el comunicado de la Casa Real, puntualizando que, de volver, Don Juan Carlos tendría que tributar en España. Era una puntualización innecesaria y malvada. Innecesaria, porque lo único exigible al rey sería que cumpliese la ley y, por ende, tributara en España si permaneciese más de 183 días, durante el año natural, en territorio español. Avanzo que yo sería muy gustoso de darle una clase de Derecho Tributario al «chamariz» que ha hecho tal comunicado y ponerlo al día de los rudimentos de la fiscalidad, para que no vuelva a incurrir en patochadas similares
Mas, como digo, la comunicación de la Casa Real es además malvada porque trata de deslizar ( subrepticiamente, o no tan subrepticiamente ) la idea de que Don Juan Carlos es un defraudador fiscal, al que sólo se admitiría si tributase en España, si no utilizase artilugios tributarios para eludir impuestos. Sin embargo, conforme a la ley, Don Juan Carlos nunca ha sido un infractor tributario, de modo que esa maldad, podrían habérsela ahorrado.
Hubiera sido más noble que la Casa Real hubiese manifestado su acuerdo con la vuelta de Don Juan Carlos. Pero eso, tal vez, hubiese sido pedir mucho a un ente que de mueve en el ambiguo terreno de la indecisión. O, al menos, que hubiese guardado un discreto silencio. Siento, palpo, que la gente reclama más claridad; siento, palpo, que los españoles aprecian más a los valientes que a los melifluos; más a quienes dicen lo que piensan que a los que piensan lo que les conviene.
De seguir así las cosas, algún día los españoles lamentaremos que Don Juan Carlos, al que tanto debemos, haya muerto fuera de España. De acontecer ello así, el rejonazo reputacional que sufriría el actual monarca ( como rey y como hijo ) sería demoledor. No se puede torear siempre al hilo del pitón. Algunas veces hay que cruzarse, aunque ello suponga poner en riesgo la femoral. Sobre todo, cuando es el prestigio , la dignidad y el bienestar de un padre lo que está en juego.