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La Policía Nacional a las puertas del CETI con decenas de migrantes

La Policía Nacional a las puertas del CETI con decenas de migrantesEP

Vecinos musulmanes de Ceuta también se hartan de la invasión: «Hemos echado de casa a diez a palos y dormimos con un ojo abierto»

Usman y María relatan a El Debate las penurias que viven en sus barrios de la ciudad española mientras los magrebíes van llegando al centro del municipio

La invasión migratoria procedente de Marruecos hacia Ceuta en la que entraron en España cerca de 80.000 personas como si la frontera nacional con el reino alauita no existiera está cerca de cumplir de diez días. Desde el 30 de julio, y pese a que el Gobierno de Pedro Sánchez se encargue a machas forzadas de transmitir que en la ciudad nacional existe un clima de «normalidad», la realidad es bien distinta. Los datos ofrecidos por el Ejecutivo son más que confusos y cuestionados, sobre todo porque el día a día, fundamentado en hechos y testimonios, los deja en evidencia.

El Debate lleva desde el inicio de la crisis recogiendo experiencias y declaraciones. Y se continúan produciendo, ya que el contexto sigue siendo del todo excepcional. Uno de los últimos son los de Usman, por una parte, y María, por otra. Ambos han hablado con este periódico durante el trayecto de una hora que transcurre entre la localidad gaditana de Algeciras y Ceuta. También los dos, de religión musulmana, son nombres ficticios por deseo de ellos «por si acaso».

Usman es el primero que se aviene a hablar. Asegura que vive con su familia en la barriada ceutí de Benítez, «casi pared con pared» con el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI). Y, tal como relata, está siendo algo para recordar, pero no precisamente en el mejor de los sentidos:

«Yo me muevo entre España y la península y no estoy siempre en casa, pero en estos días sí te puedo decir que hemos tenido que sacar, incluso a palos, a unos ocho o diez inmigrantes que se nos querían colar en casa». Su nombre prefiere abstenérselo a la hora de decirlo, pero no tiene el mínimo reparo en denunciar lo que él y sus vecinos viven en Benítez: «Creamos en lo que creamos, esto no nos lo merecemos porque no vivimos seguros».

Imagen tomada este jueves en el centro de Ceuta de varios grupos de inmigrantes llegadoa tras la invasión del pasado 30 de julio

Imagen tomada este jueves en el centro de Ceuta de varios grupos de inmigrantes llegados tras la invasión del pasado 30 de julioCarlos Latorre

Al respecto, añade: «En mi casa somos seis: mis padres, mis tres hermanos y yo. Tenemos que cuidar de nuestros padres. Son mayores y están preocupados, pero todos dormimos con un ojo abierto por si nos entran en la parcela, que no tiene casi vallas».

Preguntado por si se volviera a repetir el caso de que se metieran en su propiedad ilegales, Usman no se acongoja ni muestra arrepentimiento: «Pues haremos lo que tengamos que hacer», insistiendo en la «edad» avanzada de sus progenitores, a la par que recomienda «no ir» por esa zona «aunque se están yendo al centro».

María, cabe recordar de que nuevo nombre irreal, escucha la conversación durante la cola para salir del Ferry y pisar Ceuta y no puede morderse la lengua. Afirma ser de Castillejos, si bien vive «cerca de Plaza de Castilla» en Madrid. Se conoce el municipio como la palma de su mano. De hecho, unos segundos antes le explica a otro pasajero que su localidad «tenía forma de uve» y donde vive ahora cuando era joven «era playa», por lo que actualmente reside «al lado de la primera farmacia del pueblo».

«Me pondré el velo si quiero»

Nada quiere verse involucrada con el «desastre» de hoy día. No lleva velo. Tampoco le «merece la pena» porque, asevera, ella es ella y sus «circunstancias». «Voy a Ceuta porque de allí era mi madre, que ha muerto en los últimos meses, y voy como quiero. Me pondré el velo si quiero, pero unos miles de los que dicen ser míos no lo van a decir. Estoy contigo en esta terraza (la del ferry) y estoy encantada», proclama mientras la naviera de Balearia deja a babor el Peñón de Gibraltar.

No hay conflicto a bordo, pero María se apresura a decirle a un magrebí que apoya una copa en la ardiente terraza del ferry: «No es normal. Marruecos sabes lo que es y no tenemos en Ceuta que tener esto. Yo voy a mi casa. Mi familia está muerta y quiero estar tranquila». El aludido, entre medio francés y español, espeta: «Vale, todos bien».

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