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TribunaRafael López-Alonso Santibáñez

Los niños

Allá cada cual. Es menester capacidad de sacrificio (mucha) y generosidad (mucha más) para tener hijos en los tiempos que corren por nuestra sociedad; esto es tan evidente como natural. Así existimos nosotros, todos quienes vivimos, gracias a esa generosa decisión de nuestros padres

En los tres últimos meses he recibido el tesoro impagable y bendito de dos nuevos nietos, que suman cinco milagros a mi haber. Cinco milagros, rebosantes de cariño y salud, que me convierten en un hombre millonario en amor y rotundamente feliz como persona, como padre y como abuelo. También tengo, tenemos mi mujer y yo, cuatro hijos igualmente sanos y felices con los que venimos compartiendo los últimos ocho lustros, nuestras inquietudes, triunfos, problemas, esfuerzos, disgustos, logros y alegrías. Somos (dicho sea con la misma humildad que orgullo) una gran familia feliz como tantas otras que, afortunadamente, conforman nuestra sociedad. Así de sencillo. Y así de extraordinario y maravilloso. Me viene ahora a la cabeza el viejo chiste de la anciana mujer que junto al confesionario, se sincera devotamente ante su párroco: –Padre, me acuso de haber yacido alegremente con mozo placentero, a lo que pregunta el sacerdote: –Ya, ¿pero eso habrá sido hace muchos años?, respondiendo la viejecita: –Sí Padre, muchos..¡ pero es que me gusta recordarlo! Esto me pasa a mí, me gusta recordar cada día la maravilla de haber tenido la fortuna de formar una familia sana y feliz. No concibo mayor alegría que la que genera una familia numerosa y unida. Y mucho más si está formada en el respeto, la bondad, el esfuerzo y la entrega a los demás y, por encima de todo, formada en el amor. Asumo la cursilada pero es así.

Veo a mi alrededor, con mucha lástima, como, a veces, se renuncia a las familias, a los hijos, a los niños en definitiva, que son, además de la alegría y el regalo más trascendente que pueda darnos la vida, el único futuro de cualquier sociedad. Y veo con pena, con sincera pena, como algunos de los sólidos valores humanos como la entrega, el sacrificio, la generosidad y el amor, están siendo, tampoco siempre, claro está, transformados y cambiados por otros más mundanos y cómodos que impiden (con actitudes y preferencias que ni pretendo ni soy quién para valorar) el incomparable y bendito milagro de la familia. Las nuevas neuras de nuestra, a veces, decadente sociedad impiden a muchos de nuestros jóvenes, no a todos gracias a Dios, la suficiente capacidad de sacrificio, generosidad y lucidez para tener hijos y formar familias, meta con la que conseguirían una suerte de plenitud, a pesar de las enormes trabas económicas actuales que tal vez no lleguen a conocer jamás.

Según Dostoyeski «el alma se cura con los niños» y Jesús, para quienes tenemos la suerte de ser creyentes, pedía que dejaran que los niños se le acercaran, mientras que el saber popular mantiene el axioma de que «a los niños, de pequeños, dan ganas de comérselos y después, cuando crecen, te arrepientes de no habértelos comido». Algo habrá de verdad en todas las sentencias pero lo cierto es que ellos son el milagro y la esperanza y, claro es, el regalo de la vida y el amor. Los hijos nos enriquecen el alma y el corazón. Los nietos también, pero estos, además, nos otorgan, ya en la cuesta abajo de nuestra existencia y después de haber ya tocado cima, nos otorgan, digo, la alegría de la inocencia, el orgullo de la continuidad de la sangre, la incomparable riqueza de disfrutar de una familia sana y unida y la satisfacción de haber podido aportar esperanza y futuro a nuestra sociedad. Los nietos llenan un lugar en nuestros corazones que no sabíamos que estaba vacío. Nada, ni de lejos, hay en la Tierra más bello y esperanzador que la sonrisa y alegría de los niños y, desde luego, nada más enriquecedor, nada en el mundo que aporte mayor motivo de sano orgullo, que el haber sido parte de la creación de esa sonrisa.

Yo doy gracias a Dios por mis hijos, por mis nietos y por la vida. Siempre la vida. Mi mayor apoyo a quienes, por lo que fuere, no pueden disfrutar de hijos y nietos y mi ánimo más sincero y rotundo a aquellos que, pudiendo, renuncian al milagro de la vida y la familia.

El pan bajo el brazo que otrora traían los niños al nacer, se conoce que ya no se reparte y estos vienen ahora al mundo más pelados que la espalda de una rana. En muchos casos, sin embargo, la decisión de la paternidad dependerá de la escala de valores de cada pareja y de su disposición a bajar dos peldaños su nivel de la mal llamada «calidad de vida» y asumir, además, las responsabilidades implícitas en los padres. Allá cada cual. Es menester capacidad de sacrificio (mucha) y generosidad (mucha más ) para tener hijos en los tiempos que corren por nuestra sociedad, esto es tan evidente como natural; así existimos nosotros, todos quienes vivimos, gracias a esa generosa decisión de nuestros padres. Sin desdén, con ilusionante valentía y férrea voluntad.

  • Rafael Lopez-Alonso Santibáñez es empresario
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