La sociedad de las cuotas
«La pregunta es inevitable: ¿Hemos normalizado vivir por encima de nuestra capacidad de ahorro?»
El que compra lo superfluo, pronto tendrá que vender lo necesario
España está dejando de comprar. España está empezando a financiar. El crédito al consumo ya supera los 120.000 millones de euros y mantiene un crecimiento de dos dígitos, convirtiéndose en uno de los segmentos más dinámicos del sistema financiero. El dato, por sí solo, podría interpretarse como un síntoma de dinamismo económico. Pero quizá esconda una realidad mucho más inquietante: Cada vez necesitamos endeudarnos más para mantener el mismo nivel de consumo.
Los números hablan por sí solos. Más de la mitad de los vehículos nuevos vendidos en España se adquieren mediante financiación, y el crédito destinado al automóvil continúa liderando el mercado del consumo. Al mismo tiempo, el crédito para motocicletas registra un crecimiento sostenido impulsado por la movilidad urbana y el auge del reparto a domicilio. El turismo tampoco escapa a esta tendencia. Las agencias de viajes y plataformas digitales ofrecen financiar vacaciones en cuestión de minutos, mientras que el modelo Buy Now, Pay Later se ha extendido con rapidez al ocio, la electrónica, los tratamientos médicos, las reformas del hogar o la compra de electrodomésticos. Hoy es perfectamente normal pagar un viaje en 24 cuotas, reformar una cocina en diez años o cambiar de teléfono móvil mediante una financiación instantánea.
La pregunta es inevitable: ¿Hemos normalizado vivir por encima de nuestra capacidad de ahorro? Porque el cambio no es únicamente financiero; es cultural. Hace apenas unos años la decisión de compra dependía del precio. Hoy depende de la cuota mensual. Hemos dejado de preguntarnos cuánto cuesta algo para preguntarnos cuánto podremos pagar cada mes. Y ese cambio modifica por completo la relación entre el consumidor y el dinero.
En este contexto llega la nueva Ley de Crédito al Consumo, una reforma destinada a reforzar la protección del consumidor y adaptar la regulación a las nuevas formas de financiación. El objetivo es razonable. Sin embargo, también introduce incertidumbre en un sector que se ha convertido en uno de los principales motores del consumo privado. Si el acceso al crédito se endurece, sectores como la automoción, el turismo, el comercio o las reformas podrían resentirse. Si, por el contrario, la regulación resulta insuficiente para frenar una expansión excesiva del endeudamiento, el riesgo podría trasladarse al balance de miles de familias cuando cambie el ciclo económico. La historia económica enseña que las burbujas rara vez nacen cuando todo va mal. Nacen cuando el riesgo deja de percibirse como un riesgo. Cuando financiar un coche parece normal. Cuando financiar unas vacaciones también. Cuando una cocina se convierte en un préstamo a largo plazo. Cuando una motocicleta o un teléfono móvil pasan a ser otra cuota más entre la hipoteca, el seguro y la electricidad.
El crédito al consumo es una herramienta extraordinaria cuando facilita inversiones razonables o mejora la calidad de vida. Pero deja de ser una ayuda cuando sustituye al ahorro y se convierte en la única vía para sostener el consumo. El crédito no crea riqueza; simplemente adelanta gasto futuro. Quizá el verdadero debate no sea cuánto crédito pueden conceder los bancos, sino por qué una sociedad necesita pedir prestado para mantener un nivel de vida que antes financiaba con sus ingresos.
Porque una economía puede crecer durante años apoyándose en el crédito. Lo que no puede hacer indefinidamente es consumir hoy la renta del mañana. Y esa es la pregunta que deberíamos hacernos antes de celebrar otro año de crecimiento del crédito al consumo: ¿Estamos construyendo una economía más fuerte o una sociedad que ha confundido la capacidad de endeudarse con la capacidad de prosperar?