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TribunaRafael López-Alonso Santibáñez

La dignidad herida

La posibilidad de supervivencia humana y nuestra integridad moral como personas en los valores que siempre han dignificado al ser humano, se ven en gran peligro por las bípedas alimañas que premian e incentivan la mentira y la mediocridad y sonríen con muecas bufonescas ante la dignidad y el honor

Un estudio teóricamente serio nos informa de que a pesar de las mentiras, robos, descalabros, ignominias y engaños de estos impresentables moralmente discapacitados que nos gobiernan, los españoles, en un porcentaje superior al cincuenta por ciento, votaría mañana de nuevo a esta gente innoble, con el peregrino argumento de que eso son cosas que pasan, sin mayor importancia, comportamientos inherentes al ser humano que hemos de aprender a asimilar y a excusar. Así, con un par.

A mí me parece que el tremendo problema en el que estamos inmersos en España –y claro está que en el resto de occidente no andan lejos– es el de la rotunda falta de valores que nos está llevando, con tanto disimulo como constancia, al patético abismo de la degeneración y la inmundicia. Se incentivan y premian la mediocridad y aún la farsa y la mentira como aceptables formas de vida (ruin y despreciable, pero ventajosa para los mediocres). Nos estamos cargando los valores que conforman, que han de conformar, la dignidad. El honor, la integridad, la decencia la justicia y la honra, son elementos imprescindibles en la dignidad humana e inherentes a la calidad del hombre digno de respeto, Sin estos valores, por mucho que queramos, no somos personas, somos peleles.

Vivimos, cada vez más y sin apenas darnos cuenta, en el triste foso de la indignidad. Una mezquindad ignota va abriéndose paso en nuestra sociedad degenerada por la abyección y la egolatría. Sufrimos tiempos tristes y éticamente míseros. Nuestros políticos de todo color e ideología (aunque los socialistas estén en un nivel de decadencia muy superior al resto) son, en puridad, gente mediocre en su nivel cultural e intelectual y más que limitados en sus valores morales. Pero seamos justos. Nosotros, la sociedad que los soportamos, no somos mejores. Hay complicidad en nuestro conformismo y nuestro silencio. En vez de lapidarlos a todos en plaza pública (en sentido figurado, aclaro), mínimo castigo que merecen los canallas, les permitimos sus tropelías sin rechistar y sus mentiras, sin denunciar, cuando lo propio sería tirarlos al agua a patadas (ahora sí, en sentido literal).

Así están los bolos pinados en nuestra pobre España. Prima la indignidad. Hace un par de meses, unos ecologistas bienintencionados repartieron tres docenas de pollos de urogallo en nuestros bosques para intentar paliar el enorme peligro de extinción al que está sometido esta ave maravillosa.

A las dos semanas, las alimañas habían acabado con ellos, dejando al urogallo en el mismo grave riesgo de extinción en el que estaban. Con la dignidad pasa lo mismo. La posibilidad de supervivencia humana y nuestra integridad moral como personas en los valores que siempre han dignificado al ser humano, se ven en gran peligro por las bípedas alimañas que premian e incentivan la mentira y la mediocridad y sonríen con muecas bufonescas ante la dignidad, el honor y la honradez. Malos tiempos para la lírica. Y al ser la ignorancia la madre del atrevimiento y estar los españoles regidos por ignorantes supinos y peleles amorales tenemos la ética obligación de no callarnos. De no dejarnos humillar por la indignidad de los cretinos.

La pregunta es: ¿Nos da vergüenza haber llegado hasta este estado ruin? En la respuesta está la esperanza de nuestra solución.

  • Rafael Lopez-Alonso Santibáñez es empresario
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