El italiano de la familia
«Quizá todo esto me afecte especialmente porque mi relación con Italia y España no cabe en un pasaporte»
Escribo estas líneas desde Catania, mi ciudad natal, donde estoy pasando unos días con mi madre. El lunes regresaré a Córdoba con mi mujer y mis dos hijas.
Volveremos los cuatro juntos. Aunque esta vez nuestro aterrizaje en Sevilla tendrá una pequeña novedad: España ha decidido restablecer los controles fronterizos a los viajeros procedentes de Italia.
Y yo soy el italiano de la familia.
Mis hijas siguen la actualidad y saben perfectamente lo que está ocurriendo. Así que, si al llegar a Sevilla mi pasaporte italiano merece alguna atención adicional, no tendré que explicarles nada. Probablemente nos bastará con mirarnos.
Hay situaciones políticas que necesitan largos análisis y otras que se explican mejor con una mirada.
Todo comenzó con algo extraordinariamente grave: decenas de miles de personas entrando en Ceuta desde Marruecos. Cuando más de 50.000 personas atraviesan en pocos días una frontera exterior de la Unión Europea desde el territorio del país vecino, no estamos ante un episodio migratorio ordinario.
Ceuta es España. Y la frontera de Ceuta es también frontera de Europa. No debería ser necesario explicar mucho más.
Italia, sin embargo, decidió reaccionar restableciendo controles sobre los viajeros procedentes de España. Y, como italiano, creo que fue un error.
Precisamente porque Italia sabe mejor que casi nadie lo que significa estar en primera línea de la presión migratoria. Lo sabe Lampedusa desde hace años.
Aunque conviene introducir una diferencia importante: a Lampedusa llegan las rutas del Mediterráneo central, muchas de ellas explotadas por las mafias del tráfico de personas. A Ceuta llegaron mayoritariamente ciudadanos marroquíes directamente desde las costas del país vecino y a nado. No es exactamente lo mismo.
Y había un precedente especialmente oportuno: una reciente sentencia del Tribunal Supremo había limitado la posibilidad de aplicar el rechazo inmediato en frontera a quienes fueran interceptados en el mar intentando acceder a Ceuta o Melilla a nado. No convirtió, por supuesto, la inmigración irregular en regular. Pero cambió las reglas de juego. Y alguien pareció tomar nota.
Entiendo que Giorgia Meloni haya aprovechado lo ocurrido para cuestionar la política migratoria de Pedro Sánchez. Son dos modelos enfrentados y dos formas casi antagónicas de entender las fronteras, la inmigración y hasta la propia acción de gobierno.
También comprendo que desde Roma se contemple con cierto asombro esa política espectáculo española, a veces tan preocupada por el relato como por la realidad.
Pero una cosa es criticar a Sánchez y otra castigar a España. Ahí es donde mi país se equivoca.
Se puede cuestionar la política migratoria de Pedro Sánchez —yo tengo bastantes razones para hacerlo— sin poner bajo sospecha a los viajeros procedentes de España. Y quien lleva años reclamando solidaridad europea cuando la presión llega a Lampedusa debería ser el primero en ofrecerla cuando quien la soporta es Ceuta. Si Lampedusa es frontera de Europa, Ceuta también.
Hasta aquí mi reproche a Roma. Después está Madrid.
Porque el Gobierno español decidió que la mejor manera de responder a una decisión discutible de Italia era hacer exactamente lo mismo: controles a los viajeros procedentes de Italia. Reciprocidad diplomática, lo llaman.
En el patio del colegio lo llamábamos de otra manera: si tú me lo haces, yo te lo hago.
Y quizá convenga hablar también de prioridades. Hace menos de un año, Pedro Sánchez anunció desde Nueva York el envío inmediato de un buque de la Armada para proteger y asistir a la flotilla de activistas que navegaba hacia Gaza. No discuto ahora aquella decisión. Me interesa el contraste.
En Ceuta, ante una avalancha de más de 50.000 personas sobre una frontera española, la respuesta militar llegó después, cuando las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad ya estaban desbordados. Y llegó con una dimensión difícilmente comparable con la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
Para una flotilla camino de Gaza encontramos rápidamente un buque de la Armada.
