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tribunaLuis J. Montoto

Un viaje imposible

Pero lo importante estaría por ver: el mito geográfico del Kilimanjaro. Un enorme gigante, solitario y protector de la sabana que atrapa como un imán al que lo contempla. Es más que la cúspide de todo un continente; un mito en el que se mezclan la aventura y la lejanía

Todos tenemos, a veces, planes, proyectos que no salen bien, o que simplemente no salen.

Pero si se han deseado con limpieza, con honestidad y la preparación ha sido detallada, cuidadosa e ilusionada, los recordaremos toda la vida. No me refiero a aquellos que no llevaron a cabo en un determinado momento por alguna circunstancia imprevista, pero que puede ser posible realizar en cualquier otro momento favorable. Estoy hablando de aquellos que ya sabe uno que son imposibles bajo todos los puntos de vista.

En 1967 yo era un estudiante de Medicina en la Universidad Complutense. Luchando por sacar una asignatura del primer curso selectivo que se me había atragantado dada mi falta de preparación en las asignaturas de ciencias. Dos años antes aprobé en junio el examen del curso preuniversitario para el acceso a la universidad, en la especialidad de letras, con el griego y el latín como disciplinas específicas.

Se daba la circunstancia de que en Madrid, la asignatura de la Fisiología General se estudiaba con la base fundamental de la Física, la Quimica y las Matemáticas. Sin aprobar el primer curso completo no podías pasar al siguiente. Mi choque con el aprobado en quinta convocatoria era dramático, por no decir imposible de conseguir. Pero no soy persona que vuelva la cara a los reveses y afronté el reto con determinación recibiendo clases particulares. En diciembre el primer parcial aprobado y a finales de febrero tenía el segundo en el horizonte.

Un compañero de curso, con el que había hecho varias marchas con acampada por la sierra de Guadarrama, me propuso unirme a un proyecto con quince personas para ascender al Kilimanjaro. Era una de mis ilusiones de siempre. La aventura era fantástica, atractiva para un joven de 19 años; pero había dos fuertes impedimentos que la hacían imposible: los exámenes parciales del curso, en febrero y en mayo, y que no tenía la forma de pagarla por mis propios medios que se resumían a lo que me proporcionaba dar unas clases particulares a a un par de alumnos de bachiller sobre literatura y ciencias naturales. Tomé la decisión, por tanto, de no seguir adelante. Pero sí hice un esquema imaginario de cómo podría haber sido mi viaje al Ururu Peak, como se denominaba en swahili al emblemático monte de Tanzania, que con sus 5.895 metros de altitud emergía en la sabana tropical de Tanzania.

Volaría a París, desde donde me desplazaría a Nairobi, en Kenia. Desde allí en un pequeño autobús, cruzando la frontera, hasta Ngorongo y Moshi, la capital de la zona al pie de la montaña. No sería fácil el paso aduanero: controles exahustivos y lentos, llenos de posibles imprevistos, riesgo de pérdida de equipajes, control del carnet de vacunas y otros trámites burocráticos. Desde la ventanilla del jeep, que nos llevaría a la región de los poblados massai, iba a contemplar las maravillosas acacias, esbeltas y elegantes, de las que hablaba Karen Blixen en sus Memorias de Africa. La carretera difícil, llena de baches, con riesgo de reventar una rueda u tener un vuelco en el vehículo. Pero eso es lo que yo quería ver en Africa: bajar al crater del Ngorongoro por un camino infernal, traqueteo y bandazos peligrosos; fotos (en blanco y negro), curiosa metáfora, a los massai, altos, esbeltos, con sus pinturas en la cara y los adornos de plumas de avestruz; nos pedirían dinero u otras cosas, como espejos, y adornos de colores que tendríamos preparados. Esa zona está llena de gacelas, impalas, rebaños de ñus, algún chacal y posiblemente, a lo lejos, uno o dos leones tumbados, observando a grupos de cebras. Un auténtico safari fotográfico. Un espectáculo maravilloso que me evocaba a las escenas de muchas películas: Hatari, Las minas del rey Salomón, Mogambo, entre otras.

Pero lo importante estaría por ver: el mito geográfico del Kilimanjaro. Un enorme gigante, solitario y protector de la sabana que atrapa como un imán al que lo contempla. Es más que la cúspide de todo un continente; un mito en el que se mezclan la aventura y la lejanía, los testimonios de los exploradores y los relatos de Hemingway, llevados al cine. Me permito dar rienda suelta a mi imaginación, ahora en los años del recuerdo de esa posible aventura que no fue. Alcanzar su cumbre no es tanto una hazaña deportiva, sino la culminación de un sueño. La ascensión supone superar un desnivel de cuatro mil metros pasando por distintos paisajes sucesivos: bosque tropical, pradera alpina, el páramo, un desierto pedregoso y, por fin, la nieve perpetua. Cinco días de caminata para conquistar el techo helado de África y descender de nuevo al calor húmedo de la llanura. Ver salir el sol desde el cráter de Guilman´s Point y contemplar durante el ascenso el cambio de la vegetación, el paso de los árboles del inicio a la ondulante pradera con lobelias y senecios gigantes, plantas majestuosas, es uno de los atractivos del paisaje.

Estamos en la línea del ecuador, ha habido frío y calor en determinados momentos, se ha vencido a la sed, a la escasez de oxígeno y al agotamiento, como ocurre en el camino de la vida y, hacer de ello un reto con ánimo de superación forma parte del paso por este mundo. Al final, me queda una clara impresión en la retina: el Kilimanjaro parece flotar, como una gigantesca nave de hielo, sobre el seco océano del continente africano.

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