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Hoy es domingoJesús Higueras

Dios no es un personaje imaginario

La fe no depende del estado de ánimo. Las emociones son un regalo valioso, pero cambian continuamente. La fe, en cambio, permanece cuando el corazón atraviesa la noche.

El evangelio de la tempestad calmada y de Jesús caminando sobre el agua nos invita a contemplar una escena que sigue siendo importante para el hombre contemporáneo. Los discípulos luchan durante horas contra el viento y el oleaje, cuando de pronto ven una figura acercarse sobre el mar. Su primera reacción no es la fe, sino el miedo: «Es un fantasma». Solo después escuchan la voz de Jesús: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».

La escena refleja una tentación en la que todos podemos caer: confundir la fe con la imaginación. Son muchos lo hombres y mujeres de nuestro tiempo que piensan que Dios no es más que una proyección de nuestros deseos, una explicación inventada para aliviar el sufrimiento o dar sentido a lo desconocido. Desde esa perspectiva, la religión se convierte en una forma refinada de superstición, una creación psicológica nacida del miedo o de la necesidad de consuelo.

Sin embargo, el cristianismo se sostiene precisamente sobre la afirmación contraria. Jesús no es un fantasma ni una idea construida por la mente humana. No es el resultado de una experiencia subjetiva ni una emoción colectiva.

Es una persona real que entró en la historia. Su existencia no solo quedó recogida por los evangelistas, sino también por autores ajenos a la fe cristiana, como el historiador judío Flavio Josefo o el romano Tácito, que testimonian la presencia histórica de Jesús y el nacimiento de la primera comunidad cristiana.

La fe no consiste en creer en un personaje imaginario, sino en responder a un acontecimiento que irrumpe en la historia y transforma la vida de quienes lo encuentran.

Pero en torno a este hecho existe otra confusión más sutil. A veces identificamos la presencia de Dios con determinados sentimientos. Pensamos que hemos rezado bien cuando experimentamos paz, emoción o consuelo. Si esos sentimientos desaparecen, creemos que Dios también se ha marchado. Pero la fe no depende del estado de ánimo. Las emociones son un regalo valioso, pero cambian continuamente. La fe, en cambio, permanece cuando el corazón atraviesa la noche.

Por eso resulta tan significativa la actitud de Pedro. Mientras permanece en la barca todo parece seguro, pero cuando responde a la llamada de Jesús y se atreve a caminar sobre las aguas comienza la verdadera aventura de la fe. No tarda en sentir el peso del viento, aparece el miedo y empieza a hundirse. Entonces brota una de las oraciones más sinceras de todo el Evangelio: «Señor, sálvame».

Quizá esa sea la plegaria más auténtica que podemos pronunciar. No nace de la autosuficiencia, sino de la conciencia de nuestra fragilidad. La fe deja de ser una teoría para convertirse en una relación viva con Alguien que realmente puede sostenernos cuando nuestras fuerzas se agotan.

Al mirar hacia atrás descubrimos que el Señor nunca ha sido un fantasma en nuestra vida. Con hechos concretos, personas providenciales, decisiones inesperadas y una fortaleza que no sabíamos que poseíamos, nos ha acompañado en innumerables tormentas.

La historia personal de cada creyente está llena de esas huellas objetivas de la Gracia. Quien aprende a reconocerlas comprende que Cristo sigue caminando sobre las aguas de nuestro tiempo y continúa tendiendo la mano a quien, con humildad, se atreve a decir: «Señor, me hundo; ayúdame».

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