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TribunaFederico Romero

El apocalipsis ahora y siempre

No es mala cosa distanciarse de los acontecimientos presentes y diseñar estrategias a medio y largo plazo. Una de ellas es modificar el sistema electoral, evitando que, con solo un 2% de los votos obtenidos, una minoría incluida en tan exiguo porcentaje, mediaticen al gobierno

La palabra apocalipsis nos evoca algo así como catástrofe final. Sin embargo, su significado genuino y etimológico, que es el significado bíblico, es mucho menos siniestro. Sencillamente equivale a «revelación». Extraordinarias obras literarias, –como Heart of Darkness de Conrad– o cinematográficas –como Apocalypse now de Coppola–, han insistido en su sentido tenebroso, pero aplicándolo a hechos concretos de la historia que realmente han merecido dicho apelativo. El último libro de la Biblia ha sido objeto de arduas discusiones teológicas, que incluso han concluido en su mayoría que su redactor no fue el apóstol San Juan, sino alguien, incluso un colectivo, que adoptó el nombre de Juan. Recientemente Monseñor Silvio José Báez, obispo auxiliar de Managua, ha impartido un curso de ocho lecciones, explicando las claves interpretativas del sagrado libro que concluye con una apertura final a la esperanza (Ap. 21. I-7) y que ha de ser leído, como todos los que componen la Biblia, sabiendo que su sentido simbólico sirve a la idea central de la relación salvadora de Dios con todos los hombres. Los acontecimientos recientes, en España y en el mundo, nos pueden parecer apocalípticos, en el sentido escatológico que antes he mencionado. La pasada pandemia del covid, las danas, las guerras limitadas y amenazantes, los comportamientos autocráticos, mendaces y corruptos de algunos dirigentes políticos, los cruentos atentados, las persecuciones a causa de las creencias religiosas…semejan las plagas de Egipto o, más bien parecen anunciar el final de los tiempos, conforme al sentido inapropiado antes aludido, con un trote aterrador de cuatro jinetes que montan los caballos desbocados tras la apertura del séptimo sello.

Siempre ha habido en la historia de los hombres etapas que podrían parecer encuadrables en una versión siniestra del apocalipsis, pero también en la visión esperanzadora que está en su esencia, e integrada en la de carácter salvífico de la Biblia entera. Rémi Brague que ha hecho un estudio exhaustivo de «la experiencia humana del universo» en su obra La sabiduría del mundo, nos recuerda que San Buenaventura lo expresaba diciendo que «el mecanismo astronómico es el instrumento de un plan de salvación». Es necesario para ello tener una perspectiva amplia de los acontecimientos que favorecen –quizás justificadamente– la desesperación, si no se tiene la conveniente frialdad que confiere la virtud de la esperanza y la contemplación ecuánime del conjunto de los hechos históricos. Pocos autores han hecho un análisis global de los tiempos de la historia con esa amplitud de miras como el filósofo Karl Jaspers en su ensayo Origen y meta de la historia. Articula su estudio en función de una etapa histórica relativamente limitada, a la que llama tiempo-eje, entre los años 1500 y 1800 D.C. y circunscrita al mundo occidental. Y aún reconociendo la objeción de dicha limitación y de que lo común a los hechos acaecidos es aparente o que más que un hecho es un juicio de valor sobre ellos, reivindica la tesis de que «en la comprensión común y en la valoración, que es indisoluble con aquella, el tiempo-eje se nos hace patente en su significación, válida para la humanidad en general». Pero lo que más nos interesa destacar, a los efectos de este artículo, es la lección que se nos da de que es necesario distanciarse de los acontecimientos de una determinada época, valorándolos en relación con épocas pasadas y apreciando los elementos unitarios de ella que nos permitan obtener conclusiones objetivas y válidas para el presente. Una visión microscópica del presente nos puede influir en contemplar los hechos actuales como apocalípticos, pero integrándolos dentro de una estructura histórica, donde la analogía con acontecimientos del pasado y la experiencia obtenida de ellos ayudan a utilizar los resortes adecuados para resolver los que dependen de una actividad humana, son muy convenientes.

No es la primera vez en la historia en que, refiriéndonos ahora a la actividad política, la mecánica electoral válida para un determinado momento, haya hecho que una democracia meramente formal haya impedido la realización de una verdadera democracia y que la apariencia de libertad haya destruido a la verdadera libertad. A ello debe unirse que el ejercicio de instituciones estables, que debían servir para neutralizar tan graves anomalías, al ser sometidas al poder político, hayan abdicado de su importante función. La historia nos ha enseñado sin embargo que apelar a soluciones radicales, e incluso cruentas, no son buenas. Comprendo la abundancia de artículos que, en los diversos medios, aunque desde luego nunca los pastoreados por el gobierno actual, levanten la voz, algunas con tintes apocalípticos, dirigidos a crear un clima de final de etapa que propicie que efectivamente abandonen el trono de su poder. Sin embargo, cuando el propósito primordial es blindarse en sus asientos –sobre todo si sus horizontes cercanos les auguran un difícil futuro personal, si no están convenientemente abrigados por el 'metálico' de sus carteras privadas–, no me parece tarea fácil.

No es mala cosa distanciarse de los acontecimientos presentes y diseñar estrategias a medio y largo plazo. Una de ellas es modificar el sistema electoral, evitando que, con solo un 2% de los votos obtenidos, una minoría incluida en tan exiguo porcentaje, mediaticen al gobierno. La otra, a más largo plazo, dotando a la población de una ética social y democrática que les permita elegir a los más adecuados para gobernar. El Apocalipsis termina bien.

Federico Romero Hernández es jurista

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