La cuestión no es, por tanto, si España dispone de medios. Los tiene. La cuestión es cuándo decide utilizarlos, con qué intensidad y, sobre todo, dónde fija sus prioridades.
Aunque, en mitad de semejante crisis, el presidente todavía encontró tiempo para compartir en TikTok su playlist del verano. Hay que reconocerle capacidad para establecer prioridades.
Y llegamos al lunes. Aterrizaré en Sevilla procedente de Italia con mi familia.
Esta mañana, además, el Ministerio del Interior me ha tranquilizado definitivamente. Ha explicado en su cuenta oficial de X que España adopta estos controles «ante la persistente presión migratoria irregular que sufre el país transalpino».
He tenido que leerlo dos veces.
La crisis comenzó con decenas de miles de personas llegando a Ceuta desde Marruecos y España ha terminado protegiéndose de la «presión migratoria» que sufre Italia.
Roma y Madrid se pelean. Rabat sonríe.
Conozco bien a la Policía Nacional. Tuve el privilegio de trabajar en el Ministerio del Interior y de conocer desde dentro la profesionalidad, el sentido del deber y también el sentido común de sus hombres y mujeres. Por eso siento verdadera curiosidad por lo que ocurrirá el lunes.
Los agentes cumplirán las instrucciones que hayan recibido. Naturalmente. Es su obligación. Pero me cuesta creer que un policía, después de mirar mi pasaporte, mirar a mi mujer y a mis dos hijas y comprobar que los cuatro regresamos juntos a nuestra casa en España, llegue a la conclusión de que la seguridad nacional ha mejorado sustancialmente dedicándome unos minutos adicionales de atención.
Aunque nunca se sabe. Quizá el lunes descubramos que el italiano razonablemente inofensivo que salió de España unos días antes se ha convertido, por efecto de la «persistente presión migratoria irregular que sufre el país transalpino», en alguien que aconseja extremar la vigilancia.
Son los misterios de la geopolítica.
O de la EGOpolítica.
Conociendo a la Policía Nacional, sospecho que el agente y yo entenderemos perfectamente lo que está ocurriendo. Y probablemente no hará falta que ninguno de los dos diga nada.
Quizá todo esto me afecte especialmente porque mi relación con Italia y España no cabe en un pasaporte.
Nací en Catania y llegué a España en 1996. Aquí he construido prácticamente toda mi vida adulta. Aquí formé mi familia, desarrollé mi carrera profesional y tuve el enorme honor de servir a la Administración española desde distintas responsabilidades.
Soy italiano. Profundamente italiano. Y España es también mi país.
Hace algunos años, cuando dejé una de aquellas responsabilidades públicas, mi amigo Rafael González escribió generosamente en estas mismas páginas que yo tenía una particularidad: amaba a mi país, pero tenía dos.
Acertó. Quizá por eso puedo permitirme enfadarme con los dos.
Con Italia, porque puedo comprender la crítica a Sánchez, pero no que esa crítica termine confundiendo a su Gobierno con España. Y con España, porque responder a un error reproduciéndolo no convierte el error en acierto.
Mientras tanto, hay algo que casi hemos conseguido olvidar. Todo esto empezó en Marruecos.
El lunes, cuando aterricemos en Sevilla, mi mujer, mis hijas y yo veremos si esta formidable exhibición diplomática tiene alguna consecuencia práctica para nosotros. Si toca enseñar documentación, la enseñaremos. Si toca esperar, esperaremos.
Y si el italiano de la familia recibe alguna atención suplementaria, seguramente los cuatro nos miraremos y sonreiremos. No hará falta decir nada.
Después recogeremos las maletas y pondremos rumbo a Córdoba.
A casa.
Porque después de treinta años hay una frontera que sigo sin saber muy bien dónde colocar: la que separa el país donde nací del país que elegí para vivir.
Mientras nosotros hacemos el camino de Catania a Córdoba, quizá nuestros gobiernos deberían intentar recorrer otro bastante más urgente. El que lleva de Roma a Madrid.
A ser posible, sin pasar por Rabat.
Giuseppe Aolisio, cordobés de Catania